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Montesinos y Campos, dos grandes intérpretes de la obra de Abellán

'Ceniza': la ironía, el absurdo y la parodia como expresión de la tragedia humana

'Ceniza': la ironía, el absurdo y la parodia como expresión de la tragedia humana

jueves 04 de abril de 2013, 11:28h
Nada es lo que parece, pero las cosas, parece, pueden  revelarse para seguir igual. La soledad, la apariencia y la ambición ante todo se levantan sobre el escenario del Teatro Fernán Gómez como premisas de vidas que, marcadas por un rumbo a la deriva, son zarandeadas por el capricho del devenir: "A veces en la vida pasan cosas" y "no podemos controlarlo todo", dice Ramón Montes, el personaje que hace de padre en 'Ceniza'.
Quizá no todo sea solamente inconsistente. El ser humano puede hacer algo para sortear los envites del destino, aunque sea buscando refugio en la inacción, en la soledad o el olvido, como le ocurre al padre: "No quiero acordarme de nada". O en el reproche y la ambición taimada del hijo, en un espacio dramático, la casa, lugar de la "desestructuración" familiar y el catalizador de las fuerzas que se hicieron centrífugas y que convergen, tras la muerte de la madre, en un reencuentro trágico y revelador en el que la auténtica verdad aflora.
 
Tiene el autor, José Pascual Abellán, la habilidad de dosificar el verdadero conocimiento de lo que aconteció y lo que acontece en la vida de los personajes a través de la ironía, del absurdo y de la parodia para despertar la simpatía o la animadversión en el espectador que asiste movido por estas emociones a un mundo de pequeñas porciones de verdad que configuran la arquitectura de los personajes, cuya construcción se configura extraordinariamente elaborada y estructurada por sus intérpretes, Guillermo Montesinos y Antonio Campos, y el director de la obra, Lluis Elías.

El valor semiótico de lo efímero
 
Es necesario, asimismo, destacar la figura del padre. Hombre alcohólico, mujeriego y adúltero, supera el carácter tópico de estos personajes tipo, porque está enriquecido por su simplicidad al enfrentarse a las reprensiones del hijo, por su capacidad de comprensión y su liviandad adquirida cercana al escepticismo, para convertirse en un personaje singular y complejo (y exigente para el intérprete) a la vez.

Es, además, el padre, un vínculo necesario en el planteamiento general del montaje. Él es coleccionista de relojes, de velas, de infusiones. En definitiva, poseedor de todo un conjunto de objetos y enseres que determinan el valor semiótico de lo efímero y lo perecedero y que desfilan en la representación como signos adyacentes del paso del tiempo y de la extensión metafórica de la 'ceniza'.

  Y cuando todo es realmente, Ceniza adquiere la grandeza de la expresión de un mundo dramático que se destruyó en el pasado y que ofrece un presente en el que nada era lo que parecía con un tratamiento a veces grotesco que simboliza lo trágico en el ser humano.
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