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El camino de la serpiente

miércoles 22 de diciembre de 2021, 08:12h
El camino de la serpiente
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Al borde del año que termina, pronto asistiremos con la ceremonia de las uvas, las campanadas, los petardos, el espumoso y la ropa interior roja a la experiencia (psicológica) de ingresar en un tiempo nuevo con todas sus jornadas por estrenar.

Año nuevo, vida nueva, reza desiderativamente una frase resobada y navideña. Han transcurrido 365 días desde la última nochevieja y se nos dice (y así lo creemos) que ha concluido un periplo de tiempo y que de inmediato comenzará otro que acabará el mismo día, a la misma hora.“La pescadilla que se muerde la cola” era la expresión de andar por casa que mi tío Celedonio (del griego Χελιδόνιος, de χελιδών, “golondrina”) empleaba para hablar sobre la ciclicidad del tiempo y de las cosas -incluidos los problemas- que se van y vuelven una y otra vez. Jamás escatimaba ocasión de subrayar que nochebuena, nochevieja y año nuevo -con sus comilonas familiares y sus recalcitrantes cuñados (los auténticos petardos)- constituyen remanentes de ritos ancestrales que nuestros antepasados empleaban para celebrar la re-creación de la vida.

Casi se me salen los ojos de las órbitas, la nochevieja en la que tío Celedonio, obstinado en tener razón, se levantó de la mesa, abrió una enciclopedia y nos mostró la imagen del uróboro, un animal mítico y serpentiforme con la punta de su cola en la boca, igual que las pescadillas que tanto le gustaban. Nos explicó que era un símbolo trimilenario de los principios y finales que se alternan y suceden ad infinitum. Que la estructura circular del tiempo es una idea subyacente a la mayoría de culturas. Que la iteración pertinaz del principio y del fin entraña una re-novación recurrente del mundo, una repetición del acto cosmogónico, un eterno retorno que “anularmente” anula la historia. Permitidme en este punto —añadió jocoso— echar mano de tan oportuna cacofonía, pues da la casualidad de que annus (año) y annulus (anillo) comparten raíz y circularidad: el año es un anillo de tiempo—exclamó cuñadilmente orgulloso.

Andando los lustros, leí en su magnífica biblioteca El mito del eterno retorno, de Mircea Eliade y comprendí que la fecha de arranque del año (el inicio de giro del anillo) se fundamenta en la observación de los ritmos biocósmicos y que estos, a su vez, están ligados a creencias, tradiciones y actos humanos que tienen que ver con purificaciones periódicas y con la regeneración de la vida. A través de James Frazer, otro autor presente en su biblioteca, supe que el ajuste apropiado del calendario era en los tiempos primitivos una cuestión que atañía a la religión, pues de él dependía el conocimiento de la estación adecuada para propiciar las deidades, cuyo favor resultaba indispensable al bienestar de la sociedad”. De ahí que las diferentes culturas y sociedades hubiesen siempre adaptado el calendario a su particular cosmovisión e interés.

La proximidad de nuestra Navidad al uno de Ianuarius, mes así denominado en honor al bifronte dios Jano que preside los umbrales, no es, pues, un hecho casual sino causal: Jesús “es alumbrado” el 25 diciembre para que su nacimiento coincida con el nuevo sol surgido del solsticio de invierno. Los evangelios no revelan en qué mes nació el divino neonato, pero es seguro que no fue en esa estación si nos fiamos de Lucas cuando afirma que algunos pastores velaban de noche vigilando el ganado (el pastoreo se practicaba en Palestina entre primavera y otoño), un detalle irrelevante a la mentalidad (mítico-simbólica) de los cristianos del siglo IV que “oficializaron” la navidad, para quienes la elección de una fecha conforme a una astro-lógica era no solo legítima, también reforzadora de la imagen de Jesús como luz del mundo.

Hoy, en Occidente, la serpiente se muerde la cola el 1 de enero, pero no siempre fue así. Tampoco lo fue, ni lo es, en otros lugares del orbe donde el año comienza en fechas distintas (el año nuevo hindú ocurre a mitad de noviembre; en Birmania, Camboya y Tailandia, el 14 de Abril y en Etiopía, el 11 de Septiembre) porque su tradición y/o cosmovisión es otra, o bien porque el inicio del año es móvil y el punto de giro del anillo de tiempo depende de la luna (calendario musulmán) o de una combinación lunisolar (calendario hebreo).

Otra prueba de la mutabilidad del año nuevo es que en España, a la altura de1600, este tenía lugar el 25 de diciembre. En otros espacios de la cristiandad, se estilaban fechas diversas (se llamaba “estilo” al sistema adoptado para su marcación litúrgica). Como ejemplo citaré el estilo francés o de Pascua que convertía al domingo de resurrección en el primer día del año, o al estilo florentino —de la Encarnación— que hacía coincidir el año nuevo con la anunciación de María. El estilo que ha llegado a nuestros días —1 de enero— es el de la Circuncisión, que según el evangelio de Lucas le fue practicada a Jesús al octavo día de su nacimiento. Mi tío Celedonio decía que “al fin y al cabo el santo prepucio es una reliquia con forma de anillo”. No, no le juzgue mal. Celedonio era guasón, pero no irreverente y en su defensa argüiré que Santa Catalina de Siena aseguró haber recibido durante sus esponsales místicos el prepucio jesusino como joya nupcial.

Bueno, el caso es que tío Celedonio, tan aficionado al símbolo del uróboro y al mito del eterno retorno, le sucedió un día como a las oscuras golondrinas de Bécquer… que simplemente no regresó… no regresó de su almuerzo en una freiduría donde devoró una docena de pescadillas y se agarró una pancreatitis tan rápida como letal. Ese mismo año se incorporó a la rueda de la vida y a la cena de nochevieja su hijo unigénito, mi primo Celedonio II, Cele para los colegas, a quien nunca le gustó leer y al que llevo 20 navidades ofrendando ritualmente una caja de bengalas, una botella de espumoso y un par de calcetines colorados para agradecerle que me cediera los libros de su padre. En uno de ellos, encontré la semana pasada esta desasosegante anotación de puño y letra de tío Celedonio: la serpiente que se muerde la cola forma un anillo con su cuerpo, lo que la convierte en eterna. Cuando se desanilla para reptar, su avance es siempre sinuoso y llega al final de su trayecto sin siquiera haber pasado por él, ¡menuda frase de cuñado!

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