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Amy Winehouse y los fariseos
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(Foto: EP)

Amy Winehouse y los fariseos

lunes 19 de julio de 2021, 08:13h

Amy Winehouse (Londres, 14 de Septiembre de 1983- Londres, 23 de Julio de 2011) no se sentía cantante, se sentía cantante de jazz, que es distinto, y así se reivindicó en numerosas ocasiones durante su breve vida de 27 años, que es la edad de “incorporación” a un luctuoso club habitado por los fantasmas de Brian Jones, Jimi Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison y Kurt Cobain, entre otros músicos de envergadura similar.

Al club de los 27 se ingresa vía naufragio. ‘Estrellarse’ (verbo que no por casualidad comparte raíz con ‘estrella’ y ‘estrellato’) en el acantilado de las drogas y/o el alcohol es una de las condiciones sine qua non para que el club te abra la puerta. Otra, haber tenido un talento colosal. Amy reunía ambos requisitos, solo que poco antes de recibir el carné de socia, había dejado las drogas e intentaba sostener el timón de su vida, para lo cual, obviamente se necesitan dos manos. En 2011 era incapaz de soltar la botella, pero no por falta de voluntad, sino porque estaba muy, muy enferma.

Amy, como tantos dipsómanos, una vez que empezaba a beber no podía detenerse y el último día que lo hizo, bebió -sola- hasta morir. El alcoholismo, no se nos olvide, es una enfermedad progresiva y mortal y Amy la padecía. Por desgracia, sufría, además, problemas cardiacos, secuela de su bulimia (otra enfermedad con tintes de adicción que conduce a la tumba) y tras una brutal ingesta etílica, le sobrevino un fallo cardiaco-respiratorio que puso fin a sus días sobre la tierra. De eso hace ya diez años, aunque nos parezca antes de ayer porque seguimos escuchando sus canciones. A quienes la admiramos nos apena muchísimo que todo lo que pudo llegar a hacer se resuma en un par de álbumes excelentes -Frank (2003) y Back to Black (2006)- cuando es obvio que, conforme a sus facultades, podría habernos regalado y, sobre todo, haberse regalado una obra infinitamente mayor. Era una grandísima compositora (componía desde los 14 años) y una vocalista extraordinaria, pero su nombre se borró demasiado pronto del libro de la vida.

Lo más triste es que en 2011 -sin terapia específica y sin rehab- intentaba desengancharse del alcohol para cambiar de rumbo. La prensa, entonces, nos informaba de sus recaídas… Amy no recaía; lo suyo era alcoholismo intermitente: embriaguez alternada con periodos de abstinencia. Esta forma de dipsomanía, sin un grupo de ex bebedores que confronte al bebedor (y le aporte estrategias de renuncia) puede inducirlo a creer que controla el alcohol. Amy se aferraba a ese espejismo.

Y a su manera braceaba, luchaba por mantenerse a flote (sobria) y albergaba ilusiones, proyectos… Intentaba escribir un tercer álbum, uno más íntimo y acorde a su naturaleza de cantante de jazz. Lo interpretaría en clubs ante grupos pequeños, en lugar de en estadios descomunales e invadidos de masas enfervorizadas. La celebridad -el estrellato- había sido una carambola desafortunada (amaba el billar) que le hizo colar la bola blanca y… colapsar. Ella lo sabía y por eso deseaba huir de la maldición de la fama (dos discos de platino, cinco grammys e incontables nominaciones a premios), pero sin renunciar a la música.

Desde 2005, su descenso al Maelström nos fue narrado con sañuda crueldad por la prensa inglesa, que hacía “bromas” sobre su deterioro físico, sus conciertos malogrados, sus borracheras estrepitosas, su enganche al crack y su relación patológica (me niego a llamarla amor) con Blake Fielder-Civil, su esposo, que la chuleaba abiertamente. Era toxicómano e introdujo a Amy en las drogas (son legión las chicas que empiezan a consumir solo para complacer a su pareja) y, justamente, por su condición de toxicómano, el principal interesado en que no las dejase.

Los excesos, las broncas maritales y el estado calamitoso de Amy llenaban revistas y tertulias televisivas, pero nadie en la pantalla ni fuera de ella, dio un golpe sobre la mesa y puso fin a la indecencia de crucificar mediáticamente a una enferma. A todos hoy nos parecería vomitivo que un programa se enriqueciera vejando a famosos solo porque padecen cáncer. Toleramos, en cambio, su escarnio por el mero hecho de ser alcohólicos y/o drogadictos, permitimos que nos ofrezcan su enfermedad en formato espectáculo y nos refocilamos en el relato de su denigración; nos falta empatía y nos sobra aburrimiento ruin. En dos palabras: una vergüenza.

Amy logró en 2009 desengancharse del marido y en 2010 librarse de las drogas, pero no del alcohol. Tampoco de la persecución de la prensa. Incluso muerta, siguió produciendo huevos de oro en forma de titulares. Alguien decidió que sería provechoso vilipendiar a su familia…y se comenzó a decir de todo… que si Amy bebía porque de niña la devastó el divorció de sus padres, que si el padre (a quien estaba unidísima) se aprovechó de su fama y dinero. Los medios querían estirar el fenómeno Winehouse con una etiología de la adicción de Amy y en ese (des)informativo afán llegaron a señalar al padre como responsable moral de su fallecimiento. La verdad tras la deleznable y farisea acusación fue más o menos la que sigue: entre el álbum Frank y el álbum Back to Black, el padre de Amy (por ignorancia y/o por humana inaceptación de la realidad) opinó que el comportamiento errático de su hija se debía, simplemente, al desamor (la primera ruptura con Blake). Cuando en 2005, Amy -presionada por la discográfica- consultó a su progenitor si debía o no ingresarse en una clínica, éste -movido de buenas intenciones (el infierno está empedrado con ellas)- le respondió que no era necesario (And if my daddy thinks I'm fine/Just try to make me go to Rehab/But I won't go, go, go!). Tal vez habría sido la oportunidad de Amy para no crecer en sus adicciones. Tal vez el internamiento en el rehab no le habría servido de nada. Nunca podrá saberse. Pero fue nauseabundo que años después, los medios (por audiencia, por dinero, en definitiva) utilizaran aquella letra para hundir a un padre en pleno duelo por su hija. Lo expresé líneas más arriba: una vergüenza.

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