China cerró 2025 con un crecimiento del PIB del 5,0%, cumpliendo el objetivo oficial, pero a costa de un patrón cada vez más dependiente del sector exterior. El PIB del cuarto trimestre se moderó al 4,5% interanual y los datos subrayan la divergencia interna: la producción industrial avanzó un 5,9% en el año, frente al 3,7% de las ventas minoristas, mientras el ajuste inmobiliario siguió profundizándose con una caída del 17,2% de la inversión. El superávit comercial marcó un récord de 1,2 billones de dólares, reflejo de la diversificación de exportadores y del desplazamiento de ventas hacia mercados no estadounidenses, pero también amplifica el riesgo de una respuesta proteccionista si el desequilibrio se amplía. En paralelo, la inversión en activos fijos retrocedió un 3,8%, primera caída anual desde 1996, señalando restricciones de deuda en gobiernos locales y menos incentivos para expandir capacidad con demanda débil. Aunque el banco central anunció medidas para facilitar crédito a empresas privadas (programa de 1 billón de yuanes), la pieza que sigue faltando es la demanda: sin un giro más decidido hacia hogares y consumo, 2026 queda más expuesto.
En ese contexto, el FMI revisó al alza su escenario y proyecta un crecimiento mundial del 3,3% en 2026, apoyado en la inversión vinculada a la inteligencia artificial y en la adaptación parcial al shock comercial. Para EE. UU. estima un 2,4% y para la zona euro un 1,3%, con inflación global bajando al 3,8%.