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Nuria Gallardo (actriz): "No me arrepiento de haberme dedicado toda la vida al teatro"

  • “¡Hay que leer!, ¡en papel, en una Tablet, o en lo que sea, pero hay que leer, y dejarse ya de tanto videojuego!”
  • “No hay nada peor que un espectador muerto, o un actor muerto encima del escenario”
  • “Utilizo un perfume distinto para cada personaje. Si no tengo ese olor que he elegido para él, no me siento bien”

miércoles 09 de enero de 2019, 11:23h
Nuria Gallardo (actriz): 'No me arrepiento de haberme dedicado toda la vida al teatro'
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(Foto: CNTC)
Hija de actores, nieta de actores y bisnieta de actores, Nuria Gallardo (Madrid, 1967), no concibe la vida sin pisar un escenario: “esto es un veneno, ya lo sabes, y no se puede dejar hasta la muerte”. No en vano, hace ya 42 años que lo ha venido compartiendo con tres generaciones de actores: la de sus padres, Manuel Gallardo y María Jesús Lara, la suya, y la actual. Entre muchas otras figuras del teatro, ha actuado con José María Rodero, Guillermo Marín, José Bódalo, Encarna Paso, Berta Riaza, Agustín González, Carlos Lucena, Joaquín Notario, Manuel Galiana, Carlos Hipólito, Helio Pedregal, Blanca Portillo, Marisa Paredes, Chema Muñoz o Luisa Martín…

Ha dirigido también en seis ocasiones (“es algo que me apasiona…”): La casa de Bernarda Alba de Lorca; La Ley De La Selva” de Elvira Lindo; Faustina, Madre De Alejandro Casona de Pilar Murillo; Trío De Dos” de Jesús Alonso; En todas las nubes hay un dragón de Javier Albalá y La soledad del actor” de Joaquín Casares.

Su fuerza, su genio, su empatía, su alegría, su flexibilidad y su esfuerzo incansables por mejorar, la han situado en los últimos tiempos casi en exclusiva en la Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC), como protagonista en algunas de las más interesantes propuestas de los últimos años.

Aunque Nuria fue casi, casi una niña prodigio, es hoy una mujer cercana, abierta, risueña, sociable, sencilla, extrovertida y directa. Sus vecinos perreros del madrileño barrio del Pilar están encantados con ella y con Charly, su perro, a quien saca al parque a diario. No sé si todos están al tanto de la historia singular de su compañera de obligados paseos: “Empecé a los 8 años y cumplo 51 en diciembre, así es que llevo ya más de cuatro décadas disfrutando con el teatro. Comencé a trabajar un mes de septiembre –lo recuerdo porque tenía que compaginarlo con el colegio-, y hasta la fecha nunca me he arrepentido de formar parte de este mundillo. Lo que sí me preocupa es la posibilidad de no poder seguir trabajando… Cuando yo empecé, había muy pocas niñas haciendo teatro. En televisión comencé a hacer los personajes de mi madre de pequeña (en la serie de Cañas y barro, por ejemplo, hice de Neleta niña. Luego hice de Hellen Keller en El milagro de Ana Sullivan Cuando ya tenía 12 o 13 años, recuerdo que entonces todos los papeles de jovencita en el teatro los hacía Inma de Santis, hasta que yo comencé a compartirlos también con ella. En esa época hice de Hedvig, en El pato salvaje, de Ibsen en el María Guerrero, con José Luis Alonso como director. Luego Inma se fue al Paris-Dakar y se mató. Entonces habían muy pocos niños en el teatro. Eran actores adultos quienes hacían de niños si es que su físico lo permitía. En mi caso, fue José Luis Alonso quien me tuvo todo un verano haciendo pruebas, hasta que finalmente me cogió. A partir de ahí tuve conciencia de lo que era realmente trabajar en el teatro…”.

