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Valiente, comprometida y arriesgada radiografía de ETA en la adaptación de 'Los justos'

Valiente, comprometida y arriesgada radiografía de ETA en la adaptación de "Los justos"

lunes 13 de octubre de 2014, 18:24h
¿Se puede  ser claro, ecuánime y duro, a la vez, tratando sobre un escenario un asunto tan delicado como la sangrante historia de los 60  años de terrorismo de ETA? Yo pensaba que no, pero he visto que sí, que es posible y, además, de forma brillante en todos los aspectos   dramáticos de un montaje, "Los Justos", que estos días nos propone  611teatro" en Las Naves del Español (Matadero, Madrid).  
Albert Camus estrenó esta obra a mediados de los 40 del siglo pasado, la década de la II Guerra Mundial y del auge casi imparable del nazismo. Su argumento gira en  torno al periodo de la Revolución Rusa de 1905. Allí, un grupo de revolucionarios busca atentar contra la vida del zar y eso sirve de excusa a Camus para plantear al  espectador el dilema moral del uso de la violencia como medio político para conseguir un fin.   

Esta versión de "Los justos", montada por la compañía "611teatro"  es una adaptación de la obra de Camus, tan apasionada como arriesgada y atinada, de Javier Hernández-Simón (también director de la obra) y José A. Pérez, y con una interpretación coral  sobresaliente que proyecta el ambiente cortante, la tensión interna  y  externa de los personajes. Los actores que le dan vida son Lola Baldrich (Maite y la esposa del político asesinado), Álex Gadea (Mikel), Ramón Ibarra (el teniente), Rafael Ortiz (José y Suárez), José Luis Patiño (Josu) y Pablo Rivero Madriñán (Xabier). Todos  ellos están a la altura de las circunstancias y se meten de lleno en la  psicología de sus personajes con  una convicción extraordinaria. Pero, si hay que destacar a alguien, quizás habría que apuntar a Lola Baldrich y Álex Gadea, que desarrollan un trabajo memorable.

Todo transcurre en un escenario minimalista, apenas un cuadrilátero  oscuro, con cuerdas gruesas partiendo del centro, que sostienen, atan, enmarañan, envuelven, aprisionan o liberan a los integrantes  de un comando de la organización terrorista que está a punto de cometer un atentado contra un alto dignatario del antiguo régimen. La acción se sitúa a mediados de los años 70 del pasado siglo, cuando ya quedaban solo meses para que la dictadura de Franco tocase a su fin. No se indica expresamente en el texto, pero  ese atentado bien podía ser el que le costó la vida al entonces presidente  del gobierno, y lugarteniente de Franco, Luis Carrero Blanco, en aquel 20 de diciembre de 1973. El atrezo es casi inexistente. Es la iluminación (magnífica, por cierto) de Juan Gómez Cornejo, la que desempeña un papel crucial para  intensificar la acción dramática, tanto en los momentos de la preparación del atentado, en las discusiones ideológicas de la banda, como en los momentos en los que  estallan las bombas. El ambiente sonoro, a cargo de Álvaro Renedo Cabeza, está también muy logrado y contribuye a incrementar y mantener la tensión del espectador.

Cuando el atentado está a punto de cometerse, la moral irrumpe con una fuerza arrolladora en la situación porque uno de los integrantes del comando no es capaz de accionar el detonador al advertir que  dos niños de corta edad, 4 o 5 años, acompañan al mandatario en el interior del coche. Ese hecho provoca una escisión en la célula terrorista y que todos sus miembros se retraten personal e ideológicamente.  

Hay dos frases que, a mi juicio, definen el hondo tratamiento moral y ético que se hace en esta  acertadísima adaptación de "Los justos", de Camus. La primera se pronuncia cuando se trata de justificar una muerte por razones ideológicas. Creo recordar que es el personaje de Maite, quien dice  "...Pero un hombre es un hombre". En otras palabras, que la vida de cualquier ser humano es sagrada.

Y la segunda, y como resumen de la tesis de la obra, se dice que hay que dejarse de dialéctica y de diatribas porque la realidad es que  cuando  hay una muerte por medio, cualquier  revolucionario  se transforma automáticamente en un asesino (Maite: "... ya no somos revolucionarios; desde hoy somos asesinos"). Dicho de otro modo, que la fuerza moral del principio perseguido (Euskal Herria libre, etc.) pierde así toda legitimidad. 
Estamos ante una obra valiente, que no  elude la segura controversia entre los  afectados (por un lado, los propios terroristas y, por otro,  sus víctimas directas, o posibles, que somos todos), y que trata de  ahondar con acierto en los profundos recovecos que mueven a unos seres humanos a atentar contra otros por supuestas razones  ideológicas. El texto plantea preguntas muy  profundas pero que  todos tenemos que respondernos: ¿el fin justifica los medios?, ¿hasta cuándo es legítimo el uso de la violencia? 

Por nuestra parte, un encendido aplauso a adaptadores, director de esta versión de "Los justos" y a 611teatro que, por vez primera, se atreven a llevar ante el público teatral un asunto tan necesario como  doloroso y, desgraciadamente todavía candente: la violencia de ETA. Ha sido una apuesta arriesgada, es cierto, pero el resultado puedo asegurarles que merece la pena. Las grandezas y las miserias del ser humano quedan aquí al desnudo, y con una propuesta dramática  impecable.
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