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8 de marzo: todas nosotras

8 de marzo: todas nosotras

lunes 08 de marzo de 2021, 14:06h

Siempre he sostenido que las mujeres tenemos que apoyarnos y que las voces de todas son importantes. El 8 de marzo no es solo una fecha. Es, principalmente, un espíritu. Ocho de marzo es todos los días del año, aunque cada año haya un solo 8 de marzo y convenga distinguirlo de los demás.

Ayer, mis hijas -Andrea, de 12 años y Cecilia, de 23- me preguntaron cómo pensaba “celebrar” el día 8 de marzo.

— De ninguna forma — les respondí tajante—. El 8 de marzo no se celebra, el 8 de Marzo se conmemora, que es muy distinto. Ese día recordamos que la igualdad entre mujeres y hombres es un bien todavía no alcanzado por nuestras sociedades. De ahí que las feministas preferimos que no nos dediquen frases del tipo ¡feliz ocho de marzo! Tampoco nos gusta que nos envíen flores. No es que no nos agraden las felicitaciones o las flores, a muchas nos encantan, pero no en 8 de marzo.

— Vale, entendido, mami. No te felicitaremos.

— Tampoco vosotras deberíais permitir que os feliciten. Es un día de reivindicación no de confeti. Cuando una causa se frivoliza o se comercializa, se convierte en una causa perdida.

Se miraron entre ellas. Ser la feminista oficial de la familia me ha hecho cobrar fama de cues-tio-na-lo-to-do entre algunos parientes. No sé si eso es bueno o malo para mis hijas, ni si las acerca o aleja de mis planteamientos. Pero ayer parecían dispuestas a formularme preguntas y a escucharme. Andrea intervino.

— Dime mamá, ¿por qué fue escogida la fecha ocho de marzo? ¿Desde cuándo se celebra, perdón, se conmemora?

Había retintín en su voz. Andrea está en esa edad difícil en la que las madres nos convertimos en seres prescindibles. No me gustó el tono, pero sí que dejase de lado el teléfono móvil y mostrase interés en conocer parte de la historia de las mujeres, de su historia, nuestra historia. Me pregunto cómo puede desarrollarse la autoestima de las mujeres si llegan a adultas ignorando lo que otras mujeres aportaron al pasado, si crecen sin que nadie haya dado valor a sus luchas. Por eso, siempre que tengo ocasión, hago ver a mis hijas que las mujeres hemos sido sujetos activos de la historia y que hemos estado ahí, aun cuando los libros de texto lo silencien y los programas de estudio oficiales no lo tengan en cuenta.

— El ocho de marzo, Andrea, fue instaurado por Naciones Unidas como Día Internacional de la Mujer Trabajadora en la década de los setenta.

— En esa fecha ya habías nacido tú, ¿no es cierto?

Para Andrea, que es adolescente, los años 1970 forman parte de la Prehistoria y estoy segura de que yo también. Sé que me sitúa en la categoría de criatura antediluviana, pero hay ocasiones en las que por alguna misteriosa razón me presta oídos. Supongo que el ser profesora de Historia me confiere algo de autoridad para abordar el pasado, aunque según ella, lo ignore todo sobre el mundo actual. Lo tengo difícil para competir con sus amigas. Soy su madre y, para colmo, alguien que se dedica a la Historia. Dos hechos que a su juicio me incapacitan para entender el presente.

Efectivamente, Andrea, en los setenta yo ya había nacido. Pero aun hay mucho más: antes incluso de que naciera la abuela, las mujeres ya habían decidido que era importante contar con un día específico de reivindicación. Quiero decir que antes de la I Guerra Mundial las feministas ya contaban con una fecha para hacer visible su lucha.

Al oír hablar de la I Guerra mundial, Cecilia, que acaba de licenciarse en Humanidades, se me quedó mirando con los ojos muy abiertos. A veces le cuento cosas que no ha estudiado en la Universidad y noto que le irrita que no se las hayan enseñado en la carrera. Me congratula su indignación. Significa que tiene conciencia de haber sido privada de algo que le pertenece.

— ¿Fechas?, ¿por qué empleas el plural, mamá? ¿Es que ha habido más de una fecha?

Ante la pregunta de Cecilia, Andrea volvió a sumergirse en los mensajes de texto. Tal vez presagiase que mi respuesta consistiría en una sucesión insoportable de efemérides. Me conoce mejor de lo que estoy dispuesta a admitir. A ella le pasa lo mismo conmigo.

— Las primeras en conmemorar su lucha fueron las socialistas norteamericanas — explique—. Ellas crearon el Woman´s day y escogieron el 3 de mayo en 1908 y 1909. A partir del año siguiente, eligieron el último domingo de febrero. Supongo que les convendría más, cada cual se organiza como puede. Otras fechas en el resto del mundo fueron el 19 de marzo a partir de 1911 para las mujeres alemanas, austriacas, danesas y suizas. Y el 1 de mayo para las suecas y las italianas. A su vez, las rusas señalaron el 3 de marzo en 1913 y las francesas el día 9 del mismo mes en 1914. Precisamente, en ese año, durante la conferencia de mujeres que precedió al Congreso de la Internacional de Berlín, las socialistas finlandesas, suecas y estadounidenses propusieron unificar la fecha de celebración del día de la mujer trabajadora, pero existían entre los países participantes tantas diferencias diferencias climáticas y de desarrollo industrial que no fue posible consensuar una fecha que conviniese a todas.

