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'André y Dorine': emoción y lágrimas con retardo

'André y Dorine': emoción y lágrimas con retardo

Salí del armario de la crítica teatral hace unos meses con la publicación de Teatro a ciegas (Ed. Esperpento, 2017) donde confesaba públicamente algo que solo sabían quienes me conocen directamente, mi ceguera prácticamente total, lo cual me lleva a ver el teatro desde otra perspectiva, claro está, pero ni mejor ni peor -esa es la tesis que sostengo en el libro citado- que cualquier otra de colegas a quienes, aparentemente al menos, no se le puede apreciar discapacidad alguna.

Después de unas seiscientas críticas publicadas en algo más de tres años en estas mismas páginas electrónicas de Diario Crítico, va a ser la primera vez que hablaré de un montaje al que he asistido -como en la mayor parte a los que acudo-, sin recurrir a información previa. Prefiero hacerlo después para percibir cuanto sucede en el escenario sin precontaminación intelectual alguna (por supuesto que esto es solo una forma de hablar). La metodología ha sido eficaz hasta que he acudido a ‘André y Dorine’, de la compañía de teatro de máscaras Kulunka, que estos días ha vuelto a Madrid, al Teatro Fernán Gómez, donde además va a estrenar próximamente -entre el 13 y el 29 de octubre- su espectáculo, Solitudes, trabajo que ya han paseado por medio mundo pero hasta ahora no había llegado a Madrid.

La fórmula del teatro de máscaras combina la gestualidad, la expresividad estética de las máscaras, una ambientación musical cuidadísima (en esta obra, de Yayo Cáceres), y la iluminación (Carlos Samaniego ‘Sama’), aunque tiene una extraordinaria dificultad porque en ella se prescinde voluntariamente de uno de los recursos más eficaces en el teatro, la voz humana. A cambio, su lenguaje se extiende a todos y en todos los lugares. Puede ser visto por niños, adolescentes, adultos y ancianos con idéntica eficacia, y lo mismo da también el idioma que hablen los espectadores que acuden a la función porque en ella no se pronuncia ni una sola palabra. Por eso Kulunka Teatro ha recorrido en unos cuatro años y con idéntico éxito de crítica y público, entre otros países, China, Francia, USA, Nepal, Taiwán, Siberia, Ecuador, Argentina, Cuba, Rusia, Finlandia o Turquía.

La idea del montaje surgió a raíz de una noticia que los integrantes de la compañía vieron en un diario sobre el filósofo André Gorz, hablando sobre el amor en la vejez. A partir de ahí, se fue construyendo la trama y se coló en medio de ella el tema del Alzheimer, el mejor vehículo para poder reflexionar acerca del pasado y del presente, de quiénes somos cuando empezamos a olvidar lo que fuimos.

Cuando hablamos de Kulunka citamos tanto a los tres estupendos actores que se esconden tras las máscaras, Garbiñe Insausti, José Dault y Edu Cárcamo, como a su director, Iñaki Rikarte. Juntos construyen una historia con un único gesto, el marcado en cada una de las tres máscaras de los actores y, por tanto, son los movimientos corporales de estos y los objetos quienes cuentan la historia en ‘André y Dorine’. La relación inicial entre ambos personajes la marcan el tecleo febril de una vieja máquina de escribir y el paso de hoja tras hoja por el rodillo. André, escritor, trabaja en ella sin descanso frente a Dorine, músico y apasionada también pero del violonchelo. La dificultad de diálogo entre ambos objetos, máquina e instrumento, es en realidad la misma que tiene el matrimonio. A partir de ahí, el espectador -sonriendo beatíficamente unas veces, llorando otras, y muy emocionado de principio a fin del montaje- asiste a la formación de la pareja, su boda, el alumbramiento de su único hijo y a la terrible aparición de la enfermedad en la mujer y -lo que aún es más tierno y conmovedor- el amor profundo, gratuito, interminable de André hacia Dorine

Tengo que confesar que, hasta que no terminó la función, no pude conocer todos estos extremos, justo cuando mi esposa, Carmen (@autenticoteatro es su nick en Twitter, donde también escribe de teatro), me reconstruyó brevemente la historia; entonces fue cuando afloraron en mi toda esa emoción, esas lágrimas y esa empatía que pude notar, y de forma generalizada, en la sala a lo largo de todo el espectáculo. Yo no podía aprehender, por razones obvias, casi nada de lo que estaba pasando en el escenario, pero era perfectamente conocedor de la obra de arte que tenía delante porque es difícil reunir tanto silencio, tanta atención tanta emoción reconcentradas en cientos de personas y hasta el mismo final. Los aplausos fueron cerrados, sentidos, emocionados y, después, percibí una circunstancia que no había vivido nunca antes en un teatro: los espectadores permanecieron algún tiempo sentados en sus butacas después de que los actores se retirasen del escenario y, finalmente, abandonaban lentamente sus butacas, como resistiéndose a resignarse a que tanta belleza, tanta sensibilidad pudieran acabarse en solo noventa minutos. Mi emoción, mis recuerdos y casi mis lágrimas se abrieron paso a partir de entonces, cuando fui mucho más consciente que nunca antes de la inmensa suerte que tenemos mi mujer y yo al haber sabido cimentar nuestra relación en el amor y de sostenerla con el teatro, hasta el punto de constituir una de nuestras más poderosas razones para vivir.


André y Dorine’

Dramaturgia: Garbiñe Insausti, José Dault, Iñaki Rikarte, Rolando San Martín y Edu Cárcamo

Dirección: Iñaki Rikarte

Intérpretes: Edu Cárcamo, Garbiñe Insausti y José Dault

Escenografía: Laura Eliseva Gómez

Vestuario: Ikerne Giménez

Máscaras: Garbiñe Insausti

Fotografía: Gonzalo Jérez

Vídeo: Aitor de Kintana

Ayudante de dirección: Rolando San Martín

Teatro Fernán Gómez (Madrid)

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