Nuria Gallardo en 'La dama duende' / Foto: CNTC

“Hacer televisión entonces, no era socialmente muy reconocido…”

Hasta los 18 años, Nuria Gallardo no descubrió una escuela de teatro en España. Fue la de William Layton, y allá que se fue: “entonces no había sitios donde estudiar y, quizás por eso mismo, no había tampoco gente joven sobre las tablas. Recuerdo que dos o tres años más tarde comenzó a hacer también teatro Aitana Sánchez-Gijón y otras compañeras que estaban haciendo cine o televisión, pero no teatro. De entonces a hoy, la percepción de los medios ha cambiado mucho. Hacer televisión entonces no era socialmente muy reconocido; hacer cine era algo de élite, pero hacer teatro era ‘hacer teatro’, es decir, otra cosa, porque para subirse a un escenario había que hablar, había que vocalizar, que entender, que comunicar, que llegar al público… Ahora, de repente, sucede todo lo contrario: cualquier persona que haya hecho tele o cine parece que ya puede subirse a un escenario, porque como hay micros ya no hay problema…”.

Tiempos muy distintos a aquellos en que la Nuria preadolescente cogía una maleta, acompañando a sus padres, y salía de gira por todo el país durante cinco o seis meses, sin poder volver a casa: “ahora son solo bolos, salidas puntuales a tal o cual ciudad. Entonces los teatros a los que íbamos eran de envergadura, la mayor parte de los cuales ahora están cerrados. Hoy se puede ir a centros culturales o grandes espacios abiertos y polivalentes en los que, desde luego, claro está, si no te pones un micro, por mucho que grites –no ya que proyectes la voz-, es imposible llegar a todo el recinto. Todo ha cambiado mucho en estos años… Y por eso te digo que no me arrepiento de haberme dedicado toda la vida al teatro, pero que al mismo tiempo y a medida que pasan los años, me asusta no poder seguir dedicándome a él porque no me dejen…”.

“Oye, y si no me volvieran a llamar para trabajar, ¿a qué me dedicaría?

La formación de las nuevas generaciones de actores es, sin duda, mucho más alta que la de hace unas décadas. Además de las Escuelas de Arte Dramático, han surgido también y paralelamente muchas otras dirigidas por actores, directores o dramaturgos de peso que proporcionan al alumno muchas otras ópticas sobre el modo de hacer teatro: “La generación de mis padres o la de mis abuelos fue autodidacta, aprendían exclusivamente a base de ejercitarse en el oficio. Se empezaba con la lanza, luego pasabas a hacer un papel pequeñito, luego al chiquitín, luego al cortito con poco más de una frase, después al característico, de este al secundario y, después de todo ese periplo y si tenías suerte, lo mismo llegabas al de protagonista… Pero claro, tenías que crecer en familias teatrales. El viaje a ninguna parte de Fernando Fernán Gómez es lo que mejor retrata aquella época. Ahora, sin embargo, la base es la formación, mucho más profunda, y eso es muchísimo mejor porque la gente tiene que estar muy preparada para poder hacer teatro”.

Aunque ahora Nuria no para de hacer talleres, seminarios y cualquier otra formación que, sea por lo que sea, le atrae, hace ya unos cuantos años notó de pronto esa carencia. Fue un día en Ibiza, después de una función que ella misma dirigía cuando, dando una vuelta por el paseo marítimo junto a su marido le planteó esta pregunta: Oye, y si no me volvieran a llamar para trabajar, ¿a qué me dedicaría …?’. En ese mismo momento, ya con casi 40 años, se decidió a cursar el grado universitario de Magisterio (“¡…me encantan los niños!”), y se pasó toda la gira y los ensayos de La casa de Bernarda Alba compaginándola con sus estudios: “hice la carrera presencialmente. Iba todos los días muy temprano a clase, salía a las 3, y me iba corriendo al teatro… Haber hecho la carrera estudiando a distancia, me hubiera costado mucho porque yo necesito hacer preguntas de forma directa al profesor, compartir las cosas con los compañeros… Es lo que también hacemos siempre en el teatro: si algo no te gusta, lo comentas al director, y si dudas, preguntas a tus compañeros. Este es un trabajo de equipo, y por eso a mí no me apetecía nada quedarme sola estudiando, no era ningún incentivo sino todo lo contrario”.

