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El beso de Leonid Brezhnev y Erich Honecker
El beso de Leonid Brezhnev y Erich Honecker

13 de abril: Día Mundial del Beso

martes 13 de abril de 2021, 07:00h

Por una mirada, un mundo;/por una sonrisa, un cielo;/ por un beso... yo no sé/ qué te diera por un beso, se preguntaba Gustavo Adolfo Bécquer en la rima XXIII.

Tuberculoso como estaba, quiero pensar que empleó más los labios en componer versos que en besuquear damiselas. Sus besos de tísico eran de la especie funesta que luego te hace escupir crisantemos…y criar malvas… Lamentablemente, hoy, los besos -incluidos los más castos- pueden ser una máquina de matar. Por no hablar de los apasionados y de los que se dan entre trago y trago y, además, de la misma botella. Besos que vienen riendo, luego llorando se van, y en ellos se va la vida, que nunca más volverá, escribió Miguel de Unamuno. Si usted es joven y se desmelena haciendo botellón, al menos manténgase lejos del abuelito, no sea que este y las palabras de Don Miguel terminen culposamente tatuados en su conciencia.

Ya sé que es 13 de abril -día mundial del beso- y yo, una aguafiestas, pero en pandemia, con la mayor parte de la población sin vacunar y la cuarta ola de la Covid-19 sobrevolando el horizonte cual ave de mal augurio, mantener la distancia de seguridad, usar mascarilla y renunciar a los besos, resulta imprescindible, vital. Si a pesar del año transcurrido, no logró acostumbrarse a la abstinencia de caricias bucolabiales, le sugiero comer uvas con queso (ya lo dice el refrán saben a… beso). Después de todo, la comida y los besos guardan una relación estrecha; estos nacen de esa forma de amor primordial que constituye la preservación de la vida mediante el alimento: el impulso de succión de los lactantes; la alimentación boca a boca -en el alba de la Humanidad- de las madres a sus criaturas, y el galanteo en aquellos primitivísimos días consistente en depositar alimentos en la boca de la pareja (alimentación de cortejo). No, no me lo he inventado. Lo dice la Filematología.

"¿Filo qué?, ¿ezo qué eh?", habría preguntado estupefacto el diestro Rafael el Gallo, y exclamado a continuación: “¡Hay gente pa tó!”. Y en verdad que la hay, incluso dedicada a la ciencia del beso, a la cual se aplican colaborativamente expertos de disciplinas heteróclitas (Historia, Antropología, Psicología, Neurociencia…). Los filematólogos intentarán convencerle de que se ocupan de un ciencia nueva; la realidad es que filematología es tan antigua como el propio beso. En nuestro pasado remoto hubo estudiosos de los ósculos y esmerados pedagogos que dejaron escritos muy didácticos. Si no me cree, abra el milenario Kamasutra y busque el capítulo dedicado al beso…hallará 22 clases diferentes que podrá practicar cuando por fin concluya esta maldita epidemia. Mientras tanto, limítese a imitar a Juan Ramón Jiménez: Te besaré en la sombra, sin que mi cuerpo toque tu cuerpo.

La filematología ha puesto de relieve que contrariamente a lo que suponíamos, el beso no es un gesto universal (ni en todas las culturas se besa, ni tampoco del mismo modo). El lugar en el que el beso se deposita (mano, mejilla, boca, frente, anillo, pie, oreja, cuello…) ha cambiado en el tiempo y la geografía, al igual que su función social: saludo, demostración de afecto, acuerdo diplomático, intimidad sexual, consentimiento al matrimonio o protocolo. La esfera pública o privada en la que puede manifestarse también varía. En bastantes países de Oriente el beso en público, continúa siendo inaceptable y puede conllevar pena de cárcel. En el extremo opuesto se sitúan determinados países de Occidente, donde somos (o mejor dicho, fuimos) tan pródigos en besos que llegamos a devaluarlos y a reducirlos a un formalismo mecánico. Acuérdese…hasta el primer trimestre de 2020, besábamos en ambas mejillas a cualquier a persona con independencia de que fuera pariente, amigo de toda la vida o alguien que de manera fortuita nos acababan de presentar (encantada/o, muah, muah) ¿A cualquier persona? Nooo, la verdad es que no; ese era el modo en que las mujeres se saludaban entre sí, el modo en que saludaban a los hombres y los hombres a ellas, pero no el modo en que la mayoría de hombres se intercambiaban saludos; los varones habitualmente solo se daban un apretón de manos, hoy sustituido por un “desexualizado” codazo. ¿Habrá cambios “saludables” cuando caiga la última mascarilla?

Seré sincera: por muy eruditos que sean los filematólogos y por mucho que el nombre de su disciplina proceda del griego ( filematos, beso y logos, tratado), a mí el término fi-le-ma-to-lo-gí-a me suena un poco a… “filete”. Intuyo que el parecido fónico ha hecho sonreír al adolescente que sobrevive en usted. Y es que asociar un filete a la sublime caricia bucolabial conduce inexorablemente a la evocación del beso con lengua, al beso francés, al beso de tocamiento del Kamasutra, al savolium o beso profundo de los romanos, ¡al beso de tornillo de toda la vida! Ese que nos remueve las vigas del cuerpo y del alma, ya sea como preludio de otra fusión mayor o como su melodía acompasada.

¿Qué tiene para que nos gusten tanto? Los filematólogos aseguran que los besos con lengua (en los que podemos perder hasta 26 calorías) nos hacen producir dopamina, que es una sustancia ligada a la sensación de euforia, de motivación y de placer. Si usted fue adolescente en los 80, gracias a esta información ahora se encuentra en condiciones de responder la pregunta que Gilbert O'Sullivan nos formuló en una canción deliciosa: What's in a kiss/Have you ever wondered just what it is/More perhaps than just a moment of bliss/Tell me what's in a kiss.

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