El conflicto entre Estados Unidos e Irán ha introducido una nueva fuente de volatilidad en los mercados energéticos y financieros internacionales. La intensificación de los bombardeos aéreos sobre territorio iraní por parte de Estados Unidos e Israel coincide con un momento de elevada sensibilidad para el sistema energético global, particularmente tras la interrupción del tráfico marítimo en el estrecho de Ormuz. Este enclave concentra una parte sustancial del comercio mundial de hidrocarburos, por lo que cualquier alteración prolongada de su funcionamiento tiene implicaciones directas sobre los precios del crudo y las expectativas de inflación en las principales economías. Las declaraciones del presidente estadounidense, que ha señalado que la guerra podría concluir antes de lo previsto, han contribuido a moderar la percepción de riesgo sistémico y a estabilizar parcialmente los activos financieros globales.
Más allá del frente militar inmediato, algunos analistas interpretan la ofensiva dentro de una lógica geoeconómica más amplia. El eventual control o condicionamiento del tránsito energético por el estrecho de Ormuz otorgaría a Washington una posición de mayor influencia sobre el suministro de hidrocarburos hacia Asia, especialmente hacia la economía china, altamente dependiente de las importaciones procedentes de Oriente Medio. Desde esta perspectiva, la presión sobre Irán podría reforzar la capacidad negociadora estadounidense en ámbitos estratégicos como el acceso a minerales críticos o la reconfiguración de cadenas de suministro energéticas.