Aquello, desde luego, supuso una verdadera experiencia para la actriz madrileña: “meterte en un aula llena de chicos jovencísimos, 18 años, fue impresionante. Me llamaban ‘Mamá Pato’, y me integré completamente con todos ellos, hasta el punto de que me eligieron delegada de curso… todo lo que no había podido ser cuando era pequeña, lo fui ya de adulta –afirma sonriente y con los ojos bien brillantes-. Tengo todavía contacto con muchas chicas de entonces que, claro, ya se han casado, tienen hijos y me escriben con cierta frecuencia para que vaya conociendo a su familia. ¡Son maravillosas! La mayor parte de esos compañeros son hoy profesores muy importantes y están haciendo muchísimo por la educación de los niños, y yo me siento muy orgullosa de haber podido compartir tiempo y espacio con ellos. ¡No paran de trabajar y de investigar nuevos métodos de enseñanza…!”.

Como todavía –y esperemos que, al menos, durante los próximos 50 años-, Nuria no ha dejado de subirse a las tablas, la forma más práctica y solidaria de poder ejercer esa otra profesión de reserva, la de maestra, la practica cuando las representaciones y los ensayos se lo permiten, a través de un voluntariado en Cruz Roja, en un centro de día con niños de 3 a 12 años, integrados en un programa que se llama ‘Cuatro horas las tiene cualquiera’.

“Cada uno tiene sus pudores…”

Nuria Gallardo en El perro del Hortelano / Autor: CNTCPero, en fin, volvamos al teatro y a esa actriz que se está perdiendo el cine español. Cuando hizo El viaje a ninguna parte (1986), estuvo nominada a todos los premios de la época y, sin embargo, a Nuria apenas la hemos visto en la gran pantalla: “cuando era más joven me llamaban para hacer cine, y dije que no. En concreto, pude interpretar un personaje en El nombre de la rosa (1986, la película de Jean-Jacques Annaud, pero tenía que salir desnuda, y eso me daba vergüenza y lo rechacé”. ¿Habrías actuado hoy más de tres décadas después, del mismo modo?, preguntamos a la actriz y ella no vacila en la respuesta: “menos aún. Ahora que tengo el cuerpo mucho peor, tampoco. ¡No lo hice entonces, que era una belleza, ahora menos aun! De todas formas, no es esa la cuestión. Se trata de un problema de pudor. Cada uno tiene sus pudores y a mí siempre me ha parecido que hay un terreno íntimo, que es mío. Aun así, si encontrara un personaje que tuviera justificada esa desnudez, probablemente me lo plantee y lo haga, pero si a priori alguien me lo pone sobre la mesa en los términos de ‘te voy a ofrecer un trabajo, pero tienes que salir desnuda’, digo que no”.

¿Y en televisión, también te llaman y dices que no, o es que no suena el teléfono?, insistimos ahora: “Sí, sí, me llaman cada vez más, pero es que no puedo. Mi representante me regaña, pero estoy muy liada con el teatro, y no puedo aceptar otra cosa. Estoy comprometida con el Clásico, llevo ya cinco años trabajando con ellos, y si quiero hacer algo fuera, tengo que pedir permiso y, aunque Helena Pimenta nunca me lo ha negado, finalmente me he dado cuenta de que me resulta imposible poder compatibilizar ambas cosas sin conflicto. Yo estoy muy comprometida con la CNTC y, si estás en medio de un proceso de ensayos –como es el caso ahora con El castigo sin venganza, que estrenaremos en breve-, yo me entiendo a mí misma si, de repente, me llueven cosas y digo que no. A veces me han propuesto cosas una o dos semanas después de estrenar, pero al final digo también que no porque me siento como una botella de champán a punto de abrirse, muy excitada, y en esas condiciones yo no puedo meter en mi cabeza nada más. ¡Cuando me entrego a una cosa, me concentro enteramente en ella! Si, por el contrario, trabajara habitualmente en la tele, y fueran diferentes cosas las que tuviera que hacer, ahí no tendría ningún problema porque ese trabajo es muy diferente al del teatro. Se trata de filmaciones de secuencias o de capítulos que se cierran ese mismo día, mientras que en el teatro es un trabajo continuado, de acumulación, es como picar piedra, y el de la tele es más inmediato aunque te exija más concentración”.

