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Paul Simon demuestra que 25 años no son nada en su regreso a Madrid

Paul Simon demuestra que 25 años no son nada en su regreso a Madrid

sábado 19 de noviembre de 2016, 01:18h
En un año que nos ha quitado a Bowie, Prince o Leonard Cohen ver a Paul Simon tiene todavía más miga, sobre todo si lleva 25 años sin pisar estos lares. Y es que uno comprende que las oportunidades de ver a un gigante (no va con segundas) cantar varias de esas canciones capaces de unir a varias generaciones no tiene precio. Si encima está de buenas y viene presentando su mejor disco en años, todavía mejor.
A sus 75 años el tipo con talento del dúo más famoso de la historia se marcó un concierto de más de dos horas y media en el que hubo momentos verdaderamente sublimes. Todo comenzó poco después de las 20:00 con la espléndida banda tocando el 'Gumboots' de 'Graceland', su mejor obra en solitario. Algo que sirvió para comprobar dos cosas, el increíble nivel de los músicos que le acompañan y el sonido cristalino que logran (un punto también para un Palacio de los deportes, o Barclays Center, o WeZinc o lo que sea, en el que nunca había oído algo tan nítido). Por ponerle un pero el sonido era flojo y se tardó en conectar con el público. No fue por falta de canciones, Simon es uno de los más grandes compositores de canciones de todos los tiempos, y de primeras sonaron 'The boy in the bubble' y la increíble '50 ways to leave your lover' (¡menudo estribillo!) que terminó con una arreglo muy 'soulero' en el que sobresalieron los vientos.

Aun así, a pesar de la invitación al baile con el zydeco de Nueva Orleans de 'That was your mother', la cosa no se empezó a calentar hasta que tocó la primera canción de su etapa en Simon & Garfunkel, y no cualquiera, sino la increíble 'America', una de mis dos o tres favoritas. Aunque, a pesar de contar con un arreglo de lo más interesante, fue la única ocasión de la noche en la que eché en falta la garganta de su ex compañero. Luego llegaron las dos canciones más conocidas de su primer disco en solitario, la jamaicana 'Mother and child reunion' y la latina 'Me and Julio down by the schoolyard', que fue la primera cacnión que estuvo a punto de causar un verdadero alboroto, con mucha gente abandonando su posición de sentados y acercándose a bailar cerca del escenario.

Todo se paró un poco con su visita a 'Rhythm of the saints', con anécdota incluida en 'Spirit voices' y la maravillosa 'The obvious child' en la que mezcla sus melodías marca de la casa con la percusión tribal de Brasil. Con ella y la siguiente se pudo comprobar uno de los grandes secretos de su carrera, su maravillosa forma de combinar las más variadas músicas con su particular visión musical, ya sea música brasileña, africana, peruana, jamaicana, zydeco, gospel o flamenco. En las notas interiores de 'Stranger to stranger' Simon explicaba que la premisa rítmica para su último disco estaba en su amor por el flamenco y yo no había encontrado el patrón. Pero escuchando la versión en directo que hizo de la canción que da nombre al disco todo encajaba, con un cajón de percusión y un zapateado que le iban como anillo al dedo a la misma. Simon es un gran explorador musical pero todo está teñido de su fuerte personalidad y de su estilo propio.

Como cuando sonó otra de mis canciones favoritas, 'Homeward bound', con un toque country, o cuando recuperó las dos canciones en las que jugaba con el folklore peruano, 'El cóndor pasa', en versión instrumental, y la superior 'Duncan', también de su disco de debut. El único pequeño bajón de la noche se produjo con la presentación y posterior interpretación de 'Cool, cool river'. Pero rápidamente se sacó dos ases ganadores de 'Graceland' y volvió a poner al Palacio de pie, 'Diamonds on the sole of her shoes', con esa introducción en la que música africana y doo wop se dan la mano, y la irresistible 'You can call me Al'.

El primer bis dejó la mejor canción de su último disco, 'Wristband', construida sobre una increíble línea de contrabajo con sonoridad jazz, y la canción que titulaba su disco más aclamado en solitario, 'Graceland'. Después llegó el turno de la icónica 'Still crazy after all these tears' que sirvió para que el saxofonista se luciera. Nuevo parón y nueva tanda de bises, en esta ocasión con el mejor sabor de la música negra, la funky (dentro del estilo de Simon) 'Late in the evening' y su única parada en el espléndido 'There goes rhymin' Simon', 'One Man's Ceiling Is Another Man's Floor', con mucho sabor a soul de Nueva Orleans, como si fuera Randy Newman arreglado por Allen Toussaint. Para rematar uno de sus grandes clásicos, la hermosa 'The boxer' (aunque los que tenemos una cierta edad no podemos escucharla sin pensar en Martes y 13).

Nuevo parón y lo que parecía el final, Paul Simon solo con su guitarra acústica para interpretar 'The sound of silence'. A pesar de la magnífica banda, pagaría el mismo dinero por ver a Paul Simon interpretar sus canciones al desnudo como en sus tiempos de 'folkie' irredento. Tengo que confesar que de tanto escucharla no la tenía en tanta estima como otras canciones del dúo pero su interpetación casi hace que se me salten las lágrimas. Ovación cerrada... pero aún más.

Con gente abandonando el Palacio, Simon vuelve con su banda y entrega la séptima canción de 'Graceland', 'I know what I know', una canción de la que se puede sacar el primer disco entero de Vampire Weekend (y es que a pesar de no ser tan 'cool' como otras leyendas, Simon es de los tipos más influyentes de su generación) que vuelve a poner a bailar a la gente (padres, hijos y abuelos). Pero el broche de oro lo pone 'Bridge over troubled waters', posiblemente la canción más redonda de su repertorio. No ha habido tiempo para 'Mrs. Robinson' o 'The only living boy in New York', ni para 'Kodachrome' o 'American tune', tampoco ha sonado 'A hazy shade of winter' ni 'I am a rock', ni 'Loves me like a rock' ni 'The dangling conversation', pero es que si Paul Simon tocara en cada concierto todas sus grandes canciones todavía estaríamos en el Palacio de los Deportes presumiendo de estar viendo a uno de los grandes.
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