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Dismorfia muscular: diagnóstico y tratamiento

Don Robin Rica Mora, miembro de Saluspot y psicólogo sanitario en Instituto Centta analiza la dismorfia muscular.

El campo de la dismorfia muscular puede resultar confuso en cuanto a la nomenclatura. Términos como vigorexia, dismorfofobia, complejo de Adonis, síndrome del hombre de hierro, síndrome del culturista o megarexia se han utilizado para hacer referencia a la dismorfia muscular. Sin embargo, a pesar de la existencia de un término adecuado para referirse al cuadro, la conceptualización inicial como anorexia inversa y sus innegables similitudes con los TCA contribuyen a que se continúe utilizando de forma genérica el término vigorexia para referirse a esta patología, incluso en el ámbito científico. Sin embargo, es importante reiterar la idoneidad de utilizar el término dismorfia muscular.

La evaluación de la patología de la alimentación y la imagen corporal masculina probablemente se ha enfocado desde una perspectiva errónea, ya que la aproximación que se ha realizado desde la investigación a los varones ha sido mediante instrumentos de evaluación que se diseñaron y validaron en población femenina. Por eso es posible que el fenómeno de las alteraciones de la conducta alimentaria y la imagen corporal en varones se encuentre infradimensionado.

Diagnóstico

A pesar de que es un campo de investigación joven, sí existen algunas herramientas evaluativas que permiten aproximarnos a esta patología. Cuestionarios como el MBAS, el DMS o el ACQ pueden orientar a los profesionales sobre si tenemos delante un caso de riesgo de dismorfia muscular.

A simple vista en los casos graves es sencillo detectar si el volumen corporal que ha adquirido la persona está por encima del que podría adquirir solo con dieta y ejercicio, por lo que ya sugiere el uso de algún otra sustancia, en particular AAS (anabolic androgenic steroids). El uso de este tipo de sustancias ya constituye un factor desencadenante y mantenedor importante de la patología.

Sin embargo, es en los casos en los que la persona no ha alcanzado un volumen muscular desorbitado cuando puede resultar más difícil establecer un diagnóstico. Además, acudir al gimnasio o perseguir un "mejor físico" es algo que goza de enorme aceptación social, por lo que en muchos casos las conductas relacionadas con la dismorfia muscular se normalizan dentro del grupo social.

Cuando una persona antepone rígidamente sus reglas a la hora de comer (por ejemplo, comer cada menos de 3 horas o determinados alimentos) o su horario de entrenamiento a su esfera social, familiar o incluso laboral, es interesante plantear cuál es la prioridad para esa persona y qué pasa si un día se salta su esquema. Si uno realiza más de 7 horas de ejercicio físico a la semana es conveniente reflexionar acerca de cuál es el motor que mueve a esa persona.

Al igual que en otras patologías, resulta complicado establecer un perfil concreto, máxime cuando nos referimos a un campo tan poco investigado. Sí sabemos que es una enfermedad que afecta de forma mayoritaria a varones y que rasgos de personalidad como el perfeccionismo o la obsesividad puedan actuar como factor de riesgo. También que existan dificultades en la regulación emocional, de modo que se utilice el ejercicio físico y la alimentación como distractor de una realidad emocional que la persona no se ve preparada para afrontar con las herramientas con las que cree contar.

La dismorfia muscular, tanto por el ejercicio físico excesivo como por las alteraciones de la conducta alimentaria, puede ocasionar problemas graves de salud a nivel óseo, muscular, digestivo, renal, hormonal y cardiaco. Además, en los casos en los que las personas recurren a AAS el riesgo de estas alteraciones se incrementa de forma considerable.

Tratamiento y prevención

En estos momentos no existen tratamientos empíricamente validados para la dismorfia muscular, por lo que cuando los profesionales se han propuesto abordar este tipo de casos han utilizado generalmente los recursos que se han mostrado eficaces en TCA y TOC como la terapia cognitivo-conductual, la entrevista motivacional, la terapia racional emotiva, la terapia sistémica o la terapia de aceptación y compromiso. Independientemente del enfoque terapéutico, tener en cuenta el abordaje de las dificultades de estas personas en cuanto a su regulación emocional resulta primordial.

A pesar de esto, la mayor dificultad en estos momentos en el campo de los tratamientos es la enorme dificultad existente para que las personas con dismorfia muscular acudan a un tratamiento. La idea de que el tratamiento pueda limitar su rutina de entrenamiento o su alimentación, o el estigma asociado a patologías de la alimentación o la imagen corporal como típicamente femeninas, bloquean en muchos casos acudir a un profesional de la salud mental. También el hecho de que, al igual que los TCA, la dismorfia muscular es una patología ego-sintónica, por lo que el grado de conciencia de enfermedad que tienen estas personas es limitado.

Las estrategias preventivas siempre son una opción que poner en marcha, tanto desde los organismos estatales como desde las familias. Incidir en la importancia de la salud como valor y como principio rector de nuestra actividad física y nuestra alimentación, en contraposición a la estética. La prevención desde la familia y los centro escolares, fomentando el espíritu crítico sobre el ideal estético e incidiendo en la importancia de aceptar diversidad también en lo corporal.
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