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'Scratch': perplejidad, desconcierto, alucinación y genio
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'Scratch': perplejidad, desconcierto, alucinación y genio

viernes 06 de abril de 2018, 16:56h
La angustia vital no nos abandona. Ahora hace mella también entre nuestros jóvenes, agobiados, derrotados, frustrados y obligados a emigrar en una España que se niega a sí misma. Nada es que no haya sido y que no será. Los castillos de naipes que nuestros jóvenes se han ido construyendo durante muchos años (jijí, jajá, carpe diem, etc.), de pronto, han caído también porque la ley de la gravedad -incluso la vital- es inexorable: o se acepta, o acaba destrozando a quien se niega a admitirla. Este es el tono de 'Scratch', un hermosísimo montaje que parte de un interesante texto de Javier Lara. El producto final, seguro que después de muchas horas de reflexión y trabajo entre las compañías Grumelot y Teatro en Tránsito, fue estrenado en Frinje’16 y ahora vuelve a los escenarios.

Interpretada por Fernando Delgado-Hierro y el propio Javier Lara; y con una puesta en escena compartida entre Carlos Aladro, Carlota Gaviño e Íñigo Rodríguez-Claro. Puede -y, si aceptas mi sugerencia, debe…- verse cualquiera de los miércoles de abril en Nave 73. No esperes al final porque el montaje es toda una experiencia y, si apuras mucho, puedes quedarte sin verlo.

La fábula que, durante algo más de 80 minutos, se cuenta en 'Scratch' es una cosmogonía en clave distópica entre dos hermanos, Javier y Antonio Carlos Lara, situada en el Londres de estos albores del siglo XXI. Pero podría haber sido en cualquier otra gran ciudad europea u occidental, lugares que a priori parecen los más apropiados para emprender una nueva vida, como la que buscan en estos últimos años miles y miles de nuestros jóvenes. Allí, en medio de la metrópoli, a Antonio Carlos le abruma la sensación de soledad y la imposibilidad de recurrir a alguien cercano, se apoderan de él y le abocan a recorrer un camino que, probablemente, jamás habría imaginado que iba a transitar. Un viaje en espiral a través de diversos hechos iniciáticos que lo llevan a ver de cerca la muerte, los abismos más negros que, no solo no le alejan de la soledad, sino que incluso la hacen infinita.

Un poema del poeta inglés William Blake, que sobreimpresionado en una pantalla, y en medio de una música estridente y una luz discotequera (destellantes y turbadores blancos, rojos, azules, verdes, naranjas…), se abre paso en los primeros minutos del espectáculo hasta calar en el alma del espectador, da la clave de todo cuanto se va a vivir a continuación durante esa hora y media, que acaba pareciendo una aventura de vida y media. Insisto, el espectador va a vivir -y no a asistir en primera fila a ninguna función-, a la lucha heroica por la supervivencia de Juan y Antonio Carlos, en medio de la gran metrópoli, que todo lo engulle, que todo lo digiere y lo vomita. Aquí la línea que separa escenario y patio de butacas no es que esté diluida, sino que no existe.

El poema de Blake proclama que "Para ver el mundo en un grano de arena, / Y el Cielo en una flor silvestre, / Abarca el infinito en la palma de tu mano/ Y la eternidad en una hora". Sugerente metáfora que anima a desdibujar cualquier voluntad humana, por buena y legitima que sea, de intentar atrapar el tiempo, el espacio, la aventura de vivir, con los cánones de la racionalidad, del método, de las leyes de la física y la matemática aplicadas…

Huida hacia adelante

En su viaje iniciático, Antonio Carlos (perdido, perplejo, hundido y derrotado), recurre a todo tipo de estupefacientes, músicas, luces y pastillas para ayudarse en su ciega huída hacia adelante. Esa carrera desbocada termina con su cuerpo tendido en la calle, cosido a puñaladas. Por el escenario desfilan entremezclados sus recuerdos, sus anhelos, su realidad teñida de utopías, su irrealidad percibida, y todas ellas, mezcladas en un cocktail de vida, de horror, de humor y de belleza a un tiempo, se presentan ante los atónitos ojos del espectador con una fuerza y una brillantez infrecuentes en nuestros escenarios.

