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¿Se puede predecir el comportamiento criminal desde la infancia?
(Foto: Elena Trincado)

¿Se puede predecir el comportamiento criminal desde la infancia?

miércoles 21 de diciembre de 2016, 16:15h

En “desconexión”, una de las novelas distópicas que triunfan entre los jóvenes, los padres pueden decidir si quieren desprenderse de sus hijos cuando éstos se encuentran en una edad comprendida entre los trece y diecisiete años. Se trata de un mecanismo utilizado para deshacerse de los individuos defectuosos; que no aportarán un bien para la comunidad en su vida adulta.

Este escalofriante argumento no se encuentra tan alejado del debate ético que se ha despertado estos días en la comunidad científica tras la publicación de un estudio que asegura que se puede predecir el comportamiento y adaptabilidad social de menores de tres años, basándose en su estado mental y determinadas variables socioeconómicas.

Se trata de un estudio realizado por la universidad de Duke, el King's College London y la Universidad de Otago, titulado “Childhood forecasting of a small segment of the population with large economic burden”, y publicado en Nature Human Behavior.

Se eligió Dunedin, una ciudad neozelandesa de 126.000 habitantes, como escenario del experimento. Los sujetos analizados fueron un total de 1.037 bebés nacidos entre abril de 1972 y marzo de 1973, tomados como muestra representativa de todos los rangos de status socioeconómico de la población general.

La metodología empleada consistía en una primera evaluación médica a la edad de tres años, seguida de revisiones periódicas en las que se medían diferentes aspectos de inteligencia y personalidad del menor. Así mismo, a través de bases de datos oficiales y un seguimiento personalizado, se medía la presencia de determinadas variables socio-económicas en la vida de los sujetos estudiados.

El análisis del estado mental de los niños consistía en la realización de un examen clínico de 45 minutos que incluía evaluaciones de signos neurológicos, inteligencia, lenguaje receptivo y habilidades motoras. Durante la realización de las pruebas evaluaron factores como la tolerancia, la resistencia, la inquietud, la impulsividad y la falta de persistencia en alcanzar las metas.

Tras los exámenes mencionados, los sujetos eran calificados con un índice que resumía todos los aspectos expuestos, y que determinaba el estado neurocognitivo del menor, también denominado “estado de salud mental”.

A lo largo de la primera etapa (la infancia del sujeto, hasta los 10 años), se tuvieron en cuenta diversas circunstancias (tales como crecer en una familia con bajo status socioeconómico, estar expuestos a maltrato físico, un bajo cociente intelectual, o una baja capacidad de autocontrol) para identificar a determinados menores como “grupo de riesgo”. Solamente un 20% de la muestra global, estaba en esa situación.

Después de más de tres décadas, cuando los sujetos del experimento cumplían 38 años, se realizó el último seguimiento. Con él, se pretendía medir el “coste social” que los sujetos habían tenido para su comunidad, y correlacionarlo con los factores examinados en la etapa infantil. Este coste social se medía en relación con el coste de la salud del individuo (teniéndose en cuenta hasta el número de fármacos recetados), de la manutención social (ayudas y beneficios sociales a los que ha tenido acceso) e incluso de criminalidad (los costes relacionados con los juzgados, instituciones penitenciarias, así como daño producido a la sociedad).

Los individuos que obtuvieron peor índice de estado neurocongnitivo a los tres años resultaron ser los más desfavorecidos en su vida adulta; personas con un nivel socioeconómico bajo y un mayor índice de pobreza.

Así mismo, el 20% de individuos que fueron expuestos a factores de riesgo estuvieron implicados en su adultez en el 81% de las condenas criminales (excluyendo los delitos de tráfico de rutina) del total del grupo de estudio. Además, también este grupo fue más proclive al desarrollo de obesidad (57%), así como a ser beneficiarios de asistencia social (66%).

Se constata, por tanto, que la presencia de determinados factores de riesgo de diversa naturaleza, puede predecir el futuro criminal de un menor con bastante éxito.

Muchos se han mostrado preocupados por las repercusiones que un estudio así podría tener a largo plazo, con la creación de políticas criminales que controlen la potencial capacidad de un sujeto desde la infancia; pudiendo tener como principal consecuencia la estigmatización de los niños que se encuentren en el grupo de riesgo.

La realidad, sin embargo, es que este estudio no explica nada realmente novedoso o radical; las variables utilizadas para realizar la predicción son las que conforman la realidad multifactorial de la delincuencia. No estamos hablando de determinados sujetos predestinados genéticamente a ser criminales, sino de la influencia de un conjunto de factores de distinta índole que pueden llevar al sujeto a ciertos comportamientos antisociales que suponen un mayor gasto para la sociedad.

El crimen tiene una génesis biopsicosocial, que queda perfectamente reflejada en las conclusiones de la investigación. De hecho, es precisamente la explicación sociológica la que adquiere más peso según la tesis aportada; se pone de manifiesto la enorme influencia del contexto socio-familiar del menor, así como la exposición temprana de la violencia.

No debemos entender que los resultados del estudio apoyan una perspectiva biologicista o determinista del origen de la criminalidad; no se trata de señalar a futuros delincuentes y estigmatizarlos, sino de aprovechar la oportunidad para intervenir en los sujetos que presenten factores de riesgo y evitar así potenciales conductas criminales.
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