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Un genial Federico Luppi encarna a un exgeneral golpista argentino en 'El reportaje', de Santiago Varela

Un genial Federico Luppi encarna a un exgeneral golpista argentino en 'El reportaje', de Santiago Varela

jueves 19 de febrero de 2015, 16:53h
Domingo, 15 de febrero. Son las 6 en punto de la tarde. Las luces de la Sala Negra de los Teatros del Canal van apagándose y solo queda tenuemente iluminado el escenario en donde hay dos sillones enfrentados a los que apunta una cámara de televisión empotrada  sobre un trípode y algunos cables tirados ordenadamente por el suelo. Parece un improvisado estudio de televisión, pero, en realidad, es una dependencia de la cárcel en la que el protagonista de 'El  reportaje' cumple condena por su participación durante la dictadura que asoló Argentina desde 1976. El condenado es un exgeneral, entre cuyas responsabilidades estaba la censura en el ámbito cultural  y cuyo celo lo llevó a ser también responsable del incendio del teatro El Picadero de Buenos Aires, quemado una noche de finales de julio de 1981; la misma noche  y al mismo tiempo en que Frank Sinatra  desgranaba sus canciones con voz profunda no muy lejos de allí, en el hotel Sheraton, de  la capital argentina.

Suenan unos pasos decididos de mujer avanzando hasta el centro del escenario: "Dale un poquito más de luz... ¡bien! (Se mueve) Aquí también... ¿Esto no es demasiado para este lugar?... Probamos sonido. Sí, uno dos, uno dos, hola, hola, hola, hola... No suena muy mal, ¿no?... Ya sé que es una cárcel... No te voy a poner mi mejor cara. Acabo de hacer diez mil kilómetros para entrevistar a un genocida argentino...". Quien así habla a través de un pequeño micrófono y minicascos colgados al oído, con el técnico que se encarga de captar sonido e imagen, es la periodista de un canal de televisión español, encarnada por Susana Hornos, a punto de entrevistar al exgeneral, en cuyo uniforme se mete el otro actor de la obra, Federico Luppi. Ambos protagonizan 'El reportaje', de Santiago Varela, dirigidos por Hugo Urquijo, un director de larguísima  experiencia en el panorama teatral argentino, en un montaje que se  podrá ver en la Sala Negra hasta el 22 de febrero (http://www.teatroscanal.com/espectaculo/el-reportaje-federico-luppi/).

Cuando la periodista ha terminado ya de preparar el escenario donde  va a producirse la entrevista, otros pasos lentos, firmes, procedentes del mismo punto de donde vino antes la mujer, nos desvelan a un hombre enfundado en su uniforme militar, con sus entorchados de general. Es Federico Luppi, quien se pone en lugar del golpista encarcelado y lleva el peso de la función de principio a fin. Evocador, culto, convencido de lo que piensa, sus labios dibujan el desprecio al enemigo cada vez que lo mienta; hábil para esconder entre  eufemismos las mil y una barbaridades que la dictadura había ido  perpetrando, poco a poco, el general va descubriendo su verdadera cara, la que expresa un pensamiento esencialmente autoritario que representa no solo aquella época negra de la Argentina, sino el de  todas las dictaduras de todos los tiempos.

Despreciable

Luppi es un actor estupendo que hace olvidar al espectador durante toda la función que está representando un personaje, y el público ve únicamente al despreciable exgeneral y no al actor que está detrás  de él: ese militar que se considera a sí mismo hombre culto, aficionado al teatro (cita, entre sus autores españoles favoritos, a   Mihura, Paso, Jardiel Poncela, y a la actriz Lola Membrives, al tiempo que se declara admirador de Alicia Palanca y Luis Conti -ambos desaparecidos en 1976, durante la dictadura militar-).

Santiago Varela pone en boca del exgeneral perla tras perla que, como digo, Luppi hace suyas desde el barroco y alto sillón que ocupa durante toda la entrevista, aunque de vez en cuando se levanta para intentar dar aún mayor énfasis a lo que dice: "No hay censura sin poder ni poder sin censura... El actor es despreciable. La ficción le sirve para no ser nunca nadie... Hacían ficción para descubrir las cagadas de los militares... Teatro abierto, no, porque supone un peligro... No a la libertad de prensa... La televisión, más peligrosa que el teatro porque llega a más gente... No a la igualdad de sexos. Vivo en una cárcel de mierda, con una comida de mierda, en una democracia de mierda... Soy un despojo".

La periodista hace muy pocas preguntas porque el exgeneral se va  calentando a medida que discurre la entrevista y todo el tiempo con un testigo mudo y necesario, como -sin duda- marca el protocolo de la prisión: el vigilante (encarnado por Juanjo Andreu, quien forma parte, también, del equipo técnico como regidor), que, detrás de él, asiste silencioso e impertérrito a cuanto sucede en el duelo entrevistadora-entrevistado. Unos setenta y cinco minutos después de iniciado el duelo, la periodista invita al general a decir alguna cosa más que haya podido quedársele en el tintero y el golpista, levantándose y esta vez mirando directamente a cámara, escupe, más que dice, una frase final: "Los que creen que el trabajo del actor es profesional, están locos de remate". 

Una experiencia inolvidable con un grandísimo actor, Federico Luppi, que, a punto ya de cumplir los ochenta, acababa de dejar en el camerino sus propias ideas, muchas veces expresadas públicamente  y tan contrarias a las que tiene que emitir durante más de una hora que dura la función, con la energía, la convicción y el poder de quien  siempre ha sido maestro de la expresión de la palabra cargada de ideas o de emociones.
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