Preguntamos también a Nuria por su relación con los directores de escena y su respuesta no puede ser más gráfica: “El director de un montaje es como el capitán de un barco. Si no haces piña con el director y no estás a favor de la obra, el barco no va a hacer más que dar vueltas. Cuando asistes a un montaje que, en general, no te gusta, pero ves que uno de los actores está muy bien, eso se llama ‘sálvate como puedas’. Si cada uno fuéramos a hacer lo que queremos, sin tener en cuenta al otro, y sin tener en cuenta la dirección, esto sería un desastre, el barco no se movería. En el momento en que tengo un texto, un director y un equipo de gente, ese grupo es ya mi familia. Vamos juntos hasta el final”. Y es que, por muchos años de experiencia que acumules, nunca se deja de aprender: “muchas veces te equivocas. Piensas que tienes que ir en una dirección y lo que estás dando es otra completamente diferente, y a veces te están pidiendo cosas desde fuera que tú no entiendes, y es por tu bien. Hay que acostumbrarse a aprender siempre, y eso no deja de ser un cambio, una molestia… Aprender nos hace resituar siempre el cuerpo y la cabeza, y eso acaba haciéndose muy incómodo… No queremos que nos cambien las cosas de sitio, que nos las muevan. Pero es en los sitios nuevos donde entra el verdadero aprendizaje”.

“Si te levantas con una sonrisa, el día acaba siendo siempre mejor”

No anida en ella ni un ápice de nostalgia, a pesar de que es muy consciente del paso del tiempo y de que todo cambia, “cosas y personas, pero hay que mirar la vida en positivo, aunque solo sea por mera cuestión de supervivencia. Si no piensas en la buena cara de la moneda, la vida no funciona”. Y eso de que en la vida está el teatro y viceversa, Nuria lo tiene muy claro: “Todos hacemos algo de teatro cada día. Nadie se va cada mañana a trabajar a una cafetería si no es con una sonrisa por fuera, aunque esté muy fastidiado en lo más hondo. Si no es así, posiblemente a esa persona la despedirían. O alguien que trabaja en turno de noche en una recepción de un hotel, cuando un cliente llega a las 4 de la madrugada, con una melopea impresionante y armando escándalo, tiene que tener mucha templanza y también una sonrisa en la cara. Es como sacar la mejor parte de ti. Eso no debe entenderse como un acto de hipocresía. Es verdad que si te levantas con una sonrisa, el día acaba siendo siempre mejor”.

Es supersticiosa, sí, pero a su manera, para sus cosas. No se niega, -por ejemplo, a llevar el color amarillo (“aunque no es de mis favoritos…”), ni tiene inconveniente alguno en que alguien pueda llevarlo, pero Nuria siempre procura no ponérselo “porque puedo molestar a alguien que esté a mi lado… Me acuerdo de que cuando estaba en el instituto –a los 12 o 13 años-, haciendo El pato silvestre, de Ibsen, yo venía corriendo como loca y me cambiaba el chándal en el cuarto de baño de un ‘Hollywood’ que había enfrente del María Guerrero. Me ponía mis zapatos y mi vestido y recuerdo que en una ocasión, me puse un vestido –ya de más mayor-, que me habían comprado mis padres ese año. Tenía la espalda abierta, con unos piquitos muy monos, y era de color amarillo, y unos zapatos blancos de tacón… Cuando José Luis Alonso me vio con esa indumentaria, se puso a gritar como un energúmeno: ‘¡esa chica, que se vaya de aquí!, ¡cómo se le ocurre entrar con ese vestido!’. Yo no entendía nada, no sabía qué había hecho, me fui llorando y en cuanto me explicaron los compañeros la razón del cabreo del director, tuve que volver al bar de enfrente, ponerme el chándal, que olía a perro muerto, y regresé a los ensayos con él… Desde entonces, y por eso, respeto muchísimo las supersticiones de los demás”.