Por el rabillo del ojo vi a Andrea escribiendo en la pantalla de su móvil. Escribía a una velocidad de vértigo. Pensé que tenía unos pulgares prodigiosamente ágiles.

— Si no hubo acuerdo entre ellas, ¿quiénes y cómo decidieron que el día de la mujer trabajadora debía ser el 8 de marzo? ¿A quién se le ocurrió esa fecha y por qué? preguntó Cecilia.

— En realidad fueron los propios acontecimientos históricos.

— ¿Qué acontecimientos?

— Dos trascendentales: la I Guerra Mundial y la Revolución Bolchevique. Verás: el 23 de febrero de 1917, las mujeres de Petesburgo se echaron a la calle exigiendo pan para sus hijos y el regreso de sus maridos de las trincheras. En 1921, la II Conferencia Internacional de las Mujeres Comunistas reunidas en Moscú, adoptó el 8 de de marzo como día de la trabajadora en recuerdo de esa revuelta antizarista de febrero de 1917.

— No lo entiendo, mamá. Acabas de darnos dos fechas, una en febrero y la otra en marzo. ¿En qué quedamos? — protestó.

— ¿Por qué marzo y no febrero? ¿Por qué el 8 y no el 23? —preguntó Andrea para mi sorpresa. Me encantó verla atenta a su hermana y a mí en lugar de pendiente de Instagram.

— Supongo que ambas sabéis que en la Rusia de entonces se empleaba el calendario Juliano…

—¡Anda!, exclamó Cecilia. ¡Es eso! —rió.

— ¿Qué?— preguntó Andrea.

— Las dos fechas… 23 de febrero y ocho de marzo. ¡No son dos fechas, sino sola una!, son la misma— dijo Cecilia orgullosa de haber caído en la cuenta.

— ¿La misma fecha? ¿Cómo van a ser la misma fecha?

— ¡Claro!, hay trece días de diferencia entre el calendario juliano y el gregoriano. Eso significa que el 23 de febrero juliano coincidía con el ocho de marzo occidental.

Andrea continuó tecleando sobre la pantalla táctil.

Es extraño —añadió Cecilia—. En clase de Historia, siempre que en clase de Historia abordaba el ocho de marzo se nos decía que su origen está ligado al incendio en 1908 de una fábrica de Nueva York, donde murieron abrasadas obreras que reclamaban mejoras laborales. ¿Es que eso no es cierto, mamá?

—¡Click!

Andrea acababa de sacarnos una foto con el teléfono. Odio que me hagan fotos por sorpresa, pero no dije nada. Me limité a poner mala cara. Estaba tan entusiasmada hablando sobre el 8 de marzo, que decidí no arruinar aquel momento regañando a mi hija menor.

— Sí, Cecilia, el suceso del incendio fue real. Hubo un incendio y murieron 129 obreras. Sin embargo, ese no es el origen del ocho de marzo como día de la mujer trabajadora. Al menos, es lo que aseguran las sociólogas Liliane Kandel y François Picq y también la investigadora española Ana Isabel Álvarez González. Según ellas, después de la II Guerra Mundial resultaba incómodo para Estados Unidos y buena parte de Europa, que la internacionalización del ocho de marzo tuviese por base la revolución bolchevique. ¿Entiendes? Por eso, en 1975, Naciones Unidas revistió de oficialidad la historia del incendio de la fábrica de nueva York y cubrió con un velo de olvido los sucesos de Petesburgo.

— ¿Qué os parece si la cuelgo en mi muro?— preguntó Andrea, interrumpiendo nuestra conversación.

Me la quedé mirando con expresión recriminatoria. Sabía que había instalado Facebook en su teléfono y que para eso había mentido sobre su edad. Ya sé que mentir sobre la edad, fingir que se tienen más años, es típico de adolescentes, pero eso no significa que yo deba aprobarlo.

— ¿Qué es lo que vas a colgar?

Creí que pretendía colgar en su muro la foto que nos había hecho a mí y a su hermana. Sabe que no me gusta que cuelgue fotos mías.

— Qué va a ser? La historia del ocho de marzo…

—¿Y cuál de las dos historia vas a contar? —preguntó Cecilia intrigada.

— Las dos, por supuesto. Las dos historias son verdad. Todas esas mujeres, las de Nueva York y las de Petesburgo, lucharon por nosotras: no voy a dejar a ninguna fuera.

Me encantó su última frase: no voy a dejar a ninguna fuera. Lo dije al principio. ¿Se acuerdan? … que las voces de todas nosotras son importantes. Pues bien, otra mujer más en el mundo —mi hija Andrea— ya lo sabe.

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