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¿Vuelve la novela rosa?

Lágrimas de cocodrilo: Antigrey

Lágrimas de cocodrilo: Antigrey

viernes 27 de septiembre de 2013, 18:59h
La semana ha sido movidita. El jueves inauguraban casi todas las galerías y hasta una feria de arte, la Summa Art Fair, en el Matadero, y se celebraron un montón de cumpleaños ilustres, como el de Círculo de Lectores o el de Centro de Arte Moderno. Uno, con la inmensa mayoría. Otro, con la minoría no menos inmensa. Una, con el corazón dividido.

Seguramente por la hondura de la crisis, por toda esa gente que va, inexorablemente, del pasar renqueando a la miseria, se impone un poco de sueños. No sería raro que vuelva la novela rosa, y ya hay algún síntoma.

Por ejemplo, la última novela de Marta Rivera de la Cruz, La boda de Kate, recién publicada por Planeta. Es la historia de una mujer de 71 años que es encontrada al fin por el obstinado amor de toda su vida. Que es un tipo de 72. ¿A que promete?

Promete porque la longevidad de las mujeres, que es estadística desde El collar de Neanderthal, o sea, desde esa época en que las mujeres perdían sus compromisos reproductivos y salían del mercado sexual, para cuidar de los hijos de sus hijas, (tantas veces, ay, muertas de parto), desde entonces, las que sobrevivían, hacían un compromiso con la especie. Yo vivo más, ya no compito, pero los niños se salvan. A carradas han ido muriendo generación tras generación, pero eso es otra cosa, que ya miramos como raro....depende de la geografía.  Pero de ese compromiso vino la civilización: el relato del origen, la religión, la organización social, en fin. Y la menopausia.

Entonces: las mujeres tendemos a ser estadísticamente longevas. La generación de las que ahora están entre el 60 y los 75, son (somos) las que quemaron el sostén en los sesentas. Y lo que trajimos después. Y las que leían, leen. Ya se sabe que, estadísticamente, son mujeres las más lectoras de ficción. Desde Neanderthal se ha ejercido la imaginación, aunque fuera sin derechos de autor, y eso se queda en el ADN. Y encima, las condiciones concretas de esta crisis que apuñala más a los mayores y las mayores. Así que la novela podría tener un mercado estupendo: porque de ser mayorona, lo peor es el tedio. Y en la masa de nuestra sangre está esa esperanza de que mientras hay vida, hay esperanza -no, no es redundancia-, y que el amor no tiene edad.

Me consta que el amor, es decir, el verdadero, el absorbente, el amor-pasión, no tiene edad. Pero hemos de reconocer que, sin los ingredientes hormonales necesarios, es bastante infrecuente. También parece verdad -tengo una amiga que ha gestionado residencias de mayores, y me ha contado historias maravillosas, no hay que ir a Del rosa al amarillo para saberlo- que, como el amor es cosa mental, esa chispa que es la vida salta en cuanto se deja la ocasión. Que esa es otra. Dejarla saltar. Que afluyan los componentes románticos de la educación sentimental occidental, y que el patrimonio patrimonial se quede al margen. Y salta, salta.

Las mujeres lectoras, las mayores y las más jóvenes, necesitamos de sueños. Yo misma, que soy impenitente lectora de novela rosa (también). Que tiene sus mandamientos de pulcritud victoriana, de no pasarse en nada, aunque, de hecho, el curso pasado fue el del erotismo de las mamás, el boom de la novela pornorromántica, que protagonizó Grey,  y sus sombras y sus secuelas. Bien para trentycuarentañeras, cincuentañeras y a lo que dé.... Pero, qué tal un poco de sueños para la abuela? Eso me esperaba yo con La boda de Kate. Pero... Pues mira, no. Y sabéis por qué? Porque no hay sexo. Nada. Ni una gotita. Me temo que la imaginación de las abuelas, y hasta de las abuelas in pectore, como yo misma, ha relacionado el amor pasión con el sexo desde su más tierna infancia. Y pasa una cosa rara, que una novelista tan joven como María Rivera de la Cruz no ha tenido tiempo de comprender, estando como está en el arcano de los secretos mejor guardados: una no se lo acaba de creer. Una no es esa, por dentro. La vejera produce, muchísimo más que otra cosa, una inmensa, desoladora perplejidad. Y en lo que se refiere al cuerpo, al cuerpo de los amantes, es la película del cuerpo ideal, incluso y sobre todo, del cuerpo pasado y conocido, la que ilumina al otro y al si misma, superponiéndose de manera casi misteriosa, de modo que..... no pasa nada. Vieja: y qué.

Claro que de lo que le pasa a Kate y a su novio sólo tenemos una imagen adolescente: osea, mucho rubor. Manitas y ponerse colorados. Y mientras, una película de principio, medio y desarrollo, todos, básicamente felices. Si no fuera porque aparece, demasiadas veces, la palabra anciana. Que mayormente, vade retro.  Y la felicidad, incluso con la palabra anciano sombreándola, nunca dio para buenas novelas.

 

Ediciones anteriores de 'Lágrimas de cocodrilo'

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