Las tensiones comerciales entre Estados Unidos y sus principales socios han escalado de forma significativa tras el anuncio de la administración estadounidense de imponer un arancel general del 30 % a todas las importaciones procedentes de la Unión Europea y México a partir del 1 de agosto. Esta medida rompe con el tono negociador que se había intentado mantener en semanas anteriores y amenaza con desestabilizar el comercio global en un contexto ya marcado por la incertidumbre económica.
En el caso europeo, la decisión estadounidense afecta exportaciones de bienes por más de 530.000 millones de euros anuales, con impactos potenciales de hasta un 1,2 % del PIB del bloque, según algunas estimaciones. Bruselas ha optado por mantener abierta la vía diplomática, extendiendo hasta agosto la suspensión de contramedidas, pero ha advertido que prepara aranceles equivalentes por valor de 21.000 millones de euros. A medio plazo, la Comisión Europea sopesa ampliar la respuesta mediante restricciones a servicios digitales y propiedad intelectual, sectores estratégicos en los que Estados Unidos mantiene una posición dominante.
Este desequilibrio estructural entre la balanza de bienes y la de servicios complica la posición europea. Mientras la UE mantiene un superávit comercial en bienes, EE. UU. disfruta de un excedente relevante en servicios, especialmente en sectores como tecnología, consultoría y finanzas. Esto limita la capacidad de Bruselas para responder con medidas simétricas, dada la sensibilidad económica de sectores como los medicamentos o los combustibles.