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Crónicas marcianas

Crónicas marcianas

martes 23 de febrero de 2021, 07:00h

La Administración Nacional de Aeronáutica y el Espacio -NASA- efectuó la semana pasada su último amartizaje (palabra disonante donde las haya, aunque correcta). Usted ameriza sobre la faz de las aguas -como el espíritu de Dios- y aluniza sobre la luna; ergo sobre Marte… amartiza. Y la Nasa ha posado sobre las arenas del planeta bermejo un robot formidable, el rover Perseverance, cariñosamente apodado Percy. Con él, sus hacedores pretenden recoger pruebas orgánicas que dictaminen la existencia o inexistencia de vida en Marte y recabar información esencial para una primera misión tripulada. Da vértigo imaginar la llegada de astronautas a tan remotos lares, y también miedito por las consecuencias y efectos que podrían derivarse de nuestra presencia más allá del sol.

En paralelo a la histórica noticia del amartizaje de Percy, los medios de comunicación -al menos los españoles- informaban de la obstinada violencia que recientemente ha campeado en las vías y plazas de nuestras ciudades: adoquines arrancados y arrojados contra congéneres, destrozo del mobiliario urbano, coches incendiados, saqueos a tiendas, cargas policiales, personas heridas …siempre la misma “canción”. Creo que los seres humanos tenemos poco o ningún remedio.

Se estará preguntando qué intrincada sinapsis neuronal me impulsa a enlazar el rover Perseverance con las escenas de violencia callejera…La respuesta se encuentra en un libro publicado en 1950, Crónicas Marcianas, de Ray Bradbury, uno de esos autores que denomino escritores Cassandra, por su asombrosa capacidad de predecir el futuro sin que nadie les crea (del todo).

Me explico: concluida la Segunda Guerra Mundial, el mundo quedó partido en dos bloques y sumido en una atmósfera de hostilidad congelada que dio en llamarse guerra fría. En cualquiera de esos hemisferios ideológicos el enemigo natural era siempre “el otro”. (Ray Bradbury)Como la ciencia ficción es un género permeable a la transposición de asuntos políticos, los cineastas, literatos, locutores de radio e ilustradores de comics convirtieron sin dificultad a los extraterrestres (“los otros”, por excelencia) en enemigos potencialmente destructores de nuestro mundo. Los extraterrestres no eran “gente” de fiar, sino pérfidos invasores. Bastantes años después, la New Age los trastocaría en criaturas cuasi angélicas y “vibratoriamente evolucionadas”, dispuestas a ayudarnos. Pero en los años cincuenta, en ese clima de rechazo al “otro”, cuando la mitad del mundo temía a la otra media -y el mundo entero, a los extraterrestres- a Ray Bradbury se le ocurrió una historia en la que el invasor era el terrícola, y el invadido, el marciano. Con esas premisas edificó Crónicas marcianas, o lo que es lo mismo, veinticinco relatos interconectados, que desde diferentes ángulos y fechas, narraban la colonización de Marte entre enero de 1999 y agosto de 2026. Aún estamos, según la crónica Bradburyana, en pleno proceso. ¿Quién puede conocer el futuro?

Ignoramos qué encontrará el sofisticadísimo rover Perseverance, pero no lo que la imaginación demiúrguica de Bradbury halló en el cuarto planeta: gente bajita, de piel tostada, pupilas amarillas, seis dedos en las manos y habilidades telepáticas. Aparte de esas singularidades psicofísicas se parecían a nosotros, y debido a la última de esas singularidades, cuando enloquecían, materializaban externamente sus psicosis, de suerte que si se creían insectos les crecían alas y trompa visibles para los demás. Algunos de esos pobres perturbados mentales sufrían la manía recurrente de creerse extramarcianos, lo que ocasionó que nuestros expedicionarios embutidos en sus trajes espaciales y asegurando ser terrícolas, fuesen tomados por locos. “Aquí hay muchos de la Tierra”, les dijeron para seguirles la corriente y el protocolo en esos casos: internarmiento en un manicomio, firma del “consentimiento” para la eutanasia y ejecución terapéutica. Tampoco es que en Marte fuesen precisamente santos, ya le he dicho que eran como nosotros.

Sabemos por Bradbury que asesinaron a bastantes expedicionarios, invasores indeseables, según su punto de vista. Se valieron de la telepatía y los tomaron desprevenidos. “Bien, ¿qué arma podían usar los marcianos contra las armas atómicas de los terrestres?”. Bradbury formula, además, una pregunta a los lectores a través de un astronauta arrepentido: “¿como se sentirían si fueran marcianos y viniera alguien y se pusiera a devastar el planeta?”. La verdad es que les dejamos Marte hecho unos zorros y contaminados los “canales de vino de lavándula”. También sembramos árboles, no crea; siempre hay soñadores y a uno de ellos le dio por plantarlos y mejorar el aire.

A propósito de la extinción de los nativos, Bradbury nos hizo saber que las capacidades telepáticas (y embaucadoras) de los marcianos, no resultaron suficientes para expulsarnos de sus arenales. Logramos vencerlos y exterminarlos. Las armas no siempre fueron imprescindibles: una oportuna pandemia de varicela, letal para el metabolismo marciano, contribuyó a que el planeta rojo se convirtiera en una colonia exclusivamente terrícola. Marte se llenó en pocos años de gente de toda condición, incluso de ancianos jubilados y de negros (¡menudo revuelo entre los blancos de la Tierra cuando supieron que “sus” negros, hartos de vivir como ciudadanos de tercera, se les marchaban al planeta rojo!). Por supuesto, con tanta criatura procedente del planeta azul, Marte se “desmartizó” y se “terrestró”. Quiero decir que derribamos las viejas ciudades marcianas y creamos otras a nuestros hábitos y semejanza. “Los cohetes vinieron como langostas y se posaron como enjambres envueltos en rosadas flores de humo. Y de los cohetes salieron aprisa los hombres armados de martillos, con las bocas orladas de clavos como animales feroces de dientes de acero, y dispuestos a dar a aquel mundo extraño una forma familiar, dispuestos a derribar todo lo insólito”.

¿Y por qué? ¿Por qué invadimos Marte y lo depredamos hasta convertirlo en una tumba? ¿No nos bastó con la Tierra? No, no nos bastó. No fue solo que la tuviésemos colmada de basura, ni tampoco que nos sobrasen codiciosos sin escrúpulos. Fue también que lo nuestro era andar siempre a la gresca, odiarnos y lanzarnos lo que tuviéramos a mano (adoquines, misiles, bombas). Tuvimos que encontrar una vía de escape en Marte…De un lado Percy. De otro, la violencia. Ojalá te equivoques, Bradbury, viejo bocazas.

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