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'La soledad del paseador de perros', de María Velasco, una propuesta teatral renovadora y valiente

'La soledad del paseador de perros', de María Velasco, una propuesta teatral renovadora y valiente

lunes 25 de abril de 2016, 09:02h

A la joven dramaturga y actriz María Velasco (Burgos, 1984) no le gusta lo fácil. Desde el 9 al 23 de abril se ha representado en la Sala Cuarta Pared de Madrid 'La soledad del paseador de perros', una propuesta que codirige junto a Guillermo Heras (Premio Nacional de Teatro 1994), nada convencional ni complaciente y llena de riesgo y de valor, como otras anteriores y tan personales como Günter, un destripador en Viena. La autora comenzó este proyecto en el taller de escritura escénica "Fragmentos de la Catástrofe", impartido por Guillermo Heras, prosiguió en el espacio de creación Panorama Sur de Buenos Aires, a donde Velasco se trasladó tras un duro revés personal, y, finalmente, se ha convertido en un documento dramático que ilustra una crisis emocional y un trastorno ansioso depresivo que, como dice Guillermo Heras, "está lleno de exabruptos que surgen de un grito interior que la autora necesita poetizar".

Decíamos antes que este es un texto valiente pero quizás el término se quede muy corto y acaso sea más ajustado decir de él que es provocador -incluso descarado- y rupturista que parece hecho para espolear a todo ese tipo de público conservador que no se atreve a salir del teatro ya conocido. En 'La soledad del paseador de perros', el espectador baja a los infiernos personales de una mujer herida, plasmados en un juego escénico y poético de indudable efecto catárquico. Un juego que podría encuadrarse dentro de lo que ahora se denomina Performance, que, en este caso, capta la atención del espectador en una narración que lo seduce en la misma medida que lo incomoda y en un diálogo permanente entre la palabra poética, la danza, las artes plásticas y el videoarte.

El argumento de la obra es un tanto difuso, probablemente por haber sido escrita en un periodo tan convulsivo para la autora y, además, por haber estado sometido a una revisión profunda en un largo periodo de tiempo. En todo caso, el sustrato es el amor unas veces muy tóxico, otras muy romántico. Pero, cuando Guillermo Heras lo leyó, vio en él una historia de desamor. María Velasco, sin embargo, le desmintió diciendo que "Es una historia en la que el amor es como la energía, que se transforma pero no se destruye. Plantea como uno puede no solo pasar el duelo, sino también sublimar el dolor y hacer algo bello y artístico con él".

Todo surgió cuando Velasco se cruzó en Argentina con una paseadora de perros -su compañera de piso-, una mujer apasionada por los perros, con una historia personal muy cercana a la suya, que ha servido a la autora para intentar cambiar estereotipos y concepciones respecto al feminismo o a la relación con los animales.

Poesía y ensoñación

La escenografía y la iluminación, diseñadas por Marta Cofrade, son innovadoras y apoyan y potencian lo que de ensoñación y poético tiene el montaje. La performance se desarrolla en varios espacios: un dormitorio con un somier de madera con un colchón encima, en la parte izquierda del escenario, varias cajetillas de tabaco vacías sobre una mesita situada a un lado, y con unos cuantos condones y tangas sobre ella. En el extremo opuesto, una barra de bar instalada sobre las figuras truncadas de dos maniquíes (solo de cintura para abajo); un living, con un sillón y una mesita y algunos perrillos de juguete en movimiento; una zona trasera en donde se ata alos perros que se pasea y donde se encuentra el perro con ruedas (la bestia) que, más tarde, paseará la paseadora (Malena); y un par de sillas que parecen ser la sede de una comisaría. Y sobre una pantalla gigante, al fondo, se proyectan diversas imágenes. En la primera de ellas, por ejemplo, un hombre ataviado con una gabardina va andando a la orilla de un río, se encuentra frente a un perro que le ladra y él mismo se enfrenta al perro respondiendo a esos ladridos. Paralelamente, cuelgan dos grandes pizarras del techo, bajo un cartel que reza "Guau, guau". Sobre ellas los actores irán escribiendo términos como ego, esperanza, guillotina, castración, autoestima, ahogamiento, aros...

Malena, interpretada por una espléndida Valeria Alonso, es la mujer argentina que pasea perros (también la llaman Mofeta). Junto a ella, el Chico de Bahía (Carlos Troya), para quien "la juventud es como una locura transitoria", que está en relación abierta con la Chica de Burgos (Olaia Pazos) que tiene muy claro que hay que "emborronar", en lugar de "emborronarse". Y junto a ellos, sus compañeros de reparto Kike Guaza y María Velasco. Y, sobre escena y en sus múltiples y escabrosas relaciones, no falta la promiscuidad sexual, los abusos, el tabaco, el alcohol, las drogas, y todo un abanico de somníferos, tranquilizantes y ansiolíticos.

El texto que ha dado origen al montaje de 'La soledad del paseador de perros' tiene para mí claras resonancias dadaístas y surrealistas porque, como el movimiento artístico de principios del siglo XX, también persigue expresar el rechazo de todos los valores sociales y estéticos del momento, y todo tipo de codificación. Y Velasco, como los dadaístas, ha recurrido a la utilización de métodos artísticos y literarios deliberadamente incomprensibles, que se apoyan en lo absurdo e irracional. En conjunto, y frente a lo que pudiera parecer, el espectáculo es extrañamente bello y sugerente en ese totum revolutum de vivencias personales, sueños rotos, frustraciones, ensoñaciones, lecturas, películas, canciones y artes plásticas.

Se trata, pues, de una propuesta independiente y renovadora que reúne en hora y media buena parte de los excesos, los miedos y las fantasías de toda una generación, a través de una puesta en escena abierta y con un notable trabajo actoral colectivo que busca también que el espectáculo se vea como un paisaje en el que las emociones no surgen de la comprensión de la trama o de los conflictos entre los personajes.

‘La soledad del paseador de perros’, de María Velasco

Dirección: Guillermo Heras y María Velasco

Intérpretes: Valeria Alonso, Kike Guaza, Olaia Pazos, Carlos Troya y María Velasco

Vestuario: Raquel Soto

Fotográfía: Marta Cofrade

Asistente de dirección: Tamara Gutiérrez

Producción ejecutiva: Carlota Guivernau

Sala Cuarta Pared (Madrid)

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