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'La sesión final de Freud'..., si Dios quiere

'La sesión final de Freud'..., si Dios quiere

lunes 02 de febrero de 2015, 16:17h
Sigmund Freud era ateo, aunque de ascendencia judía, y es uno de los intelectuales que más ha influido en el pensamiento occidental moderno a través de sus estudios de Psicología en los que ponía en solfa conceptos tan arraigados hasta ese momento como la identidad personal (el 'yo'), el amor, la sexualidad, la confianza o el mismo   Dios. Parece ser que en su agenda, 20 días antes de su muerte en 1939, a punto de comenzar la II Guerra Mundial, tenía planeada una reunión con un profesor de Oxford en Londres. No se conoce a ciencia cierta la identidad de ese cliente o amigo, pero al autor de 'La sesión final de Freud', Mark St. Germain, se le ocurrió que ese profesor  podría haber sido C.S. Lewis, el autor de 'Mero Cristianismo' o de sus populares 'Crónicas de Narnia'.

Hasta el 22 de febrero (excepto los lunes), en la sala pequeña del Teatro Español de Madrid, se representa ahora esta obra bajo la dirección de la británica Tamzin Townsend, en una producción de la Fundación UNIR (Universidad Internacional de la Rioja) y con un texto traducido por Ignacio García May. Interpreta a Freud Helio Pedregal, con venerable barba blanca, gafas redondas, y dotándolo de una humanidad tal que su interpretación -deliciosa, excelsa- debería hacerle acreedor a alguno de los premios importantes que cada año se otorgan a las gentes del teatro. Eleazar Ortiz es C.S.Lewis, muy cerca ya de llegar al zénit de su carrera literaria, y  da una réplica perfecta, en el tono justo, a su compañero en escena  y construye también un personaje más que creíble en una actuación  soberbia.  

En el trasfondo de la conversación que ambos personajes mantienen durante una hora y media no paran de sonar periódicamente los informativos de radio que anuncian que el Reino Unido ha declarado la guerra a Hitler; que Arthur Neville Chamberlain, el primer ministro inglés, pone en guardia a toda la nación en sus discursos; el inquietante ruido de aviones de guerra sobrevolando el despacho donde tiene lugar el encuentro; las alarmas antiaéreas o las llamadas de familiares de Freud a través del teléfono, que tampoco dejan de sonar, interrumpiendo hábilmente la tensión dialéctica sobre temas   tan profundos como los que mantienen ambos intelectuales. 

Diálogo

Y esos temas que el dramaturgo Mark St. Germain pone en boca de los dos personajes de 'La sesión final de Freud' no son precisamente   lo que antes se llamaba 'conversaciones de casino', es decir, intrascendentes, banales, apropiadas para pasar el tiempo  y demostrar el ingenio y la chispa que se tiene. No, por el contrario, los asuntos que se abordan en esa larga, intensa e íntima conversación van desde Dios (el ateo Freud, al borde de la muerte, frente al joven, ilusionado e inteligente Lewis, profesor y triunfador en la vida académica e intelectual en ese momento), la vida, el dolor, la integridad personal, la guerra o la muerte.

Freud y Lewis mantienen un verdadero duelo intelectual a tumba abierta, lleno de sinceridad, profundidad, honestidad, inteligencia, humanidad y, sobre todo, sentido del humor. Aspectos todos ellos   manejados con tal habilidad por el autor, y llevados a escena con  idéntica sensibilidad por la directora del montaje, que lo que podría constituir una  insoportable y tediosa clase de filosofía acerca de temas muy profundos se hace tan amena como un partido amistoso  entre viejos amigos que se encuentran otra vez en el césped  después de 15 o 20 años sin jugar al fútbol.

Con la cortesía y el respeto propios de quienes se admiran mutuamente desde el punto de vista intelectual y con la caballerosidad de quienes anteponen el pensamiento y la razón a las convicciones personales, establecen un diálogo en busca de nuevas razones, de argumentos, de evidencias empíricas y sensaciones personales que encandilan al espectador, que asiste a la función con la sensación de haber aprendido una lección de escuchar, de  esperar a conocer el argumento del otro hasta el final. Esta es, sin duda, razón suficiente para ponderar el texto de la obra, la de rescatar para todos una de las virtudes que ya hemos perdido casi definitivamente. 

Pero hay muchas más, y todas ellas relacionadas con  una extraordinaria sensibilidad y oficio a la hora de presentar la  escenografía, a cargo de Ricardo Sánchez Cuerda (el despacho de Freud a la derecha, biblioteca repleta de libros al fondo, diván para las sesiones a la izquierda y sillones tapizados con exquisito gusto, con puerta al fondo que da acceso al pasillo -con las paredes recubiertas de estanterías llenas de figuras de divinidades griegas y romanas, además de budas- y demás estancias, todas ellas confortablemente cubiertas de elegantes alfombras); la iluminación, a cargo de Felipe Ramos; el sonido, de Kurry Caché y el vestuario de Gabriela Salaverri.

En definitiva, un texto excelente, una dirección ejemplar y un equipo técnico de ensueño puestos al servicio de una interpretación rotunda y llena de fuerza, como hemos visto muy pocas veces, tanto de Helio Pedregal como de Eleazar Ortiz. Acudir a ver 'La sesión final de Freud'  es garantía absoluta de que, una vez más y desde hace más de 2000  años, la fuerza del teatro es imparable, y el raudal de pensamientos, emociones y situaciones que tienen cabida en él no tiene fin. 
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