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A grandes problemas, grandes soluciones

jueves 30 de septiembre de 2021, 11:27h

Creo recordar que fue don Camilo José Cela, el escritor gallego, zumbón y algo deslenguado, de la segunda mitad del siglo pasado y que tan mala prensa tiene en el presente, quien dijo aquello de que en España nunca pasa nada y, si pasa, se le saluda. Bien traído el aserto, señor Cela, a este país tan amante del drama, del escándalo y del espectáculo que, a falta de ellos, pronto hay alguien que se los inventa por aquello de dar de qué hablar a los demás.

Y digo esto porque hace unos días leía en estas mismas páginas electrónicas que la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) hizo público su informe sobre el panorama educativo en 2021, en el que destaca que nuestro país presenta la tasa más alta de repetición de curso en Secundaria, y también encabeza el porcentaje de jóvenes que ni estudian ni trabajan, los conocidos como ‘ninis’.

Ya estoy viendo a los progenitores de niños, de adolescentes y hasta de jóvenes echarse las manos a la cabeza y jurar en arameo recurriendo incluso al Diccionario secreto de Cela para salvar a sus inocentes vástagos y dirigir toda su ira contra las autoridades educativas españolas que andan en los últimos decenios como elefante en cacharrería, aprobando leyes sobre el particular cada tres o cuatro años y propiciando así que tanto los docentes como los discentes no encuentren su lugar en el mundo, y mucho menos en informes que analizan los conocimientos y la competencia de los alumnos.

Pero la proverbial suerte del pueblo español ha tenido la fortuna, probablemente inmerecida, de que Pedro Sánchez recurriera a dos grandes estadistas accedieran a poner un poco de orden en este carajal heredado. Por un lado Isabel Celaá que, una vez presentada y aprobada en el Congreso una nueva Ley de Educación a quien la prensa ha bautizado con su nombre, el presidente le dio una patada y la mandó a su casa en la primera remodelación, la de julio pasado. El segundo es el albaceteño Manuel Castells, titular del ministerio de Universidades. Ambos, en un par de jugadas verdaderamente geniales van a acabar en muy poco tiempo con informes tan sectarios y antiespañoles como el citado de la OCDE, por un lado, y a elevar en un santiamén la ratio de graduados, licenciados, masterosos y doctores para asombro de la humanidad.

Celaá lo vio muy claro. Para zanjar tanta repetición de curso y subir como un cohete en todo tipo de rankings internacionales de niveles educativos, la solución es bien sencilla: eliminemos los exámenes de recuperación en la ESO y pasemos de curso a todos los alumnos, independientemente del número de suspensos que hayan cosechado durante el curso. Así evitaremos frustraciones personales (ese mal de nuestro tiempo que, al parecer, es la fuente de que las consultas de psicólogos y psiquiatras no den abasto) y, de paso, destrozamos los estudios internacionales de nivel de nuestros alumnos. Genial, ¿no?

Pues Castells no le va a la zaga y, animado por el ejemplo Celaá y sabiendo que Sánchez no se va a atrever a tocar ni un pelo a la facción morada del gobierno del que el albaceteño forma parte, se ha lanzado a presentar al Consejo de Ministros primero y, una vez aprobado, al Congreso de los Diputados, su anteproyecto de Ley Orgánica del Sistema Universitario. A grandes rasgos, promociona a la mujer por encima de los hombres; los profesores titulares podrán ser rectores sin tener que ser catedráticos y se elimina la firma del Rey en la expedición de títulos.

Si es que había alguna duda con el letal efecto que en unos años va a producir la Ley Celaá, podremos ver que la puntilla a la educación española se le va a dar en los campus universitarios. Lo afirmo, no ya por la letra del anteproyecto, sino también y sobre todo por el talante que viene mostrando el ministro en sus escasas apariciones públicas.

En mayo de 2020, por ejemplo, el señor ministro defendía que copiar durante una prueba no sea falta académica: “Es un reflejo de una vieja pedagogía autoritaria”, concluía. Aboga, por otro lado, el señor ministro por abolir de una vez por todas eso de recurrir a la memoria porque, ¿para qué aprender cosas que uno puede buscar en Google? Con estas dos premisas creo que ya es suficiente concluir que, en menos que canta un gallo, veremos a nuestros hijos y a nuestros nietos acabar el bachiller, la graduación y el doctorado sin despeinarse. Y que no vea yo a ningún profesor que me frustra a mi chico porque haya copiado algún que otro examen porque se las verá conmigo. O, mejor aún, con el ministro. Y ya saben estos profesores de las últimas hornadas cómo se las gastan los decanos y los rectores morados… Ya se sabe que la derecha fascista es materialmente incapaz, primero, de reconocer, y luego de aceptar que una ley podemita pueda ser el origen de la revolución educativa que España necesita. Lo dicho: a grandes problemas, grandes soluciones.
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