Lo que sí utiliza –y esta sí que es una de sus cosas-, es un perfume distinto para cada personaje. Si no tengo ese olor que he elegido para él, no me siento bien…”. Y lo de santiguarse, muchas veces se le escapa “porque siempre lo he visto hacer a mis padres, y lo he vivido siempre de pequeña. Igual que lo de pisar siempre con el pie derecho el escenario, que te sale incluso inconscientemente… Y lo de silbar, yo no lo hago, pero muchos compañeros sí. A mí no me molesta, aunque dicen que da mala suerte… En el fondo, todas estas actitudes muestran ciertas inseguridades, y todo lo que te da fuerza para que tú creas que estás bien, vale. Es lo mismo que cuando sales de fiesta o tienes una cita: si hay una camisa que te da suerte, te la pones. De todas formas, ahora las supersticiones han cambiado mucho: respirar, saltar, hacer abdominales. Todas son respetables, y si te ayudan, perfecto”.

“Cuando alguien te falta al respeto no queda otra que poner las cosas en su sitio”

Nuria Gallardo en 'El castigo sin venganza' / Autor: CNTCLa soledad es ahora más patente en el teatro –opina Nuria-, que cuando se salía de gira durante varios meses: “entonces se hacía familia. 6 meses juntos, 24 horas al día, hacen que veas las cosas de otra manera. Cuando hicimos El sueño de una noche de verano con el Teatro Español, RENFE hasta nos puso un tren para toda la compañía en el que viajábamos todos –técnicos y actores-, a montar la función en cada sitio donde íbamos ¡Imagínate cómo era aquello! Andábamos siempre juntos. Ahora, sin embargo, se hacen bolos puntuales, no giras, y la creación de lazos es mucho más difícil”. ¿Y la competitividad entre actores, es también ahora mucho más patente?, le preguntamos. A Nuria no le preocupa nada este aspecto y nos refiere que “solo he tenido una vez un problema en mi vida. Hice lo que tenía que hacer y corté el tema radicalmente. Cuando alguien te falta al respeto no queda otra que poner las cosas en su sitio. Esto me lo han enseñado los años. Espero que no me vuelva a pasar porque, de verdad, es una situación muy desagradable”.

Ahora no se dan aquellas relaciones casi familiares, insiste Nuria, “porque lo que se dan son ‘encuentros’ que si se repiten frecuentemente pueden derivar en amistades y, si funcionan muy bien juntos, pueden desembocar en un nuevo trabajo. Por eso se ve con mucha frecuencia que los equipos repiten… Pero no hace falta ser amigos, ni llevarte bien con el resto del elenco para poder trabajar en una función y, sin embargo, antes para mí era casi más que el alimento diario. En aquellas giras había todo tipo de historias (de amigos y de enemigos), pero, aun así, seguíamos siendo una familia porque teníamos un objetivo común y permanente, que era sacar adelante la función. Cuando hay un conflicto que va en detrimento de la función, no se puede permitir porque el escenario es sagrado”.

Cierto. Mucho nos tememos que aquellos tiempos de las largas giras no van a volver a producirse, comentamos a la actriz. Ella afirma que “hasta que no vuelvan a dedicarse dos o tres páginas diarias en los periódicos al ámbito de la cultura, desde luego que no… Y eso es altamente improbable, entre otras cosas porque los mismos periódicos están languideciendo en los últimos años. De todas formas, lo que habría que intentar en nuestro país es un verdadero consenso entre partidos en todo lo referente a la educación, la sanidad y la cultura, que son los tres pilares básicos para el bienestar social. Sin educación no hay futuro, sin sanidad no hay salud, y sin cultura no se ayuda a pensar, ‘a ser espejo de la realidad’, como se dice en Hamlet, a que la gente pueda crecer como persona. ¡Hay que leer!, ¡en papel, en una Tablet, o en lo que sea, pero hay que leer, y dejarse ya de tanto videojuego!”.

“¡Me cago en la hostia!, ¡cómo me ha gustado esta mierda!”

