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Crítica de la obra 'Una costilla sobre la mesa: Madre'

Crítica de la obra 'Una costilla sobre la mesa: Madre'. Amor, dolor, culpa, expiación y rebelión de Angélica Liddell ante la muerte de su madre

miércoles 18 de noviembre de 2020, 18:36h

Es una de las figuras más destacadas del teatro español de los últimos años. Los defensores y los detractores de Angélica Liddell son muchos y radicales. A Angélica se le ama o se le odia, no hay términos medios. Sus obras concitan siempre entre los espectadores el mayor de los fervores o el más enconado de los desprecios. Con su última y honda propuesta no iba a ser menos. Se trata de ‘Una costilla sobre la mesa: Madre’, que puede verse solo durante unos días (17, 18, 19, 20 y 21 de este mes), en los Teatros del Canal y dentro del 38º Festival de Otoño de la Comunidad de Madrid.

Angélica Liddell y Gumersindo Puche a través de su compañía Atra Bilis reúnen sobre el escenario veinte cuerpos, veinte almas, veinte artistas al servicio de una sola y profunda idea de dolor, de amor, de oración y de culpa que Liddell presenta en este hermosísimo al tiempo que lacerante montaje. Una oración teatral, una explosión de culpa y expiación donde la autora e intérprete expresa su amor y su dolor, su rabia y su desazón, su sentimiento de culpa por no haber sabido, podido o querido reconducir una intensa y extensa, tortuosa relación personal con su madre, fallecida hace ahora unos dos años. Además del texto, Liddell dirige el montaje y es también la diseñadora de la escenografía y el vestuario de la propuesta.

Y, como Juanito Valderrama expresaba en La hija de Juan Simón, Liddell comienza haciendo suyas las palabras del célebre cantaor cuyo lamento suena íntegro al comienzo del montaje mientras unas cuantas figuras totalmente envueltas en hábitos oscuros, van moviéndose lenta y acompasadamente por el escenario: “Cuando acabé mi condena / viví muy solo y perdido / ella se murió de pena y yo / que la causa he sido sé que murió siendo buena…”. A partir de ahí, y durante hora y veinte minutos, la palabra llena de dolor de Angélica, las imágenes de marcado carácter religioso y cristiano, el canto, la música, la danza, y la estética visual se adueñan del alma del público que asiste extasiado y perplejo a un espectáculo preñado de dolor, de luz (estupenda, sutil la iluminación de Jean Huleu), de música y cante, de oración (profunda y emocionante esa Ave María salida a capella de la garganta de Niño de Elche, o el Kyrie eleison final interpretado por una excelente soprano que no he sabido identificar), así como de un sonido celestial como el conseguido por Antonio Navarro.

Y Angélica Liddell, maestra de ceremonias, verdadera chamana de este rito iniciático y expiador, lanza al aire su rabia, su dolor, su desesperación mientras esas figuras, cubiertas hasta las cejas, desnudas como sus madres las parieron, o vestidas para cumplir con su papel en la ceremonia, inundan con su presencia el amplio escenario de la Sala Roja de los Teatros del Canal, convertido para la ocasión –tal y como enuncia la sinopsis del espectáculo-, en ese espacio íntimo y público a la vez que es un cementerio: “Vengo de quemar a mis padres, con tres meses de diferencia entre un cuerpo y otro cuerpo”.

Su literatura, sus montajes –también, por supuesto, ‘Una costilla sobre la mesa: Madre’-, crean la incomodidad de quien se acerca a ellos. No pretenden ser nada complacientes sino revolver las entrañas de lectores y espectadores, tratar de conducirlos a la esencia misma de la existencia, de la vida y de la muerte que, al cabo, son las cuestiones esenciales a las que tiene que enfrentarse todo ser humano y que trazan la verdadera igualdad de mujeres y hombres. Y en ella, alegría y dolor, belleza y fealdad, amor y desamor tienen siempre espacios propios.

Poesía, pasión, estética cuidadísima y una voz libre hasta las últimas consecuencias es la garantía de cualquier espectáculo que lleve el nombre de Angélica Liddell. Apasionante también ‘Una costilla sobre la mesa: Madre’, oficiante aquí como el Juan Simón de Valderrama, en “enterrador y vengo ay /de enterrar mi corazón”.

‘Una costilla sobre la mesa: Madre’

Texto, escenografía, vestuario y dirección: Angélica Liddell

Interpretación: Angélica Liddell, Gumersindo Puche

Cantaor: Niño de Elche

Bailarín: Ichiro Sugae

Ayudante de dirección y producción: Borja López

Diseño de iluminación: Jean Huleu

Sonido y vídeo: Antonio Navarro

Coproducción: IAQUINANDI., S.L., Théâtre Vidy-Lausanne, Festival Temporada Alta y Teatros del Canal

38º Festival de Otoño de la Comunidad de Madrid

Teatros del Canal, Madrid

17, 18, 19, 20 y 21 de noviembre de 2020

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