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Se acabó la broma, pero ¿qué broma?

miércoles 02 de septiembre de 2015, 13:37h
Estoy seguro de que casi ningún catalán, casi ninguno de los restantes españoles, piensa, ni siquiera metafóricamente, que el problema secesionista sea una broma. No lo ha planteado así, desde luego, el inexistente sentido del humor de Artur Mas, que más que ser un personaje serio encarna a esos solemnes acomplejados que no soportan que se los valore en menos de lo que ellos se tasan a sí mismos. Y seguro que a sus antecesores en el GDC (Gran Dislate Catalán), comenzando por los señores Rodríguez Zapatero, Maragall y Montilla, que igualmente no son la alegría de la huerta, tampoco les parece que este peligroso asunto sea como para tomárselo a risa. Creo que presentar una reforma tan importante como la del Tribunal Constitucional –parece lógico, en principio, que se obligue al cumplimiento de sus resoluciones y fallos—diciendo que, con este paso, “se acabó la broma” que plantean los separatistas, es una frivolidad y un enorme desacierto táctico y estratégico. Como lo es llevar a quien pronunció esta frase, el señor García Albiol, al Congreso de los Diputados para que él, que no es parlamentario nacional, presente a los medios, junto al también ‘duro’ portavoz del grupo Popular, y con la contundencia algo ruda que le caracteriza, esa propuesta de Ley Orgánica que cambia nada menos que la legislación del Constitucional.

¿Fue esta presentación una muestra de firmeza del Partido Popular gobernante frente a quienes piden diálogo y reformas incluso constitucionales para tratar de llegar a un acuerdo con Mas? ¿Una manera de decirles a Artur Mas, y a sus compañeros de lista y de aspiraciones secesionistas, que van a chocar con un nuevo muro legal, por si no bastasen los ya existentes? ¿Qué el Gobierno es capaz hasta de llevar a Mas y sus secuaces a la cárcel, si hay que ponerse en situaciones extremas? Oh, Dios mío… Creo que se ha escogido la vía equivocada para transmitirle a Mas el mensaje de que la independencia que él pretende es imposible. Y eso, pese a que resulta innegable, insisto, que habría que haber reformado ya hace tiempo las potestades del Tribunal Constitucional para lograr que lo que máximo intérprete de nuestra Constitución diga se cumpla y no se tome, como a veces se ha hecho, por el pito del sereno.

La reforma, necesaria por tanto, se hace sin embargo en el peor momento y con la peor presentación posible. No digo yo que el señor García Albiol no vaya a ser un candidato pugnaz y quizá valioso de cara a la inminente campaña electoral catalana; sí digo que no es el hombre para los encajes de bolillos jurídicos. Y no digo desde luego, lo repito de nuevo, que la esencia de esta reforma no esté bien planteada, aunque tenga como consecuencia enfrentar al alto Tribunal con un sector de la sociedad catalana: solo afirmo que se precisaría un buena dosis de consenso, que obviamente no existe, para sacar adelante una ley que toca la esencia de las instituciones del Estado.

Una ley muy importante que se pretende aprobar, con toda la oposición en contra –aunque quizá no debería estarlo, el hecho es que lo está--, en el tiempo récord de menos de un mes: buena ocasión para exacerbar, ‘desde Madrid’, el victimismo de algunos catalanes que quizá dudaban acerca de qué votar en los comicios plebiscitarios del próximo día 27. Rajoy parece haber decidido que nada de políticas de mano tendida a un interlocutor –ya no lo es—tan correoso, tan alucinado, como Artur Mas. El diálogo entre ambos se ha hecho ya imposible, y eso es algo que traerá, lo veremos, consecuencias.

No, esto no es ninguna broma; estamos tocando la columna vertebral del Estado. Y sospecho que, en una democracia que quiere ser avanzada, no se pueden zanjar las cuestiones con lo que algunos ya vienen llamando ‘dialéctica estilo Albiol’: garrotazo y tentetieso. Pienso que, de este lado del problema, ese lado en el que el resto de los españoles estamos situados, se están haciendo las cosas de forma muy mejorable.
"Esto no es ninguna broma, estamos tocando la columna vertebral del Estado"
Así, y sin que esto signifique cambiar de tema, es verdad que Felipe González escribió un artículo de enjundia, fuerza, razón y alcance en un diario nacional, alertando de los problemas graves que el separatismo catalán plantea; creo que con ello se perdió la oportunidad para que, además del ex presidente socialista, hubiesen firmado junto a él dirigentes políticos de otro signo, comenzando por el ex presidente Aznar, el líder de Ciudadanos Albert Rivera e incluso el de Podemos, Pablo Iglesias. Pero, claro, el sentimiento ante el mantenimiento de la unidad territorial de España es más débil que el desafecto mutuo entre unas fuerzas políticas que más parecen el ejército de Pancho Villa que una serie de representantes de distintas sensibilidades de los ciudadanos con una meta común: impedir que Artur Mas se ampare en los votos que logre dentro de poco más de tres semanas para proseguir con su loca, peligrosa, me parece que imposible, hoja de ruta separatista.

Y así andamos: de ocurrencia en ocurrencia, de pelea de patio de colegio en pugna de colegiales. Jugando con la corrupción de manera oportunista, lanzando iniciativas personales sin consultar a los otros miembros del club antisecesionista, proponiendo reformas de calado de manera precipitada –o demasiado tarde-- sin el menor consenso y propagando exabruptos ‘albiolistas’ a modo de estrategia de comunicación. Ya ve usted: bromistas que somos, mientras los trenes aceleran en busca del choque. Pues hala, ánimo, que ya solo faltan, decía antes, algo más de tres semanas.


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