“Tengo la suerte de llevar ya trabajando durante cinco años en la CNTC y, además, de formar parte del apasionante proyecto de Helena Pimenta. Hay muy pocos actores que puedan decir esto. Excepción hecha de Joaquín Notario, que lleva muchísimo más tiempo que yo. Al menos, desde que hicimos La venganza de Tamar, en 1997. Luego él se quedó con Eduardo Vasco, y ha vuelto a seguir con Helena, y yo me incorporé con ella después de La vida es sueño… Soy muy afortunada por tener la oportunidad de trabajar en un proyecto tan interesante como este que tiene al verso, a la palabra, a nuestro mayor legado, como un verdadero tesoro inmaterial. ¡Estamos perdiendo la palabra…! Ahora envías un mensaje y dices ‘tq’, en lugar de ‘te quiero’. Hay mucha diferencia entre una cosa y la otra… En todo caso yo soy optimista con este asunto. Un día, haciendo El perro del hortelano, y estando también Helena en la función, una chica de un instituto (15 o 16 años, toda de negro con pinchos, anillos, pierzings por todos lados, pelo y ojos pintados de negro…), salió diciendo ‘¡me cago en la hostia!, ¡cómo me ha gustado esta mierda!’. ¡Eso es un punto! Estoy segura de que esa chica ha cogido después de aquello más de un libro”, termina diciendo entusiasmada Nuria.

En el teatro, “hay diferentes funciones –añade Gallardo-. Por ejemplo, cuando estrenas estás haciendo una función distinta porque todavía estás bajo la presión de la inseguridad, de los nervios. Acabas de parir al niño y no sabes muy bien cómo llevarlo. Con ese toro –y perdón por la metáfora-, lidias durante unos días. Al cabo de una semana, suelen venir los colegios y, claro está, este es otro tipo de público. Los chicos se ríen, o no, cuando les apetece, o les hace gracia, incluso cuando estás haciendo el momento más dramático de la función. Hay un tercer público, el serio, entre comillas, el que llamamos ‘público del domingo’, que lo constituyen ese tipo de mujeres que suelen venir bien vestidas, etc. Es como el público purista de La Zarzuela, al que si le pones algo muy vanguardista, no suele aceptarlo muy bien y lo manifiesta. Y, por último, un cuarto tipo de espectadores que suele ser, por el contrario, de los más agradecidos que hay, que son los grupos de personas sordas o de personas ciegas. Reaccionan de forma apasionada y transmiten una energía bestial, que se nota, y mucho, desde el escenario. Quizás la única particularidad de este último es que su reacción se produce un instante después, en función de la sincronización con el equipo que está haciendo esa función accesible. Pero ese segundo de retardo también te da mucha vida en el escenario… No hay nada peor que un espectador muerto, o un actor muerto encima del escenario”.

Simpatiquísima, sencilla y profunda a la vez, Nuria se despide de nosotros contándonos una anécdota que no protagonizó ella, sino su único hermano. Aunque hoy no se dedica al teatro, debutó mucho antes que ella. Era el Niño que se sacaba al escenario en el Tirano Banderas que montó José Tamayo en el Teatro Español. A los 17 años lo dejó y orientó su vida hacia el Ejército... “Cuando vino el entonces príncipe Juan Carlos y su hermana Margarita a la función, ambos quisieron tenerlo un rato en brazos y mi hermano, que entonces no tenía más de nueve meses, se meó justo cuando el príncipe lo tenía en brazos, así es que él puede decir literalmente que se ha meado en un rey”, nos comenta entre carcajadas.

Nos pasaríamos la vida charlando con Nuria, pero como su marido no creemos que estuviera muy de acuerdo con esta iniciativa –y tenemos serias dudas también del proceder de Charly, su perro, mejor es que vayamos haciendo ya mutis por el foro, nos armemos de paciencia, aunque solo sea por unos días, y nos preparemos para volver a disfrutar por enésima vez con Nuria Gallardo en el escenario. Esta vez –ya lo hemos dicho- es con El castigo sin venganza, la nueva y extraordinaria propuesta de Helena Pimenta con la CNTC.

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