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'Lágrimas de cocodrilo': Poesía

'Lágrimas de cocodrilo': Poesía

viernes 21 de febrero de 2014, 19:13h
Qué curioso es lo de reinventarse. Me he reconciliado con la poesía, que llevaba un montón de años muy enfadada, huyendo despavorida de los poetas. Y me he reconciliado gracias a mi taller. Dirán ustedes que tengo un poeta en casa: si. Y de los buenos. Pero en cuanto veía escritos en líneas cortitas, me daba no sé qué...

Bueno, sí sé qué, pero se lo voy a ahorrar. Leer a los grandes y volver a destriparlos, y a los contemporáneos, y a los más jóvenes, sin contemplaciones -de algún modo, como quien lee un misterio, y de otro, como quien lee una novela- me ha reconciliado con esas voces poéticas, con ese quehacer que no me permito -de momento, ay- porque como me dijo un novísimo un día, hay maestros que no me permiten escribir. Y es un placer.

Ayer, el pasado jueves, Maria Luisa García-Ochoa recibió el premio Paul Beckett de poesía, de la Fundación Valparaíso, que sigue ejerciendo un mecenazgo de agradecer con las artes, por su libro -todavía me niego a llamarlos "poemarios"- Última campanada del silencio. Luisa hace una poesía limpia y abierta, que conserva ritmos tan distintos como el endecasílabo y el alejandrino, esas músicas tan cargadas de referencias y al mismo tiempo, tan naturales ya a nuestro oído, a través de las cuales ilumina esos movimientos del alma a veces tan oscuros: la pasión, el tiempo, las despedidas. La sentimentalidad. Y las muchas y buenas lecturas. Y sus imágenes tienen una gracia serena, y casi siempre una ironía templada, sin estridencias, que es un arma del pudor, ese velo que cubre el secreto de lo que ocurrió en la realidad, y que plantea el poema como lo que es: un texto escrito. Palabras y referencias secretas.

Y siguiendo con los festejos, y tangencialmente con la poesía, el lunes 24, y en la Central de Callao, en Madrid, se presenta un título de dos poetas: El invitado amargo, de Luis Cremades y Vicente Molina Foix, del que ya he hablado en esta columna, y que, como yo andaba por ahí cuando sucedieron los hechos que cuentan a dos voces, desde la perspectiva de su propio amor, y hasta salgo, me ha impresionado vivamente. Es que la memoria es distinta para cada recordante: por eso es tan importante que se escriba. Yo, desde luego, no faltaré. Y me permito anunciársela, aunque lo importante es el libro, que ha publicado Anagrama.

En cambio, si me he perdido la presentación de Ácido almíbar, el libro de poemas de Rafael Soler, y bien que lo siento. Publicado por Ediciones Vitruvio, (sic) es una barbaridad. Y no sólo por los temas -terribles, a veces ambiguos, cargadísimos, en los que desfilan la vejez y la enfermedad, la muerte, el tabaco y el alcohol y la noche, pero también el amor y el abandono y el imposible olvido- sino, sobre todo, por el lenguaje: críptico, áspero, que baja al cotidiano, pero que encuentra una fuerza poética algo espeluznante en esas "casualidades" surrealistas que no abolirán el azar..... Y algo más: una voluntad férrea de hacer arte. Moderno. Vean ustedes cómo pone los títulos a sus poemas: estoy segura de que después. Con ironía autocastigadora. Con la ironía propia de un Vaché. Y como los pondría un pintor a sus cuadros (vean las cartelas en ARCO o en ArtMadrid, las ferias que este finde viven sus horas doradas).

La vejez, ese futuro. Que a lo mejor no es ni para tanto. Eso quiero creer mientras leo El cielo puede esperar, o La 4º edad: ser anciano en el siglo XXI, de Marcelo R. Ceberio, que ha publicado Morata. Y que, desde luego, no es poesía: es un sesudo pero ameno ensayo que cruza la psicología y la sociología, y una punta de autoayuda para un lector algo escalofriado. Como yo. Pero es lo que tiene ser lectora omnívora: que una se encuentra siempre con sus propios escalofríos.

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