La economía europea continúa mostrando un tono débil en el inicio de 2026, reflejando la persistencia de vulnerabilidades estructurales. En Alemania, el banco central anticipa un primer trimestre de escaso crecimiento, condicionado por la debilidad industrial y la limitada competitividad exterior, mientras la recuperación dependerá en gran medida del estímulo fiscal. Francia afronta un deterioro de sus finanzas públicas, con un déficit elevado y una deuda en aumento que reducirán su margen presupuestario.
En el Reino Unido, la contracción de los pedidos industriales confirma el impacto de los elevados costes y unas condiciones financieras restrictivas que continúan limitando el dinamismo económico. En contraste, Estados Unidos mantiene una posición más sólida dentro del ciclo global. La caída de las solicitudes de desempleo confirma la resiliencia del mercado laboral, mientras el aumento de las importaciones de bienes de capital refleja el dinamismo de la inversión empresarial. Aunque el déficit comercial se amplió con fuerza, este movimiento es coherente con una demanda interna robusta y un entorno de crecimiento más favorable que el observado en Europa.
En este contexto, el posible relevo en el liderazgo del Banco Central Europeo y de la Reserva Federal introduce un factor de incertidumbre adicional. Esta transición coincide con un entorno de mayor inversión y riesgos inflacionarios persistentes, reforzando la relevancia de la política monetaria en un momento de creciente divergencia entre las principales economías desarrolladas.