Las reuniones de diciembre de los principales bancos centrales confirman que el ciclo monetario ha entrado en una fase distinta a la de hace un año. Tras el endurecimiento y una primera etapa de recortes relativamente sincronizados, el foco del mercado ya no está en cuántos ajustes quedan por hacer, sino en cuánto puede durar la pausa y qué datos obligarían a cambiar el rumbo. El entorno combina crecimiento desigual, inflación más moderada pero aún sensible y una incertidumbre elevada.
En Estados Unidos, la Reserva Federal sugiere que el margen para nuevos recortes es limitado y entra en modo espera, con actividad todavía resistente y presiones inflacionistas que no han desaparecido. En la eurozona, el BCE mantuvo los tipos y evitó orientar el próximo paso, priorizando flexibilidad ante riesgos percibidos en ambas direcciones. En el Reino Unido, el Banco de Inglaterra recortó, pero con una votación muy ajustada que revela un consenso frágil y reduce la visibilidad sobre la senda futura. Japón sigue siendo la excepción: el Banco de Japón avanza en la normalización con una subida histórica, aunque sin claridad sobre el ritmo ni el nivel terminal, lo que mantiene abiertas las dudas sobre el diferencial de tipos.
En conjunto, el ciclo global de recortes se acerca a su final y abre una etapa en la que la divergencia, la gestión de expectativas y la credibilidad de la comunicación monetaria serán claves para la evolución de los mercados en 2026.