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'El problema de la vida', del argentino Fernando G. Rodil, una pieza breve llena de vida y sarcasmo

'El problema de la vida', del argentino Fernando G. Rodil, una pieza breve llena de vida y sarcasmo

jueves 26 de marzo de 2015, 18:36h

¿Qué pensaría si un día, paseando por internet, se encuentra a un sujeto que muestra en directo cómo y por qué ha decidido suicidarse? El joven autor argentino Fernando G. Rodil no solo lo ha imaginado sino que, además, lo ha escrito en forma de pieza teatral y, después de representarla en Buenos Aires, ha recalado ahora también en la escena madrileña. En Sala Tú, y con otro joven actor, Gon Ramos,  que interpreta al suicida.

Ignacio Padilla es un joven que está ultimando los preparativos para grabar durante unos treinta minutos los últimos momentos de su existencia. Habla abiertamente de que está decidido a quitarse la vida, a terminar con una existencia a la que no encuentra su verdadero sentido en este mundo, y no culpa a nadie por ello, sino  muy al contrario, asume toda la responsabilidad, y de forma  razonada, lúcida y hasta con un sentido del humor ácido que roza el sarcasmo, dada la situación en que introduce al espectador.

El personaje lo ha dispuesto todo para que, una vez terminada la grabación e, hipotéticamente, haya acabado ya con su vida, una aplicación que ya tiene programada en el ordenador personal, la lanzará automáticamente a Youtube para que los miles y miles de  internautas curiosos o morbosos (que de todo hay en la red) acaben  descubriendo la pieza y puedan compartir con el suicida sus últimas razones y reflexiones acerca de la vida y de la muerte.

Sin dramatismos, sin morbo, sin espectáculo, el joven Padilla duda  públicamente  entre el cutter, la sobredosis de fármacos, el hilo de seda o el revólver que, ordenadamente,  muestra sobre una mesa, detrás de la cual se parapeta para no salirse nunca de plano ante la cámara que, implacablemente, sigue grabando cuanto el joven hace y dice. Tranquilo -dentro de lo que cabe, claro está-, ordenado, coherente  y sincero, Ignacio divaga entre lo divino y lo humano para intentar explicar lo inexplicable y así aborda, en un lenguaje  coloquial, pero no exento de precisión, los temas que le preocupan: la libertad del individuo a hacer de su vida lo que quiera, el sentido de vivir o la muerte como elección libre y programada del hombre. Pero  entre intento e intento fracasado por acabar con su vida, el joven  habla también de sus otras ocupaciones cotidianas: la política (Kennedy), la música (Kurt Cobain o los Beatles), la filosofía de  Heidegger,  y los perros pekineses, como el que él mismo tiene en casa.

Una llamada telefónica al móvil interrumpe el proceso en el que está inmerso Ignacio que duda entre atender o no esa llamada. Decide hacerlo y al otro lado del hilo telefónico (¡cómo no!) una joven  teleoperadora de una compañía de telecomunicaciones le ofrece   cambiar de proveedor al tiempo que le subraya las innumerables ventajas que le va a proporcionar ese cambio. Ignacio,  conmocionado por la dulzura de la voz de su interlocutora, intenta  ir algo más allá en la relación comercial, pero la joven -profesional y  bien adiestrada- no quiere salirse ni un milímetro de los pasos  que  le han marcado en su formación en la atención al cliente, y sigue estrictamente el protocolo. Probablemente, si hubiera decidido otra cosa, habría puesto en riesgo su puesto de trabajo, pero  también habría salvado una vida, la de Ignacio, que  duda por un instante en seguir o no con su plan... El joven aprieta el gatillo y, por un momento, se hace la oscuridad. Momentos después, salta la grabación digital  desde el ordenador que retrotrae al espectador y al internauta al principio de ese monólogo que Gon Ramos, el actor que lo interpreta, lleva con tanta credibilidad y acierto (impertérrito, a pesar de las  sonrisas que despiertan sus reflexiones, con el gesto preciso y  aguantando los muchos silencios a los que obliga la dramaturgia  planteada...). Todo parece indicar que el joven ha cumplido su propósito.

El espectador se queda  atónito, sin palabras, reflexionando sobre el porqué, si no de decisiones tan drásticas, sí  del hastío vital, del pasotismo al que muchos jóvenes de nuestros días se han abocado sin razones aparentes (nunca antes en la historia habían gozado de tanta libertad, tantos medios, tantas posibilidades...), y, sin embargo,  la ilusión, la rebeldía, la utopía parece que ha desaparecido de sus vidas...

La ironía, el sarcasmo, la sorpresa, incluso, que transita por toda la obra deriva al final al espectador a reflexionar sobre su vida y la de los que le rodean  y acaso no contemple tan lejana la posibilidad de que alguien, algún día, por alguna razón equívoca pero real, tome una decisión que le lleve a imitar también al joven Ignacio Padilla, no para hacer un espectáculo de su muerte, sino para  gritar bien alto  que debemos replantearnos nuestros valores y nuestra forma de vida.

Una obra bien planteada, entretenida, bien escrita que, sin embargo, sabe a poco y que, lo mismo su autor, Fernando G. Rodil, debiera  replantearse  y  extender un poco más porque, desde luego, a quien esto escribe, le ha sabido a poco.

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