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Retrato del general Juan Prim y Prats, por  	
Luis de Madrazo
Retrato del general Juan Prim y Prats, por Luis de Madrazo

Joan Prim: la vida del general (catalán) más laureado de la historia de España (2ª parte)

Resulta paradójico, en estos atribulados días en que la españolidad de Cataluña se discute, descubrir que el genio militar más importante de todos los tiempos para nuestro país era tarraconense por los cuatro costados. Continuamos analizando su perfil histórico en esta segunda parte.

[[[ Joan Prim: el general más laureado de la historia de España, 1ª parte ]]]

Retornado como héroe a la Península lidera varios fallidos alzamientos contra el criticado Gobierno de Isabel II, como el de Valencia, pero fracasan por las dubitaciones de otros generales, motivo por el cual se exilia en Bélgica junto con otros políticos y militares favorables a derribar a Narváez, auténtico escudo de la Reina y su Régimen. A la muerte de éste, con el concurso de Serrano y el almirante Topete, Prim lidera la llamada Revolución Gloriosa de 1868, consiguiendo entrar en Madrid otra vez en olor de multitudes, mientras la ex reina pasa a Francia abandonando el trono.

Ahora es cuando Prim demuestra su faceta de político: para evitar los frecuentes enfrentamientos entre cabecillas, se libra de Serrano y Topete con el hábil método de "la patada hacia arriba", dándoles cargos tan altisonantes como inocuos y honoríficos. Gracias a su prestigio inmenso, España entera y los militares se hallan quietos por una vez. Prim aprovecha para convocar elecciones parlamentarias que su coalición de partidos liberal-progresistas gana con amplia mayoria. Así, el Conde de Reus es designado Jefe del Gobierno a principios del 1869.

Inmediatamente, comienza a adoptar medidas de regeneración económica y sociales, tales como la institucionalización de la peseta como moneda unificada y oficial del Reino, la inaguración reglamentada del Congreso de los Diputados (los leones que todavía lo adornan son el producto del bronce de los cañones marroquies capturados por Prim en la guerra), la aprobación de urgentes directivas modernizadoras en muy diversas materias...

Pero la gran obra de Prim es la Constitución de 1869, que es aprobada en referendo arrasadoramente. Es una Carta Magna propia de un país avanzado, europeo, y muy ambiciosa en el sentido de que trata de modelar el sistema de Gobierno e integrar las diversas regiones en el marco de un Estado fuerte y próspero, defensor de las libertades forales, pero inequivocamente unitario.

Para lo primero, y tras arduas discusiones parlamentarias y luchas políticas feroces, se acuerda que España siga siendo una Monarquia, parlamentaria esta vez, y despojando para siempre a la Dinastía Borbón. El elegido será Amadeo de Saboya, un principe italiano fácil de manejar por el Ejecutivo y adicto a Prim, sobre todo.

La solución al segundo nudo gordiano, la ordenación territorial del Estado, fue abordada sin tapujos. Se conservan todos los discursos de Prim en el Congreso, por lo que es fácil establecer, junto con el resultante implementado en la Constitución, cual fue su posición y el paradigma adoptado: Prim y su gabinete consagran el Principio de Unidad Nacional Indivisible por vez primera en una norma con rango constitucional, pues ni la de 1812, tal vez por la ausencia de incipientes movimientos sediciosos, define la Nación Española como "la única del Estado", sin perjuicio de respetar las peculiariedades forales de los territorios que ya las detentasen, tales como los fueros fiscales vascongados, o el Derecho de Familia Catalán, por ejemplo.

En un discurso a la Cámara Baja, Prim define los deseos de mayor autogobierno de algunas regiones, como "artificiales y malfundadas reivindicaciones, no anheladas por el Pueblo sino por la Burguesía y sus intereses financieros ,y apoyadas en fabulaciones históricas sobre un pasado nacional completamente inexistente, pura demagogia e ignorancia...".

Efectivamente, arguía Prim, que el sustrato étnico de todos los españoles era el mismo, especialmente el de los muy romanizados catalanes y andaluces mismamente. A lo que se añadía la absoluta carencia de una entidad estatal de esas supuestas "naciones" en el pasado. "La sublevación catalana de 1640 se dio por el exceso de reclutamientos y gravámenes, no por desafecto patriótico. Y la de 1714, es el vestigio de una Guerra Civil Sucesoria (....) y no olvidemos que los defensores de Barcelona enarbolaban la Bandera de Santiago Apostol y daban vivas a España", escribió en respuesta parlamentaria.


Amadeo I frente al féretro del general Prim. Obra de Antonio Gisbert, 1870

De hecho, la Contitución de 1869 es el molde de la de 1876 e incluso de la de 1931, y también conforma el basamento ideológico de la nuestra actual. Pero eran legión los enemigos de Prim, predominando en su encono los anarquistas que no aceptaban la Monarquía por muy democrática que fuese, pero también los acérrimos del Régimen caído, quienes sólo acataban el retorno de un Borbón como rey. Así, el dia de Fin de Año de 1870-71 debía desembarcar Amadeo de Saboya con su esposa en Cartagena, para ser recibido por Prim y su Gobierno y proclamado Soberano de España.

El 27 de diciembre, Prim salió en carroza con dos ayudantes ya de anochecida, rumbo al Palacio de Buenavista, su residencia, para acostarse raudo y partir al alba a Cartagena. En uno de los tramos transversales de la actual calle del Arenal de Madrid, una emboscada dirigida por el anarquista Martín Angulo logró herir a Prim de gravedad en un brazo. Si bien subió por su propio pie las escaleras que conducían a sus aposentos del Palacio dejando un reguero de sangre por toda la balaustrada, su terquedad (aseguraba muy tranquilo "que eso no era nada" ) impidió llamar a un médico, consistiendo sólo a su mujer tocar la herida. Al dia siguiente, cayendo Prim inconsciente, la asistencia clínica sólo pudo certificar septicemia, afección que le llevó a morir el 30 de diciembre del 1870, siendo todas las demás versiones sobre su deceso y atentado pura fantasía contemporánea.

La consternación de Amadeo al saberlo en Cartagena fue tal que casi se reembarca. Y, en efecto, su breve reinado de menos de 3 años, fue un caos que que desembocó en la I República, hasta que, ante el caos generalizado en el país, se produjo la Restauración Borbónica en 1874 en la persona de Alfonso XII.

En esto último pues, fracasó aquel catalán hasta la médula (sus postreras palabras de amor a su esposa fueron en este idioma antes de expirar), y el más galardonado militar español de la Historia.

Una vez, convidado a una cena de gala por el Emperador Napoleón III y su emperatriz, la española Maria Eugenia, le reprochó ésta mientras tomaban la exquisita sopa que no luciese encima todas sus condecoraciones como correspondía a la vanidosa etiqueta palatina. Entonces, con media sonrisa socarrona y, en castellano, para no ofender a la emperatriz frente al resto de los grandes de Francia, le repuso a la dama: "Señora, si me pusiese en el pecho todas las medallas que tengo, me ahogaría en la sopa". No se puede decir más con menos.

[[[ Joan Prim: el general más laureado de la historia de España, 1ª parte ]]]

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