La estructura de la fábula que se cuenta en 'Scratch' es compleja, no lineal, y, precisamente por eso, mucho más atrayente. Hay varios planos de realidad o irrealidad, que dan vueltas, que se mueven como una elipse, o mejor aún, como un bucle que gira y gira para llegar siempre al punto de partida o al de llegada, la meta que, en el fondo, son una misma cosa. Como la música de Bach, variaciones infinitas sobre un mismo tema que, sin embargo, siempre parece nuevo.

Nada es, todo cambia, la realidad es una vana ilusión, y las posibilidades de vivir son infinitas, tantas como imagines. "Somos lo que contamos", dice varias veces Javier Lara en el montaje. Es cierto. Pero eso es tanto como decir “somos lo que imaginamos porque, recordando a Calderón, La vida es sueño, e imaginación, sueño, ideales, amor, empatía, encuentro, contumacia, voluntad, amistad fraterna, familia, lucha y, desde luego, no rendirse nunca ante la adversidad. Todo esto es solo parte de cuanto se cuenta en ‘’Scratch’, uno de esos montajes que merece la pena ver varias veces, con la seguridad de que siempre se encontrarán nuevos prismas, mensajes más nítidos, emociones más profundas, sorpresas más inesperadas, viajes al interior de ti mismo más iluminadores…

‘Scratch’ es un verdadero descubrimiento de un texto, una forma de contar, y una forma sincera de mostrarse en escena -abierta, en canal-, de un Javier Lara, que se sale desde el minuto uno de función, y la refrenda de que Fernando Delgado-Hierro es también un actor genial que va a darnos aún muchos, muchos momentos inolvidables en las decenas de personajes que lleva dentro.

El que yace y vive y revive en el cuerpo de Fernando es Antonio Carlos. En el de Javier Lara todos los demás personajes: sus padres, su novia, su amigo camarero en un bar de Londres, su visión del obispo Lara, y sobre todo su hermano. ¡Magnífico Javier!, que muestra aquí el actor extraordinario que es, capaz de brillar en todos los registros, con todos los acentos (gaditano, madrileño, argentino, british…), de subir a los tonos más agudos y descender a los más graves y arrastrados, y de moverse con la soltura y la ingravidez de un ángel o con la insolencia y el desparpajo de un DJ endiosado e intocable.

Aunque solo fuera por asistir al duelo interpretativo de Javier Lara y Fernando Delgado-Hierro que interpreta a Antonio Carlos Lara (más contenido, ausente, flipado y retraído su personaje, pero igualmente soberbio en su papel), merece la pena acudir a Nave 73. Pero es que, además, ‘Scratch’ es un recital del mejor celofán del teatro: la luz de Pablo R. Seoane; el inmenso diseño de sonido de Manu Solís, y la prodigiosa e imaginativa escenografía y el vestuario de Paola de Diego.

'Scratch' es una prueba más de que no son necesarios tantos medios para hacer el mejor teatro. A veces, las quejas, sencillamente, encubren la incapacidad de algunos por destapar su imaginación, esconder su falta de destreza interpretativa, o su carencia de la suficiente habilidad y genio para maquinar el ambiente sonoro, lumínico y espacial adecuado a la historia que se quiere contar.

Enhorabuena a todos los artífices de un montaje que encierra una verdadera lección del peligro y la alegría que supone vivir, de lucha, de análisis social, de poética y de teatro, a través del caos como indagación, la oscuridad como viaje interior, la luz como ilusión y el ruido como un silencio que puede llegar a hablarte.

'Scratch'

Texto: Javier Lara

Una creación de Fernando Delgado-Hierro y Javier Lara

Puesta en escena colaborativa de Carlos Aladro, Carlota Gaviño e Íñigo Rodríguez-Claro

Ayudante dirección: José Juan Rodríguez

Espacio y vestuario: Paola de Diego

Audiovisual y fotografía: La Dalia Negra

Comunicación: Cristina Anta

Sonido: Manu Solís

Iluminación: Pablo R. Seoane

Técnico de luces: Álvaro Guisado

Producción: Leticia Rodríguez y Teatro en Tránsito S.L.

Compañía: Grumelot

Nave 73, Madrid

Hasta el 25 de abril de 2018

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