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Ecuaciones imposibles

miércoles 03 de noviembre de 2021, 07:45h

Cuando uno andaba inmerso en ese mar proceloso de desbrozar las zarzas del futuro, con apenas 16 o 17 años, mi dilema académico a la hora de entrar a la universidad era el de tirar por el camino de la ciencia matemática o, en su defecto, por el del periodismo, una disciplina tan cercana a la otra como el aceite y el agua, el acero y la madera o -a juzgar por las sordas y permanentes trifulcas internas del gobierno Sánchez-, como la de conciliar en una sola las visiones socialista y comunista de la vida y de la política españolas, al menos para que pueda ir un poco más allá de la mutua necesidad de mantenerse en el poder.

No se trata aquí de fundir en una sola dos visiones distintas, cuando no contrapuestas, del devenir político sino, al menos, de sumarlas. Pero eso que los matemáticos llaman binomios, es decir, la expresión compuesta de dos términos algebraicos unidos por los signos más (+) o menos (-), que, combinado con otro binomio de idénticas características, conforman lo que en aquellos tiempos se denominaba ecuación de segundo grado, en ocasiones resulta imposible su resolución.

Desconozco si hoy sigue vigente esa nomenclatura o, como en Lengua, casi todo sigue siendo lo mismo, pero se le llama de otro modo. En todo caso, en lo que quería concluir es en que fácilmente podía calcularse el valor de x e y por pura deducción matemática, que es tanto como decir por la mera aplicación del sentido común. Sólo hay una excepción a esa regla: cuando x e y son parámetros relacionados con la política, porque entonces no hay forma de aplicar el sentido común. Dicho en otras palabras, más contundentes si quiere, entonces no hay dios que sea capaz de descubrir la razón última de esa relación por la pura lógica.

Y, como tanto en el periodismo como en las matemáticas, cualquier enunciado hay que demostrarlo para que pueda tener eficacia, voy a intentar hacerlo desde la disciplina por la que finalmente opté, la del periodismo. Para ello vamos a centrarnos, aunque sea brevemente, en dos asuntos de plena actualidad que traen de cabeza a los ciudadanos que tratan de aplicar esa misma lógica, el común sentido, para intentar resolver las ecuaciones que plantea el poder político, a saber, PSOE y Unidas Podemos.

Dos de esos asuntos polémicos en los que la coalición de gobierno anda metida de lleno en estos últimos meses son la reforma laboral y la crisis energética. Dos que elegimos al azar, entre muchos otros que también podríamos traer aquí a colación. Pero vamos a centrarnos en estos para demostrar que en política hay que huir sistemáticamente del sentido común para intentar entender dónde se encuentra la raíz de los problemas.

El enfrentamiento entre las dos facciones de gobierno en torno a la reforma laboral que implantó en 2012 la entonces ministra de Trabajo en el gobierno Rajoy, Fátima Báñez, ha sido durante dos años un caballo de batalla constante. Los socialistas firmaron con la formación morada, primero, y con Bildu, después, un documento explícito de derogación de la norma. Más tarde, la Comisión Europea condicionó una parte de las ayudas económicas del rescate a que esa norma no se tocase, al menos sustancialmente. Hace ahora una semana, en un tercer capítulo, la retórica de Sánchez en el 40 Congreso del PSOE hablaba de “poner punto y final” a la reforma laboral de 2012 y llamó a cambiar sólo “algunas cosas” de aquella regulación y “mirar hacia adelante”.

Pero ayer mismo, tras la reunión tripartita entre Pedro Sánchez, Yolanda Díaz y Nadia Calviño, la Secretaría de Estado de Comunicación emitió una críptica nota que, teóricamente, habría debido de aclarar por dónde diablos va a discurrir la manoseada reforma. Pues no, porque en ella dominan las inconcreciones que no despejan la duda sobre cuál de las dos superministras se lleva el agua a su molino. No obstante, hay una novedad, la vuelta al término “derogar” en lugar de “modernizar” o “actualizar”, dos eufemismos que venían utilizándose por el ala socialista del gobierno. Conclusión, seguimos donde estábamos, falta la letra pequeña del acuerdo y lo único claro es que las dos partes del gobierno seguirán negociando. Y eso que, precisamente por la reforma laboral de 2012 han sido posibles los ERTE, los buenos datos de la última encuesta de población activa, que ha propiciado las mejores cifras de los últimos años y que el desempleo siga bajando. ¿Para qué reformar entonces una ley que se sigue mostrando como válida?

El otro caballo de batalla, más desbocado aún si cabe, que la propia reforma laboral, sigue siendo el de la factura energética. A nuestra dependencia exterior para compensar los déficits de electricidad y gas en ciertos momentos del año, los que coinciden en los de mayor necesidad energética de la población y de la industria –verano e invierno-, se suma ahora el cierre de uno de los dos gaseoductos que unen Argelia y España después de que el país vecino haya roto relaciones diplomáticas con Marruecos. La carencia no habría podido venir en peor momento, a poco más de un mes de la llegada del invierno y con el recuerdo aún reciente de los estragos de Filomena a principios de este mismo año.

Si la solución a la crisis energética pasa por descarbonizar nuestro modelo industrial, el gobierno debe de ser muy claro ante el ciudadano y tiene que decirle que esa opción, la ecológica, es mucho más cara. Es decir, que el incremento de la factura de la luz y del gas van a seguir escalando peldaños de día en día. Lo lógico sería dar pasos en la dirección adecuada para reducir nuestra dependencia energética y, si es posible, eliminarla. Claro que para eso habría que desdecirse, cambiar el discurso clásico de la izquierda frente a la energía nuclear –la única que puede ofrecer un caudal constante de energía limpia-, compatibilizándola con la eólica y la solar, más variables.

La realidad es que seguimos utilizando energía procedente de las centrales nucleares, lo que pasa es que no la producimos nosotros, sino que se la compramos a otros países de Europa. Es decir, que preferimos seguir autoengañándonos y jugar a seguir siendo falsamente ecologistas (somos muy guays porque apostamos por las renovables…). Si, como todo el mundo sabe, no hay que poner todos los huevos en la misma cesta para evitar quedarnos sin ninguno si nos caemos con ella, ¿por qué no diversificar de una vez y acabar con estas carencias que nos hacen dependientes?

Creo que es imposible acudir a las matemáticas para encontrar las respuestas a estas preguntas. Las variables x e y son cambiantes e imprevisibles y así no hay forma de atinar con una solución lógica a los acontecimientos de futuro. Desgraciadamente, más que al sentido común hay que acudir a la ideología para intentar encontrar esas soluciones, aunque no nos satisfagan plenamente a todos.
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