www.diariocritico.com
'Una mujer en la ventana': No hay lugar para nuestros mayores
Ampliar

'Una mujer en la ventana': No hay lugar para nuestros mayores

miércoles 05 de octubre de 2016, 16:55h

Los mil y un objetos, libros, aparatos, cachivaches, trastos, bártulos, chirimbolos, cacharros, chismes, artilugios o artefactos que, inevitablemente, todos acumulamos en casa con el pasar de los años, son los frágiles asideros a donde agarrarse para que no se nos escapen del todo los recuerdos. Ese es también el paisaje en donde discurre ‘Una mujer en la ventana’, un texto de Franz Xaver Kroëtz, traducido y adaptado por Manuel Heredia y que Juan Margallo ha vuelto a dirigir después de tres décadas, con Petra Martínez como protagonista.

En el otoño de su vida, una mujer se ve obligada a dejar su casa porque ha sido declarada en ruinas y una fría e implacable orden judicial ha ordenado un desahucio inminente. Ante la contundencia de los hechos, Andrés, su hijo, le ha buscado una residencia para ancianos a donde poder trasladarse para que pueda pasar dignamente los últimos años de su existencia. Pero la mujer se resiste a aceptar su nuevo modo de vida y trata de llevar con ella algunos recuerdos a la fría habitación residencial que imagina que ya no va a abandonar hasta el mismo momento de su muerte. Pero, ¡cómo escoger entre tanto y tanto objeto, cuando todos y cada uno de ellos lleva marcada la emoción de un gesto, el cariño de un recuerdo, el sello indeleble de los seres queridos...!

La escenografía de Richard Cernier ha enmarcado la acción del monólogo en un salón de los años 50, con alacena antigua, una de esas vajillas de museo –heredada de su madre, y esta, de su abuela-que se utilizan dos o tres veces en toda la vida, cocina con hornillo eléctrico, jaula de madera con un pajarillo que no para de trinar (Jacobo, lo llama la mujer), que permanece ajeno a la tragedia íntima que se está gestando a su alrededor. Esa será la última noche que pase con su ama. Y, entre tanto, ahí siguen los cuadros, los libros, las fotos de comunión y de boda enmarcadas, el canapé donde la mujer se echa siempre la siesta... Todo está tocado por una luz cálida y envolvente que ha diseñado Rafael Catalina. Y, acompañada por el alegre, despreocupado trino de su pájaro enjaulado, la mujer va desgranando con la naturalidad y la resignación justa una situación que no acaba de admitir.

Una magnífica Petra Martínez da vida a esa abuelita dulce, serena, socarrona, tierna y sincera que a todos nos hubiera gustado tener o que -incluso- no nos hemos dado cuenta de que la teníamos hasta que desapareció…

Hasta el pajarito va a correr mejor suerte que ella porque, finalmente, parece que serán sus nietos, Andrés y Mónica (hijos de Andrés -su hijo- y Lina), quienes se lo llevarán a su casa. Las demás pertenencias de la anciana no sabe muy bien dónde irán a parar. Por eso mismo, ella quiere llevarse todo a la residencia. Cada uno de los objetos y utensilios de su casa encierra un sinfín de recuerdos de su vida pasada con su marido -ya fallecido- Germán, pero la realidad es tozuda y como sabe que va a compartir habitación y no tendrá hueco para tantas, se impone la selección, la priorización de unas cosas frente a otras, aunque a ella todo le parece imprescindible. Imposible, pues, renunciar a dejarlo…

Pero hay algo que pesa mucho más que la falta de los objetos queridos: la soledad. El miedo a lo desconocido, la vejez sobrevenida como una losa y de un día para otro, la inevitable renuncia a ver a su hijo y a sus nietos más a menudo -la residencia está lejos-. “Tendría que haber residencias en cada barrio”, se dice la mujer a sí misma con rabia contenida. La vida moderna, en la que no tienen cabida nuestros mayores (los pisos son muy pequeños, el alienante trabajo no es prescindible, etc.)

Petra Martínez en escena, y Juan Margallo -su marido y compañero en la vida real-, como director construyen, como acostumbran, un pedacito de vida sobre las tablas tanto o más real que la vida misma.

Una historia que emociona, que conmueve, y que da una vez más prueba de la talla de actores que la pareja lleva demostrando ser desde hace tantos y tantos decenios.

El texto de Franz Xaver Kroëtz tiene una actualidad tremenda. Y más que la tendrá en los próximos años. Quizás no sea mal ejercicio que quienes sobrepasen la sesentena vayan ya pensando en ir separando aquellos objetos y recuerdos que más vinculados estén a sus vidas. Y si son de tamaño menor, mejor todavía porque así cabrán en la habitación de la residencia donde les tocará vivir, más tarde o más temprano.



‘Una mujer en la ventana’

Traducción y adaptación: Manuel Heredia

Dirección: Juan Margallo

Intérprete: Petra Martínez

Diseño de vestuario: Francisco Lozano
Fotos y diseño grafico: Antonio Muñoz De Mesa
Producción ejecutiva: Manuel Heredia

Ayudante de dirección: Olga Margallo

Una producción de Uroc Teatro

Teatro Español, Madrid

Hasta el 23 de octubre de 2016
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)

+

0 comentarios