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María Porcel borda un personaje tan complejo y difícil

'La mujer judía', de Brecht, teatro para la reflexión y para el lucimiento de una gran actriz

miércoles 27 de junio de 2012, 09:17h
Una de las tantas funciones del teatro es sin duda alguna la reposición de aquellos autores, de aquellas fórmulas teatrales y aquellas tendencias que hacen sumario del teatro universal.  El que estén en cartelera, autores como Sófocles, Shakespeare, Lope de Vega, Anton Chejov, Samuel Beckett  o Arthur Miller es una labor didáctica que no se debe soslayar bien a través de propuestas que respeten las ideas y los métodos de sus creadores bien a través de nuevas miradas a partir de las percepciones personales o de las nuevas corrientes que se desarrollan en el teatro contemporáneo. Y todo con la inestimable ayuda de una joven actriz, María Porcel, que nos sobrecoge con su siempre medida actuación.
  • Un momento de la representación

    Un momento de la representación
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  • Maria Porcel

    Maria Porcel
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Pero no es fácil llevar a efecto una apuesta sobre autores ya consagrados y que forman parte de la nómina de los clásicos, y aún menos sobre Bertolt Brecht, teniendo en cuenta que es uno de los autores universales que revolucionó el panorama teatral de principios del siglo XX a través de su realismo épico, porque en él, y en ellos, las miradas se hacen más críticas.  María Porcel tiene el acierto de poner en escena las dos posibilidades que se han enunciado: respetar los presupuestos del creador (con el componente didáctico que ello conlleva) y conceder pequeñas aportaciones que otorgan un paisaje personal con pinceladas impresionistas a un texto que debe sobrepasar los límites de la palabra escrita, según los postulados de la fórmula brechtiana.

Hay veces en que las cosas más sencillas son las más hermosas: con sólo una bombilla, un mendrugo de pan, una maleta, una vela y una tiza, se puede recrear todo un mundo y toda una época. El empleo del objeto como metáfora evocadora del pensamiento en el teatro, es un elemento exponencial de la connotación y del decir sin palabras. Y si a ello le sumamos el gesto, los silencios y la parábola, o fábula, fragmentada en el tiempo y en el discurso (donde la elipsis alcanza su esplendor mágico para la participación del espectador) la representación se convierte en un puzle cuyas piezas han de ser ensambladas para alcanzar la totalidad dramática y exige del actor algo más que una buena interpretación.

El punto culminante

María Porcel intensifica con gusto esa voluntad de la participación del auditorio. Y su punto culminante llega con el diálogo entre Judith Keith y su esposo a la manera de los interrogatorios políticos o policiales con la proyección, de forma mecanografiada, de las preguntas formuladas por el marido, que el espectador debe leer para entender el laconismo de las respuestas de la protagonista: efectismo sobrecogedor que hace partícipe al público como miembro imprescindible del espectáculo para la reflexión.

El autor del 'Pequeño organon' para el teatro requiere del actor un algo más que María Porcel dimensiona con un trabajo honesto, pleno de naturalidad y estudio y sin afectación, pues es una joven, aunque madura, actriz albaceteña que ya nos ofrece, y esperemos que siga dándonos próximamente, auténticos momentos de plenitud dramática.
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