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Las vidas de María Blanchard

Las vidas de María Blanchard
martes 02 de marzo de 2021, 10:26h

En su edición del siete de abril de 1932, el periódico L’Intransigeant anunciaba la muerte de la pintora María Blanchard: “La artista española ha muerto anoche, después de una dolorosa enfermedad. El sitio que ocupaba en el arte contemporáneo era preponderante. Su arte, poderoso, hecho de misticismo y de un amor apasionado por la profesión, quedará como uno de los auténticos y de los más significativos de nuestra época. Su vida de reclusa y enferma, había, por otro lado, contribuido a desarrollar y agudizar singularmente una de las más bellas inteligencias de este tiempo”.

La última frase no es cierta y solo responde a los últimos -casi postreros- días de María Gutiérrez-Cueto Blanchard (Santander, 6 de Marzo de 1881). Más allá de sus graves problemas de salud, fue una mujer sociable y viajera. Habitual en las tertulias intelectuales y artísticas de Madrid y París, tenía numerosos conocidos/amigos (Gómez de la Serna, Paul Claudel, Picasso (que le aconsejó firmar como Blanchard), Metzinger, Leger, Modigliani… pero también Amigos con mayúscula: las escritoras Concha Espina y Consuelo Berges; la pintora Angelina Beloff; la editora Isabel Rivière (su primera biógrafa); los pintores Diego Rivera, André Lhote y Juan Gris (su amigo del alma); el escultor Lipchitz, los marchantes, Grimar, Delgrouffe y Flausch…personas que quisieron a María de verdad y a las que María quiso de idéntico modo.

Aunque durante décadas, nuestros libros de texto la ignoraron, Blanchard fue una reconocida renovadora del arte, una de las grandes firmas de la vanguardia, una primera figura del cubismo, y luego, de la figuración. Compartió exposiciones, galerías y marchante (Rosenberg) con Picasso, Juan Gris, Braque…Incluso tomó parte en el mismo salón en el que en 1916 fue presentado Las señoritas de Aviñón del malagueño más universal. “Su paso por el cubismo produjo las mejores obras, aparte de las de nuestro maestro Picasso”, aseguró de ella Diego Rivera, que por fortuna para Blanchard, no correspondió el amor que sentía hacia él, pues Rivera hizo sufrir a todas sus amantes.

En 1909, tras haberse formado en los mejores talleres de pintura en Madrid, María ganó un tercer premio nacional de Bellas Artes y una beca que invirtió en la aventura de estudiar en Francia. ¿No le parece este un paso desmedido para una “chica bien”, por liberal que fuera su familia? ¿Qué posibilidades tenía de triunfar? Piense el reto y la transgresión… una españolita en la vanguardia parisina, donde las féminas son musas, amantes de pintores y, como mucho, “mujeres que pintan”. El cotarro en Montparnasse, igual que en todas partes, lo tripulaban ellos, y una cosa era la bohemia… y otra muy distinta que los bohemios consideraran a las pintoras sus iguales. Hay, además, un dato, que aún no le he contado y que revela el coraje de María Blanchard: padecía doble cifoescoliosis (una malformación congénita, que entonces atribuyeron a una caída accidental de su madre, días antes de alumbrarla): era jorobada, casi enana y padecía tremendos dolores.

Puede que su malformación sea un dato secundario en su obra (por cierto, a algunos Blanchard les pusieron firma de Juan Gris, cuando la cotización de este subió), pero una deformidad de tal magnitud no es, en lo personal, un dato irrelevante. El destino, entonces, de las mujeres era el matrimonio y se las apreciaba, sobre todo, por su belleza y capacidad de ser madres. Habitar un cuerpo deforme y dolorido nunca es fácil, pero hacerlo en un entorno vejatorio es un infierno. Fue el caso de María Blanchard en España (y ocasionalmente en Francia), antes y después de su primera incursión parisina. En la calle le restregaban billetes de lotería, reían y escarniaban su deformidad. En 1916 ganó en Salamanca unas oposiciones a profesora de dibujo y no concluyó el curso académico porque también en las aulas la ofendían continuamente.

¿Qué podía hacer sino regresar a París para no volver? En España ella y la vanguardia carecían de futuro. El año anterior había participado en Madrid en la exposición “Pintores íntegros” organizada por Gómez de la Serna, y el veredicto de público y críticos se resumió en “mamarrachada cubista”. María se acordó de la recomendación picassiana de obviar “Gutiérrez” y rubricar con su segundo y “afrancesado” apellido. Más que un acto de mercadotecnia fue una muda de identidad …había roto con el pasado. “No me enterréis en España”, suplicaría más adelante.

Vinieron, a continuación, los años grandiosos de la Blanchard cubista (1916-21): Mujer con abanico, mujer con guitarra, niño con aro… Se ha vuelto una artista que ahora solo sigue su instinto. Se aparta del cubismo (casi una secta) y triunfa en el “Salón de independientes” con La comulgante. El marchante Rosenberg rompe con ella y sus nuevos amigos, marchantes, le exportan a Bruselas, Londres y a Brasil su obra figurativa (El cestero, Dos hermanas, Maternidad…). El retorno a la figuración no será el único cambio que se opere en su vivir. Abandona el agnosticismo y regresa a la fe católica. La muerte de Juan Gris en 1927 la ha hundido en la tristeza (aunque no en la apatía, cada día pinta más horas) y la religión la consuela de su pena. La suya es una conversión más de las muchas que hubo tras el horror de la I (y la II) Guerra Mundial. Su discípula Jacqueline Rivière se hace ursulina y ella misma se plantea ingresar en un convento. Su confesor, sin embargo, la disuade. Se ha hecho cargo de una hermana viuda y sus tres hijos. Tiene 51 años, problemas cardiacos y se encuentra agotada.

Isabelle Rivière (madre de Jacqueline) aseguró que aun en sus últimos meses, María “encontraba la manera de trabajar, leer, salir, ver exposiciones, discutir sin fin, socorrer a los infortunados que se cruzaban en su camino, pasar horas en todas las iglesias de París, entre la somnolencia y el hambre, entre sus migrañas y la asfixia”.

“Vida de reclusa y enferma”, escribieron en L’Intransigeant…y ¡se quedaron tan panchos!

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