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Crítica de la obra de teatro '¡Nápoles millonaria!': la guerra no ha terminado
(Foto: Jesús Ugalde)

Crítica de la obra de teatro '¡Nápoles millonaria!': la guerra no ha terminado

lunes 08 de marzo de 2021, 20:02h

El dramaturgo italiano Eduardo de Filippo escribió y estrenó ‘¡Nápoles millonaria!’ a punto de acabar la II Guerra Mundial. Tiempo ese, como el de toda guerra, en donde, frescos aún los miedos por los bombardeos y las sirenas para acudir raudos a guarecerse de ellos, conviven el hambre, la pobreza, la avaricia, la picaresca, el mercado negro y el estraperlo, el pillaje, la miseria, la hipocresía y el sálvese quién pueda. En esas condiciones tan humanas y tan repetidas a lo largo de la historia universal, a pesar de todo, caben también la poesía y el sentido del humor que brillan con luz propia en este estupendo montaje sobre ‘¡Nápoles millonaria!’ estrenado estos días en el Teatro Español de Madrid a partir de la excelente traducción y adaptación al español de Juan Carlos Plaza-Asperilla y con la dirección de Antonio Simón.

Amarga pieza esta ‘¡Nápoles millonaria! sobre la Italia de la II Guerra Mundial y la posguerra en la que este país vio de cerca el fascismo, la ocupación nazi y, finalmente, la de los países aliados. Y aunque la tragicomedia ponga el foco en el pueblo napolitano, bien pudiera mirarse en ella el español de nuestros días que anda metido de lleno en esta seudoguerra del Covid.

La tragicomedia está dividida en tres actos: El primero es una clara comedia costumbrista. En el segundo hay un reflejo más que realista del deterioro moral que anida en todas las clases sociales después de terminada la guerra. Todos, independientemente de la clase a la que pertenezcan, están inmersos en un tremendo mercado negro en donde el estraperlo y el cambalache es el pan nuestro de cada día en Nápoles. Al final, y como siempre, son los que menos tienen los más perjudicados. Y, para terminar, en el último acto, hay un examen familiar e individual de cada uno de los miembros de la familia de Don Genaro y Doña Amalia, que extiende un amargo regusto, aunque también puede entreverse un atisbo de esperanza en la regeneración personal, familiar y social.

La escenografía de carácter simbólico de Paco Azorín y la luz de Pedro Yagüe -ambas magníficas-, dibujan tres aspectos bien diferenciados de la casa de los personajes protagonistas, la familia Jovine. En el primero, una casa modesta, con grandes ventanales y siempre abierta a la calle por donde transitan vecinos y conocidos que van a ver a alguno de los miembros por intereses económicos o de socialización. En el segundo, cambiadas las tornas gracias a los dudosos negocios de Doña Amalia, presentan un fastuoso caserón en donde el lujo hay que pregonarlo en todos los detalles (precioso el vestuario de Ana Llena). Y, por último, en el tercer acto, la crisis hace también mella en la familia y cambia el aspecto interior de la casa.

El eje en torno al cual discurre la tragicomedia lo forma el matrimonio Jovine, encarnado por Roberto Enríquez y Elisabet Gelabert. Enríquez es un soberbio Don Gennaro, antes conductor de tranvías que ahora está en paro y las perspectivas en medio de la guerra no son precisamente halagüeñas para él. Un tanto cascarrabias, sobre todo con sus hijos, es la única referencia moral de la familia, al que acuden, además, muchos vecinos y clientes de su esposa para pedirle consejo. Superviviente de la I y la II Guerras Mundiales, acaba en constituirse en el único referente moral del grupo de napolitanos que pululan por su casa para intentar hacer negocio o para comprar alguna de las más variadas mercancías que cobran valor en la guerra.

A Doña Amalia la habita una Elisabet Gelabert que sintoniza con gracia y suficiencia en los distintos tonos que adopta la mamma a lo largo de los tres actos de la tragicomedia (la pobreza, la abundancia y la decadencia)

Nuria Herrero es Maria Rosaria, la hija jovencita que ya flirtea con algún que otro soldado norteamericano a espaldas de sus padres. Personaje enérgico, vitalista y decidido está muy bien interpretado por esta joven pero muy segura actriz.

Amedeo, aprendiz de delincuente de barrio, y también hijo de la pareja, es Dafnis Balduz. Su maestro es el Gato, un Mario Zorrilla bonachón e inocente a pesar de ostentar un oficio tan poco ejemplar.

El Guapo, amante primero y socio mercantil después de Doña Amalia, lo interpreta con vehemencia y chulería Raúl Prieto. Eso cuando no está delante de su amada, o cuando entra en escena Don Genaro, porque entonces se vuelve un corderito de libro.

Al Comisario Ciapa lo interpreta Óscar de la Fuente con la eficacia y bonhomía de un buen comisario de barrio, que sabe hacerse el tonto cuando conviene, aunque no se le despista nada de nadie.

Por otra parte, José Luis Torrijo es un contable, víctima de los abusos de Doña Amalia que, al final, tiene en su mano dar o no la medicina imprescindible para que no muera Rituccia, la hija menor de los Jovine, tratada con preocupación y esmero por el médico de familia, interpretado por Fernando Tielve.

Lourdes García es una Criada tan graciosa como chismosa, y Rocío Calvo es la Vecina diligente y cercana que a todos nos gustaría tener siempre a mano.

Por último, hay que destacar también el acierto de Antonio Simón al situar entre el primer y el segundo acto, y entre este y el tercero-con el telón bajado para dar tiempo al cambio de escenografía-, la introducción de canciones napolitanas, muy bien cantadas por José Luis Torrijo junto a Nuria Herrero al tiempo que se proyectan imágenes de época sobre el telón convertido ahora en pantalla de proyección.

Se trata, en definitiva, de un trabajo coral -ejemplar el movimiento escénico de Luis Romero-, estupendamente trenzado por Antonio Simón, que ha sabido sacar lo mejor de un texto agridulce, el de Eduardo De Filippo, con claros paralelismos con la época de crisis sanitaria y económica que vive todo el continente europeo, especialmente agravado en nuestro país. Muy interesante y amargamente divertido.

‘¡Nápoles millonaria!’

Autor: Eduardo de Filippo

Traducción y adaptación: Juan Carlos Plaza-Asperilla

Dirección: Antonio Simón

Reparto: Roberto Enríquez, Dafnis Balduz, Elisabet Gelabert, Nuria Herrero, Raúl Prieto, Óscar de la Fuente, Fernando Tielve, Lourdes García, Rocío Calvo, José Luis Torrijo y Mario Zorrilla

Diseño de espacio escénico: Paco Azorín

Diseño de iluminación: Pedro Yagüe

Diseño de vestuario: Ana Llena

Diseño de sonido: Lucas Ariel

Diseño de vídeo: Pedro Chamizo

Movimiento escénico: Luis Romero

Ayudante de dirección: Gerard Iravedra

Ayudante de escenografía: Fer Muratori

Ayudante de vestuario: Tania Tajadura

Una producción del Teatro Español

Teatro Español, Madrid

Hasta el 28 de marzo de 2021

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