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La visita (apócrifa) de los Magos de Oriente
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La visita (apócrifa) de los Magos de Oriente

Lo más divertido de la Navidad es la ilusión con la que la chiquillería espera sus regalos el seis de enero, fecha en la que Iglesia conmemora la Epifanía del Señor. Epiphaneia significa manifestación, muestra de la naturaleza divina de Jesús mediante un signo externo, en este caso, la estrella de Belén. En seis de enero se conmemoran -además de la adoración de Los Magos- otras dos epifanías de la triada de epifanías crísticas que, supuestamente, también tuvieron lugar un seis de enero, aunque de años distintos: el descenso del Espíritu Santo durante el bautismo de Jesús en el Jordán y la conversión del agua en vino en la Boda de Caná.

La primera epiphaneia de Jesús se produjo, como sabe, con la aparición de un nuevo astro en el firmamento: una revelación que alcanzaba incluso a gentiles, pues desde las lejanas tierras de Oriente vinieron hasta la humilde aldea de Belén a adorarle. Eso es, al menos, lo que el evangelista Mateo nos narró sin filigranas ni anécdotas que emperejilaran el episodio de la adoración. Se limitó a informarnos de la profesión -magos (ojo, no reyes)- de los adoradores, pero no de su procedencia (Oriente es un dato difuso), ni cuántos eran, cómo se llamaban, cómo vestían, o qué traían consigo. Sí sabemos que aquellos sujetos -por magos que fuesen- no andaban sobrados de habilidades sociales y políticas: ¡mira que decirle a Herodes, rey de los judíos, “¿dónde está el rey de los judíos que ha nacido?” No sé lo que opinara usted, pero yo los encuentro faltos de tacto.

La cuestión es que el evangelista Mateo, que había sido muy prolijo en la descripción del linaje y natividad davídicos, lo fue muy poco a la hora de detallar el episodio de Los Magos, dejando por los siglos de los siglos intrigados a millones de niños y niñas, entre las que me incluyo. Si la lectura de la Biblia nos estuvo largo tiempo censurada, imagine la de los evangelios apócrifos… Pero hete aquí que Don Antonio Piñero, catedrático de Filología Neotestamentaria de la Universidad Complutense, se tomó hace una década la molestia de traducir y compilar esos evangelios fuera del canon. Gracias a su riguroso trabajo (quienes seguimos siendo niños) podemos hoy satisfacer nuestra curiosidad acerca de los Magos de Oriente, y acerca de cualquier otro personaje y asunto relativos a la vida y obra de Jesús. ¿Cotilleo evangélico? Pudiera ser, yo prefiero llamarlo erudición.

A lo que íbamos… el episodio de los Magos es narrado en los siguientes textos apócrifos: el denominado Libro sobre la infancia del Salvador, el Evangelio árabe de la infancia, el Protoevangelio de Santiago, el Evangelio del Pseudo Mateo y el Evangelio Armenio de la Infancia. Es en este último, donde el número de magos se concreta en tres, pues en los otros documentos se habla de manera vaga de “unos” magos, de suerte que podrían haber sido dos, tres, doce o más. También nos revela sus nombres y origen: “Melcón (sic), rey de los persas”; “Gaspar, rey de los indios” y “Baltasar, rey de los árabes”. Y la fecha de la visita…sorpresa: no fue el seis, sino el “23 de tébeth o 9 de enero”.

En lo que los evangelios mencionados coinciden, es en la entrega de oro, incienso y mirra como presentes para el niño. Ahora bien, según de qué evangelio eche mano, comprobará que a tales dádivas se les suman monedas de oro, áloe, canela, perfumes, muselina, púrpura, cintas de lino, plata, piedras preciosas, perlas finas y libros escritos y sellados por el dedo de Dios (¿ve como la lectura es siempre buen regalo?). En algunos de esos textos, la generosidad de los Magos se extiende a José y María y también resultan obsequiados. En el Evangelio árabe de la infancia, la Virgen, que es muy cumplida, corresponde el agasajo con un pañal de su nene. Los Magos son zorastristas y adoradores del fuego, así que en un receso en el camino de vuelta, prenden una hoguera y ofrendan el pañal. Para su alegría, descubren que este es ignífugo, lo que reafirma su convicción de que Jesús es el mesías anunciado por la profecía de Zoroastro.

De entre todos los relatos apócrifos, el más caudaloso en detalles, es el Libro sobre la infancia del Salvador. Para deleite de chismosos, cotillas y entrometidos, ofrece párrafos salpicados de conversaciones de familia, cuyo contenido trasluce la personalidad de sus miembros, algunos desconocidos para nosotros, como Simeón, hijo de José. José ignora que Jesús no es hijo biológico suyo, y en el episodio que nos ocupa, tiene junto a Simeón, un papel protagónico. Es precavido y antes de admitir a los “adivinos” en la cueva, les interroga sobre sus intenciones. Intuye, por su atuendo, que son extranjeros y dice a Simeón: “Me parece incluso que son peregrinos, pues su modo de vestir es distinto del nuestro. Más aún su vestimenta es muy ancha y de color oscuro (…) llevan unos birretes en sus cabezas y calzan unos amplios pantalones como sin terminar”.

No sabemos cuántos de esos peregrinos estrafalarios se le presentaron en casa, pero sí que a través de sus explicaciones astrológicas, José descubrirá de sí mismo que es “el nutricio” del niño de Dios. Por razones no explicitadas, José no estima oportuna su presencia en la visita de Los Magos, pero no quiere perdérsela y se oculta en un escondrijo, desde el que sigue su desarrollo en tiempo real gracias a Simeón, que sí es testigo ocular. Este le informa que “de acuerdo con la costumbre de los bárbaros, adoran y besan uno a uno los pies del infante”. Llegado el momento de la entrega de los regalos, Simeón le hace saber que “de sus cofres le han ofrecido oro, incienso y mirra y han dado a María otros muchos dones”. A lo que José, políticamente incorrecto, exclama satisfecho: “¡Han hecho muy bien estos hombres al no besar gratis al niño; no como aquellos nuestros pastores que llegaron aquí sin regalos!".

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