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La desolación de un hombre abandonado, Antonio Dechent, en ‘La voz humana’, de Jean Cocteau
(Foto: Julio Vergne)

La desolación de un hombre abandonado, Antonio Dechent, en ‘La voz humana’, de Jean Cocteau

jueves 30 de julio de 2015, 18:36h

Un actor sevillano, Antonio Dechent, llena cada miércoles el Off del Teatro Lara con su descarnada interpretación de un hombre abandonado en ‘La voz humana’, de Jean Cocteau. La obra fue escrita en 1930 y, desde entonces, actrices -lo subrayo, solo actrices- habían ocupado el lugar que hoy tiene Antonio en el escenario. Entre ellas, Simone Signoret, Anna Magnani, Ingrid Bergman o, entre nosotros, Amparo Rivelles. La historia se repite desde que el mundo es mundo: una gota desborda el vaso de la convivencia de una pareja de enamorados. Uno de ellos da el paso de la ruptura y, generalmente, el otro se queda perplejo, dolido, vacío, lleno de nada, e inerme ante la soledad sobrevenida. Ese, en esta ocasión, es el personaje que, convincente, desgarrado, desesperado, representa Antonio Dechent.

El autor de este texto, el francés Jean Cocteau (1889-1963), fue un artista polifacético y difícilmente encasillable: poeta, novelista, dramaturgo, diseñador, autor de libretos y director de cine, cuya versatilidad, falta de convencionalismo y enorme producción le proporcionaron fama internacional. Estuvo asociado con el surrealismo y su obra ejerció gran influencia en la de otros muchos escritores y artistas (Guillaume Apollinaire, Pablo Picasso, Amedeo Modigliani...).

La voz humana’, más que un monólogo es una conversación en la que un único personaje presente ante los espectadores, dialoga a través del teléfono, durante casi una hora (esa es la duración de la pieza) con su amante que lo ha abandonado recientemente, después de cinco años de convivencia. El texto de Cocteau es íntimo, cercano y Antonio Dechent ha sabido entenderlo muy bien porque en su actuación los silencios pesan tanto o más que las palabras que le dirige a su amada. Ese ejercicio de contención permanente cuando lo que le pide el cuerpo es adueñarse de la palabra para que, al menos, esa conversación no termine nunca, es lo más sobresaliente de una actuación intachable de Dechent.

Sentimientos rotos

En la versión de Antonio Campos, director del montaje, el escenario está ocupado por una cama de matrimonio vacía y deshecha, colocada sobre una extensa alfombra. Un galán de noche con un abrigo colgado. Encima de la alfombra, un teléfono negro, una petaca y un cenicero lleno de colillas, signo inequívoco de una larga noche llena de preocupaciones. Al lado de la cama, tumbado sobre la alfombra, hay un hombre que, lentamente, se incorpora después de lo que parece haber sido un largo y pesado sueño. Suena el teléfono y el hombre se abalanza torpemente sobre él. Espera una llamada que parece vital, pero es una equivocación... Una segunda llamada incide en el error y el hombre cuelga de nuevo el teléfono con aires de desesperación. Al fin, de forma casi inmediata, suena por tercera vez el timbre y -esta vez sí-, al otro lado está la voz que esperaba encontrar.

Inquieto, lloroso, con la voz rota, con movimientos nerviosos, y sin parar en ningún momento, el hombre tan pronto se sienta sobre la cama como pasea en torno a ella, se tumba... y habla, habla, y escucha desesperado, como si le fuera la vida en ello. Al otro lado, la voz de una mujer, la que ha sido su mujer hasta hace tres días. Se ha marchado con otro, y lo ha sabido al ver una foto en una revista que descubre en su peluquería habitual (¿”casualmente?, se pregunta a sí mismo). Ella se va a casar con otro y, en unas horas, parece que emprenderá viaje a Bolonia.

Como si de una fiera acorralada se tratase, ya no sabe a qué treta recurrir para que ella no le cuelgue el teléfono. Le dice, incluso, que lo ha abandonado “con mucho tacto... Solo te ha faltado anestesiarme". Y como no lo hizo, posiblemente por ello, el hombre le confiesa que intentó suicidarse con una sobredosis de pastillas que, como puede verse, no ha causado efecto. "Algún día tendré que colgar este teléfono y caer en la nada... Si cortas esta comunicación, me cortas el aire".

El espacio escenográfico, que firma José María Sánchez Rey, reducido a la habitación descrita más arriba, está iluminado por Dani Abad, con azules y naranjas, que se atenúan o pronuncian en función del estado de desesperación del protagonista, y, en algún momento de máxima intensidad, es el rojo quien domina en la escena.

La música de Santi Martínez, con un saxo tenor en primer plano en los acordes iniciales, con aire de jazz, pronuncian la soledad y la confusión del personaje, sumido en el desconcierto y el desorden, tanto externo como interno. Esos mismos acordes cierran también el espectáculo, con algún ladrido añadido, porque el hombre se ha quedado con el perro de la pareja, aunque no parece muy convencido de que ambos puedan mantener la situación mucho tiempo más.

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