Ayer se publicó que el crecimiento económico del Reino Unido confirmó una desaceleración más intensa de lo previsto al cierre de 2025, reforzando la percepción de debilidad estructural. El PIB avanzó solo un 0,1% en el cuarto trimestre, por debajo del 0,2% esperado, prolongando el estancamiento de la segunda mitad del año. La debilidad se concentró en la inversión empresarial, que registró su mayor caída desde 2021, reflejando el impacto de la incertidumbre fiscal y el deterioro de la confianza, mientras el sector servicios permaneció estancado y la construcción volvió a contraerse, evidenciando una pérdida de impulso generalizada.
Este deterioro se produce tras la reunión del 5 de febrero del Banco de Inglaterra, que mantuvo los tipos en el 3,75% por un estrecho margen de 5-4, reflejando una creciente división interna y reforzando la expectativa de recortes en los próximos meses. La autoridad monetaria revisó a la baja sus previsiones de crecimiento y anticipó un aumento del desempleo. Sin embargo, los datos del lunes sobre el mercado laboral sugieren que el ajuste podría estar estabilizándose. Los salarios iniciales registraron su mayor aumento en casi un año y medio y la caída de las contrataciones permanentes se moderó, mientras el empleo temporal volvió a crecer, indicando que las empresas comienzan a retomar sus planes de contratación. En conjunto, el Reino Unido entra en una fase de crecimiento débil y creciente probabilidad de flexibilización monetaria, en contraste con la FED y el BCE que mantienen una postura de mayor estabilidad.