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Crítica de 'Licorice Pizza': La embriagadora y cálida maravilla de Paul Thomas Anderson

Crítica de 'Licorice Pizza': La embriagadora y cálida maravilla de Paul Thomas Anderson

viernes 11 de febrero de 2022, 11:22h

Un buen baremo a la hora de saber lo bien que te lo ha hecho pasar una película es cuánto tardas en levantarte del asiento una vez que empiezan a salir los títulos de crédito. Si me fío de ello entonces tengo que decir que 'Licorice Pizza' me ha encantado y es que, a pesar de las muchas cosas que tenía por hacer, no me apetecía levantarme de la butaca, todavía envuelto por el embriagador encanto de esta película de Paul Thomas Anderson, posiblemente la más cálida y acogedora de todas las que ha hecho este gran director.

Desde luego una de las cosas que puede sorprender es el tono tan dulce de la historia cuando estamos hablando del director de películas como 'Pozos de ambición' o 'Magnolia', pero es que esta película es su particular 'American Graffiti', una obra en la que echa una mirada sobre los sitios en los que creció en Los Ángeles, convirtiendo a la ciudad en la tercera protagonista del filme. La historia sigue al precoz Gary, un chaval de 15 años, que se enamora a primera vista de Alana, de 25, y su relación es un tira y afloja en el que se verán atraídos el uno al otro a pesar de la diferencia de edad.

La película está bañada en nostalgia, esa fotografía granulada, pero no se regodea en ella. Anderson se sitúa en 1973, no para hablarnos de su propia adolescencia, esta no es una historia sobre él, el director nació en 1973, sino sobre los sitios por los que transcurrió, pero la época le permite fantasear con un lugar casi mágico, como esos finales de los 50 y principios de los 60 lo eran para George Lucas. Pero, a pesar de no ser sobre sí mismo, la película es mucho más personal y auténtica que el 'Belfast' de Kenneth Brannagh, igual que su selección musical, con grandes escenas montadas alrededor de temazos de Bowie o McCartney, parece una de esas cintas que se hacían con cuidado para la chica que te gustaba y no ese recopilatorio sin alma de Van Morrison que aparece en la película del norirlandés.

Además, como decía antes, Anderson tiene cuidado con la nostalgia, detrás de las grandes canciones y peliculas de la época, de un pasado más 'cool', Anderson hace muy bien en decirnos que aquello es más bonito de recordar que de vivir, y es que estamos en una época en la que imbéciles como el propietario del restaurante japonés manjeban el cotarro. Eso por no hablar de que no hay glamour ninguno cuando habla del lugar más famoso de Los Ángeles, no sale bien parado ni el viejo Hollywood, representado por un Sean Penn pasado de rosca, interpretando a un actor con muchas similitudes con William Holden, ni para el nuevo, el de los moteros tranquilos y toros salvajes, y es que Bradley Cooper da vida a una versión encocada del productor Jon Peters, que da verdadero repelús, pero que tampoco debe estar muy alejada de la realidad. Eso por no hablar del sexismo rampante de la época en la que, a pesar de ser una adulta de 25 años, todo el mundo le dice a Alana lo que es o no es, o lo que tiene o no que hacer, pero a nadie parece preocuparle tanto Gary, y eso que es un adolescente.



Luego está la magnífica elección de los actores principales, Cooper Hoffman tiene rasgos de su padre, Phillip Seymour Hoffman, y logra equilibrar la inocencia del personaje con su tremendo desparpajo, un carácter que le hace similar en muchas cosas al de otro personaje también escrito por un Anderson, en este caso Wes, el Max Fischer de 'Academia Rushmore'. Por su parte, Alana Haim está perfecta, puede que a su increíle y natural actuación (¿cómo no la han nominado siquiera para los Oscar?) ayude el hecho de estar rodeada por su familia de verdad, respetando el nombre de todos, sus hermanas Danielle y Este, con las que forma el grupo Haim, y sus padres, Mordechai "Moti" y Donna. Sobre la química que desprende esta maravillosa e imperfecta pareja es mejor dejarse deslumbrar en pantalla que escribir sobre ella.

Y eso que, a pesar de su precioso cierre, ni Anderson, ni el espectador tienen muy claro que aquello vaya a salir bien. Es más que probable que su relación se rompa en poco tiempo, que aquello se convierta en un fueron felices y comieron perdices, lo que es evidente es que lo recordarán toda la vida. Y es que la película nos los presenta como dos partes de un espejo, ella está aterrada de convertirse en una adulta, él no puede esperar a serlo, Anderson nos presenta varios planos de ellos en los que se ven sus reflejos, también Alana y Gary corren hacia todos los lados, uno corre hacia su madurez, la otra de ella, pero, al final, terminarán corriendo el uno hacia el otro.

Aunque vivamos en este mundo de prisas, en el que vas corriendo a todas partes, no por gusto, sino por falta de tiempo, es refrescante encontrarte con una película que te deja pegado a la butaca viendo los títulos de crédito, con ganas de paladear lo que acabas de disfrutar, con pena porque se haya acabado y, a la vez, deseando salir de la sala para disfrutar de la vida y correr, aunque solo sea por el placer de hacerlo.

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