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Entrevista con Ángel Fernández Montesinos, decano de los directores de escena españoles

Entrevista con Ángel Fernández Montesinos, decano de los directores de escena españoles

> “Si se hiciera bien, el género chico podría atraer también al público joven”

viernes 23 de octubre de 2015, 17:11h
  • “Los directores de escena nos llevamos siempre mejor con los autores muertos”
  • “Cuando un niño acude al teatro sale fascinado”
  • “Hacer un buen espectáculo es muy importante para crear afición”

Por José-Miguel Vila

Apostado allá arriba, en el gallinero del Teatro Romea de Murcia, con la mirada clavada en el escenario, un niño soñaba con que algún día iba a ser capaz de estar detrás de montajes como esos. Lo consiguió, porque unos años después Ángel Fernández Montesinos era el director más joven que había logrado estrenar en los teatros de Madrid. Hoy, más de medio siglo después, tiene otro record en su haber: el de ser el decano de todos ellos.

En su maratoniana carrera como director, Fernández Montesinos ha puesto en escena algunos de los más grandes textos de Lope de Vega, Mihura, Jardiel, Peter Shaffer, Ira Levin, George Feydeau, Pérez Galdós, Eduardo de Filippo, operetas de Franz Lehar, y más de una treintena de grandes obras de la lírica española, entre zarzuelas y género chico. En total, más de 160 montajes, adaptaciones y obras originales que jalonan una vida dedicada enteramente al teatro.

Cuando Ángel accede a hablar con nosotros, tiene en el cartel del Teatro María Guerrero una de las obras emblemáticas de Carlos Arniches, ‘Los caciques’, y todavía los medios de comunicación digitales y escritos siguen lanzando su juicio crítico. Cerca de nosotros, uno de sus colaboradores lleva un periódico bajo el brazo, que acaba de cerrar, después de hojearlo ávidamente y haberse parado a leer una de sus páginas. “¿Qué tal?”, le dice, y su joven colaborador se apresura a sonreírle al tiempo que le informa “Es buena”. “Entonces la leo. Las malas prefiero que me las cuenten…”.

J.M.V.- Llevar ya más de 50 años trabajando en un mismo oficio, el teatro, es hoy casi un milagro…

A.F.M.-Sí. Empecé precisamente en el Teatro María Guerrero, con ‘El Libro del Buen Amor’ en 1959. Era el director más joven en aquella época, ahora soy el más veterano… Tuve la suerte de coger los tiempos dorados del teatro, donde se podía hacer zarzuela, opereta, comedias musicales, inventar espectáculos… todo eso lo aproveché muy bien y por eso he hecho tantos títulos.

P.- Tu último montaje ha sido también en el María Guerrero, ‘Los caciques’, de Carlos Arniches. Pero esta no es la primera vez que te enfrentas a este texto…

R.-No. Ya en 2001 quise rendir homenaje al montaje que José Luis Alonso hizo también en este teatro en 1962, con figurines y bocetos de Mingote. Lo repusimos en 2001. No copiándolo, pero Mingote volvió a hacer los figurines y volvimos a hacer de nuevo el decorado. Entonces hicimos la versión íntegra con 22 personajes, dos descansos y tres decorados. Ahora eso es impensable tanto para el espectador como para el empresario de teatro. La versión actual la hemos hecho Juanjo Seoane y yo, y los hemos reducido a 9, pero hemos conservado lo más importante, lo esencial de la obra de Arniches, eliminando personajes superfluos. En esa época, tanto Muñoz Seca, como Arniches e, incluso, Jardiel Poncela, escribían muchas escenas secundarias que podían anularse perfectamente sin que afectasen a la trama principal de la obra. Recuerdo, por ejemplo, una comedia de Muñoz Seca en la que aparecían 10 señores en la taquilla de un cine, a punto de sacar la entrada, que ya no volvían a aparecer. Eso era, simplemente, un lujo de la época…

P.- ¡Qué tiempos aquellos...!

R.- En aquella época había 15 teatros en Madrid dedicados al género chico. Era la época de ‘El dúo de la africana’, de ‘La verbena de la Paloma’, ‘La Gran Vía’, ‘Agua, azucarillos y aguardiente’… ¡15 teatros! Pero ya no estamos ni en la España de Arniches, ni en la de los 60, ni en la del 2001. Con todo, yo creo que, si se hiciera bien, podría atraer también al público joven porque el género chico tiene imán, tiene gracia y, bien representado, tendría aceptación.

P.- ¿Qué proyecto -…confesable, al menos- esperas poner aún en pie sobre un escenario?

R.-Me gustaría repetir la época en la que hice, también en el María Guerrero, el Teatro Nacional de Juventudes, entre el año 62 y 77. Es la época más feliz de mi vida, en la que yo imaginaba espectáculos como, por ejemplo, ‘Platero y yo’, con música de Carmelo Bernaola, con un gran marionetista para hacer a Platero..., o ‘El pequeño príncipe’, que lo tuvimos más de un año en cartel y al que vino a ver la viuda de Saint Exupéry, a las últimas representaciones; ‘El pájaro azul’, de Maurice Maeterlinck. Aquella fue una época dorada…

P.- Esa es la mejor forma de hacer cantera: que la familia acuda junta al teatro (hijos, padres, abuelos…)

R.-Exactamente. Aquel no era un teatro para niños, sino para la familia. Y se daba la coincidencia de que, como el espectáculo estaba maravillosamente puesto en escena, acudía todo tipo de público. Recuerdo, por ejemplo, que cuando llevamos a París ‘La feria del come y calla’, de Alfredo Mañas y Carmelo Bernaola, con orquesta y actores, venía mucha gente mayor, sin niños, porque le fascinaba el espectáculo… Hacer un buen espectáculo es muy importante para crear afición. Eso me gusta mucho más que una bandada de niños de un colegio, que acuda esporádicamente a ver una obra y se ponga a gritar y chillar…

P.- Ya veo que te preocupa mucho el público joven, pero, ¿te interesas también por los autores jóvenes?

