China vuelve a enviar una señal clara de enfriamiento económico. Los datos de noviembre confirmaron una desaceleración generalizada de la actividad, con un crecimiento de la producción industrial del 4,8% interanual, mínimo de los últimos 15 meses, y unas ventas minoristas que apenas avanzaron un 1,3%, su peor registro desde finales de 2022.
La divergencia entre una industria que aún resiste y un consumo debilitado refuerza la idea de que el principal foco de fragilidad sigue siendo la demanda interna. El deterioro del consumo refleja factores estructurales no resueltos. La crisis inmobiliaria continúa erosionando la confianza de los hogares, en un contexto en el que cerca del 70% de la riqueza familiar permanece vinculada al sector. A ello se suma el agotamiento de los estímulos económicos y una inversión inmobiliaria con caídas de doble dígito, configurando un entorno con presiones deflacionistas latentes y una transmisión directa hacia sectores cíclicos.
Ante esta debilidad interna, el crecimiento sigue apoyándose de forma desproporcionada en el sector exterior. Sin embargo, el superávit comercial récord intensifica las tensiones con socios comerciales y eleva el riesgo de nuevas barreras arancelarias, lo que limita la sostenibilidad del modelo. Así, incluso con apoyo fiscal adicional, el consenso apunta a que el crecimiento de China seguirá siendo contenido en 2026, reduciendo su papel como motor global.