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'Espía a una mujer que se mata': hablar por hablar
(Foto: marcosGpunto)

'Espía a una mujer que se mata': hablar por hablar

Daniel Veronese, maestro del teatro argentino, es un ejemplo patente del cada vez más frecuente contacto e intercambio de experiencias entre las gentes del teatro a uno y otro lado del Atlántico (en este caso Argentina y España). Es lo que ya sucedió con montajes como Bajo terapia, o en Invencible. Ahora Veronese sube al escenario del Teatro Valle-Inclán ‘Espía a una mujer que se mata’, una adaptación de Tío Vania, de Chéjov, que él mismo dirige y que estrenó en El Camarín de las musas de Buenos Aires en 2006, y un año después en España, en la Sala Cuarta Pared.

El complejo mundo de Veronese se funde aquí con el no menor de Chéjov y el resultado es un espectáculo metateatral (los personajes juegan a representar una especie de ilusión teatral), lleno de matices, de una complejidad progresiva que el director basa en la acumulación de circunstancias en el estado de ánimo de sus personajes. Teatro, pues, apto para medir la finura del actor, que aquí se redescubre como sobresaliente en un puñado de actores con quien el director argentino ya ha trabajado en montajes anteriores: Jorge Bosch, Pedro García de las Heras, Ginés García Millán, Malena Gutiérrez, Marina Salas, Susi Sánchez y Natalia Verbeke.

Se trata de una verdadera sinfonía existencialista en donde el nihilismo de los siete personajes que la componen se desenvuelve en un espacio físico mínimo, casi claustrofóbico. La acción se desarrolla en la misma escenografía que Veronese utilizó en ‘Mujeres soñaron caballos’ a la que ha quitado elementos hasta llegar a su mínima expresión: una pequeña habitación, con dos puertas situadas en ángulo recto -una en cada extremo de la L- y un pequeño ventanuco por el que el espectador intuye que hay alguien detrás, en actitud de espía, presunción que se confirma cuando, de vez en cuando, asoma algún personaje con el fin de aflojar algo la constante y tensa situación que allí se vive. En ella, una mesa, algunas sillas y personajes que van y vienen, y en donde comen, beben y, sobre todo, hablan, hablan, hablan… para intentar buscar una salida a sus tediosas vidas, para tratar de superar la conciencia de que las están desperdiciando en un círculo infinito de aburrimiento y de apatía. Su única esperanza de salida de ese pesado laberinto existencial parece marcarla la búsqueda del amor o de la belleza en el arte y en la naturaleza.

Encerrados en su pequeño microcosmos, bajo una luz fría, constante, poco a poco se va descubriendo la psicología intima de todos los personajes allí reunidos. Pedro García de las Heras es el profesor, Serebriakov, eternamente achacoso, enfermo casi “profesional”, es pesimista, algo pedante (su tema favorito es la Literatura) y dogmático. Está casado con la joven y bella Elena, también estupenda Natalia Verbeke, a la que pretenden conquistar insistentemente Astrov, el médico (Jorge Bosch), y Vania (impresionante la evolución del personaje al que encarna un Ginés García Millán en estado de gracia). Magnífica Marina Salas como Sonia, la sobrina de Vania, platónicamente enamorada del doctor, a quien perdona su pasión por Elena y su clara afición por el vodka y la ecología. Por último, a Susi Sánchez, que hace la Madre, le basta un papel tan corto para demostrar la gran actriz que lleva dentro, y Malena Gutiérrez, graciosísima Teleguin, en quien recae la responsabilidad de aportar el poco aire fresco que Veronese da al espectador en este tan claustrofóbico como impresionante montaje.

Espía a una mujer que se mata’

A partir de Tío Vania de Anton Chéjov

Texto y dirección: Daniel Veronese

Reparto: Jorge Bosch, Pedro García de las Heras, Ginés García Millán, Malena Gutiérrez, Marina Salas, Susi Sánchez y Natalia Verbeke

Espacio escénico: Daniel Veronese

Ayudante de dirección: Adriana Roffi

Diseño cartel: Javier Jaén

Fotos: marcosGpunto

Teatro Valle Inclán, Madrid

Hasta el 10 de diciembre de 2017

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