R.-Entonces vivíamos una lucha tremenda contra la censura y esa batalla hacía que los autores jóvenes de entonces escribieran mucho y bastante bien. Ahora, me parece que la gente que escribe se orienta más hacia la televisión porque ese sector es más productivo. Es una pena porque gente que inventa muy bien, que hace diálogos estupendos, al teatro lo tienen como un campo de mucho más difícil acceso y de mucha menor rentabilidad que el cine o la televisión. Pero eso está pasando en todos los países. Hay grandes autores de comedia que se dedican en exclusiva a la televisión. Pero, en fin, cada época tiene una respuesta distinta por parte de los creadores.

P.- Pero no creo que el teatro vaya a resentirse por ello después de más de 2500 años de historia…

R.-No lo creo yo tampoco, pero las costumbres de las gentes varían. Cuando yo vivía en Murcia, enfrente del Romea, íbamos al teatro a diario, porque la costumbre era esa. ¿Qué íbamos a hacer si no en casa? Oíamos radio, asistíamos a los programas dobles de cine, e íbamos al teatro. Los empresarios nos cultivaban, y cuando íbamos al teatro, nos anunciaban ya en el descanso lo que podríamos ver ya dentro de 15 días, de un mes y de dos meses, para ir encargando ya las localidades… En los descansos, la gente se hablaba, era un acto social, pero también constituía una necesidad para muchos espectadores…

P.- Almagro te rindió un hermoso homenaje en 2013. En general, ¿te sientes suficientemente reconocido por la escena y el público españoles?

R.-La verdad es que sí. Me siento muy bien tratado y querido por mis compañeros de profesión. Aquel fue un acto emocionante… Yo había empezado -en realidad, he comenzado muchas cosas en esta vida…- en el año 67 el Ciclo del Teatro Clásico de Almagro, con ‘El castigo sin venganza’, de Lope de Vega, que luego llevé a televisión con Luis Prendes y Paco Valladares, y para mí fue especialmente grato volver a Almagro.

P. Has trabajado con casi todos los grandes actores de tu tiempo… ¿Te ha faltado alguno?

R.- Pues creo que no... Desde Mary Carrillo, Concha Velasco, Esperanza Roy, Irene Gutiérrez Caba, Angel Picazo, Paco Valladares, -con quien, por cierto, hice por última vez ‘Las de Caín’, la opereta de Solozábal, en el Teatro Español-. Casi todos los grandes han trabajado conmigo.

P.- ¡Qué gran cantante y recitador era Valladares!

R.- Es cierto. Recuerdo que cuando hicimos ‘Mamá quiero ser artista’, hacía él un número imitando a Antonio Amaya y salía con una peluca, las manos llenas de sortijas..., y en el aplauso desaparecían y, unos momentos después, volvía a aparecer en una pasarela de cristal con un smoking maravilloso de lentejuelas cantando ‘La pasarela’, y la gente se quedaba impactada. Y cuando vino a verlo Inocencio Arias, muy amigo mío desde los tiempos del TEU de Murcia -y, por cierto, entonces era también apuntador- me dijo que ese número no tenía nada que envidiar a cualquiera de Broadway.

P.- Ya que citas a Inocencio Arias, déjame que volvamos al Romea, y dime, por favor, ¿por qué un niño como tú no se prendió dell cine?

R.- El cine de ahora, desde luego, tiene ganado al niño con la profusión de efectos especiales que despliega. Esa es una característica totalmente infantil del cine actual… Pero cuando viene un niño al teatro también sale fascinado. Hace unos días vi a uno de unos 9 o 10 años que quise abordar a la salida de la función y confirmé que se quedó absolutamente encantado con lo que vio. Lo había entendido todo y eso que está más que acostumbrado a ver tele, cine y todas estas cosas. Para los niños, todo lo que sucede después de levantar el telón es absolutamente deslumbrante. El silencio previo, la luz, la música, el telón... es mucho más impactante que el cine, aunque acaben yendo más al cine, lógicamente.

P.- Como amante del teatro musical, y después de decenas de espectáculos en tu haber, ¿qué nota media le pondrías al musical que se hace en nuestro país?

R.- Yo he visto 140 musicales entre Broadway y Londres y tengo anotaciones y referencias de todos ellos. Yo, lo siento mucho, los que se hacen en España procuro no verlos porque no son iguales… Son unos textos y unas músicas escritas para otra gente, para otros actores, que tienen otra dinámica de actuación. Desde luego, si no me aseguran que la puesta en escena española es muy buena, no voy. Pero, claro, los títulos norteamericanos e ingleses se van a acabar… El rey león, Mamma mía, Cabaret, Chicago… siempre son los mismos… Si empezamos a poner, por ejemplo, Gipsy, en España la gente no iría a verla, creo. ¿Y sabes por qué? Porque la gente que acude al teatro musical (sea lírico o no), le gusta cantar al mismo tiempo y si es una novedad musical absoluta, la gente acude, pero no en la cantidad suficiente como para amortizar un espectáculo de cierta envergadura.

P.- ¿Prefieres montar obras de autores ya desaparecidos, o no te importa lidiar con autores vivos?

R.- Los directores de escena nos llevamos siempre mejor con los autores muertos… (Ríe abiertamente), pero yo me he llevado siempre muy bien con los autores vivos. Pero hubo una época en que los autores vivos eran tan intransigentes, que había que escoger textos de los ya desaparecidos para asegurar que no iban a haber protestas…

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