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Máster más, máster menos

viernes 23 de julio de 2021, 07:45h

Si son siempre los pequeños detalles quienes apuntan la altura ética, la bonhomía de las personas, no creo que sea un “quítame allá esas pajas”, un reciente episodio vinculado a la figura de Yolanda Díaz (La Coruña, 1971), vicepresidenta tercera y ministra de Trabajo, que hemos conocido casi por casualidad el mes pasado en este constante maremágnum de noticias en que nos tiene sumido el gobierno de Pedro Sánchez y en el que la siguiente tapa a todas las anteriores. No me refiero a su decidida, firme, férrea y obsesiva voluntad de acabar como sea con la última reforma laboral del PP –por cierto, base de la recuperación del mercado de trabajo en la era Rajoy tras la dura crisis económica de 2008 a 2014-, sino al falseamiento de su curriculum.

En efecto, durante varios años y hasta hace sólo unas semanas en que esos títulos fueron eliminados de la web de la Moncloa, Yolanda Díaz indicaba en su curriculum que, además de una licenciatura en Derecho por la Universidad de Santiago de Compostela, contaba en su haber con tres másteres en Recursos Humanos (RRHH), Relaciones Laborales y Urbanismo que, mágicamente, han sido recalificados y han pasado a ser “estudios” y “cursos de posgrado” tanto en la web de Moncloa como en la del Ministerio de Trabajo.

La hoy ministra de Trabajo entregó personalmente su currículum con los tres másteres falsos al presentar su credencial como diputada en las legislaturas en las que ha formado parte del Congreso de los Diputados. Pero es que, además, recientemente ha apoyado una iniciativa parlamentaria del PSOE que permitirá perseguir a los diputados por el incumplimiento del Código de Conducta del Congreso y que incluye, entre otros extremos, el falseamiento de los currículos de los parlamentarios.

Díaz ni ha pedido perdón, ni se espera que vaya a pedirlo por haber mentido. Lo que en Cristina Cifuentes, expresidenta de la Comunidad de Madrid, constituía un hecho inadmisible que acabó constándole la presidencia, en Díaz parece acabar siendo un pequeño e insignificante hecho al que no habría que dar más importancia. Una vez más la doble vara de medir es aplicada por la izquierda parlamentaria que solo se escandaliza por encontrar briznas en el ojo ajeno sin llegar jamás a ver, sin inmutarse siquiera, la viga en el propio.

La ministra de Trabajo ha optado por llevar a la práctica el más discreto y absoluto de los silencios sobre el espinoso tema, evitando hacer comentario alguno en las redes y menos aún aparecer en actos públicos en donde pudiera verse comprometida ante alguna pregunta siempre insidiosa y malintencionada de los periodistas, esa despreciable fauna de personajillos empeñados en sacar a la luz pública las contradicciones constantes en que suelen incurrir los políticos cuando se comparan (¡Dios mío, habría que prohibir cuanto antes las hemerotecas!), sus puntos de vista en la oposición y sus milagrosas transformaciones cuando llegan a tocar poder.

Si hubiera que ser consecuente, la señora ministra Díaz habría tenido que coger las de Villadiego y salir del ministerio que rige para quedar al menos una vez por semana -es solo una sugerencia-, con Cifuentes en alguna cafetería céntrica madrileña y allí poder lamentarse mutuamente de la ingratitud del pueblo español que nunca ha tenido la suficiente altura de miras como para mostrarse indulgente con estos pecadillos de vanidad de sus políticos que, al fin y al cabo, de alguna manera tienen que enfrentarse y sobrellevar tantas y tan altas responsabilidades. Eso, si no decide volver a su Galicia natal para hacer frente desde la atalaya del parque del Castro vigués o desde la Alameda de Santiago a las nefastas y despreciables políticas del presidente de la Xunta, al tiempo que colabora desde la semiclandestinidad a revitalizar las distintas mareas de izquierda que Alberto Núñez Feijóo barrió en las últimas elecciones autonómicas. Cualquier solución es buena si Díaz se muestra consecuente con sus altos principios éticos que, sin duda, rigen su carrera política. Si no es así, una vez más constataremos que, hasta para la izquierda radical, una cosa es predicar y otra muy distinta dar trigo.
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