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Hovik Keuchkerian, magnífico en 'Un obús en el corazón', de Wadji Mouawad

Hovik Keuchkerian, magnífico en 'Un obús en el corazón', de Wadji Mouawad

lunes 19 de enero de 2015, 17:12h
Hovik Keuchkerian. Anótese  bien en  su  agenda  este nombre  e  inclúyalo  en el apartado  de actores  de primera. Hovik Keuchkerian, aunque no lo parezca con ese nombre y ese apellido, es español, pero nacido en Líbano, de padre armenio y madre española. Su  castellano  es  tan perfecto como su árabe y, desde luego,  mucho mejor que el mío y el suyo. Es un actor de los pies a la cabeza (conste que  sobrepasa el 1,90 ), lleno de verdad, y   capaz de  trasladar al público  todas las emociones, sinsabores, frustraciones,  y sueños  que vive el personaje  al que  está dando vida ahora  en el Teatro Alfil  de Madrid (Pez,10).

Un nombre que confieso que  yo no conocía, que estuvo vinculado al deporte hace unos 20 años (primero  como jugador de baloncesto y luego llegó a ser profesional del boxeo  y hasta alcanzó  el campeonato de España en los pesos pesados  en 1993 y 1994) pero que ya está escribiendo con letras   medidas, firmes  y precisas  su carrera como actor. Seguro que si  Vd. ve la  TV con cierta frecuencia, ya ha podido  disfrutar de algunos  de sus personajes: en  la serie 'Hispania', como Sandro, el mejor amigo de Viriato (Roberto Enríquez). En la película 'Aracrán enamorado' o en la serie 'Isabel' (artificiero del ejército de Fernando el Católico).

Keuchkerian  es  Wahab  en  'Un  obús en el corazón', del escritor libanés  Wadji Mouawad. Una pieza autobiográfica en  la que el autor, durante hora y media, describe  todo el sufrimiento  interior  que  atraviesa un hombre, Wahab, al recibir  una llamada  telefónica de su hermano, confirmándole que su madre está en estado critico  en la habitación de un hospital , con un cáncer terminal. A partir de ahí, Wahab rememora  sus  vivencias  desde   que era  solo un adolescente de 14 años , en un país en conflicto y en donde, entre otros muchos horrores, vio como  un   hombre bomba  hacía saltar por los aires  un  autobús  lleno de escolares.

Estremecedor

Hovik Keuchkerian comienza el monólogo del  único  personaje de  'Un obús en el corazón'  con una sencillez, una resignación, una profundidad   y un  dramatismo  que encoge  las entrañas  del espectador. Sus primeras  y entrecortadas palabras  son estas:  "Nunca se sabe como empieza una historia...  Cuando empieza una historia y esa historia te pasa a ti... no se sabe... Tampoco cuando estás metido. No sabes como acabará Antes, antes,..."  Y así durante hora y media, y  adoptando   en ese continuo e interminable  monólogo  la personalidad  del Wahab de hoy,  del    Wahab       niño  y el  Wahab adolescente, pero también la de todos los interlocutores   a los que se va refiriendo en su historia:  el conductor del  autobús,  un   Papá Noel  que se encuentra por la calle,   su tía gorda -que no para de  decir inconvenientes incluso con su hermana moribunda a su lado-,  su   madre,  un  señor al que le cuenta su historia, cuando se va de casa con 14 años y, finalmente, a  la muerte.

Todo el equipo   artístico y técnico de la compañía  pone su  conocimiento  al servicio de la historia  de  'Un obús en el corazón', comenzando por  la dirección de  Santiago Sánchez, y  continuando  con la escenografía austera  de Dino Ibáñez (apenas un sofá  que  luego se convierte en cama, y una silla) el  también sobrio vestuario de Elena Sánchez Canales, la luz  precisa  (azules, naranjas y rojas)  en cada momento  para intensificar  la sensación frío, calor, abandono,horror...., de Rafael Mojas  y   el  diseño de sonido de José Luis Álvarez. 

Mouawad, el autor de  'Un obús en el corazón' ha sabido  rescatar  en un texto  tan bello como conmovedor  al hombre, al niño   y al poeta   que lleva dentro  y Hovik Keuchkerian  lo ha interpretado  de dentro  afuera. Cada gesto, cada palabra,  cada silencio  y cada movimiento le salen del alma. No es  extraño  que   al  terminar la función, después de  bajar  del escenario por las mismas cuatro escalerillas  que subió al principio, y tomar  el camino de la puerta de salida del teatro, la música evocadora  que  sigue sonando  mientras  las luces  van poco a poco   atenuándose, dejen  encogidos a todos los espectadores  que  aún permanecen   20, 30 o 40 segundos  escuchando  esa tristísima melodía  de piano, sin atreverse a romper ese momento mágico  con  aplauso alguno. Al final, y a modo de catarsis, los  más de 150 espectadores que llenaron  la sala  Alfil  irrumpieron en aplausos , con la lágrima  contenida por  haber podido asistir  tan de cerca  a  un  momento  exquisito, genial, soberbio  de vida, de teatro, gracias a   este hombre  que nunca olvidaré: Hovik Keuchkerian.

Por cierto, y  como punto final  de lo que pudimos vivir en el Alfil  (si acude  Vd., no olvide llevar ropa  de abrigo, casi de montaña, porque  el teatro parece un  frigorífico)  podrá saludar personalmente  al actor  que, una vez terminada la función,   estará en la  puerta  de salida  agradeciendo a  todos y cada uno de los espectadores  haber elegido   esa obra  para   acudir al teatro. Nunca antes  lo había visto  y  le aseguro  que  son ya más de 40  los años que llevo acudiendo al teatro. También por este gesto  me quito el sombrero  ante   un   magnífico, un extraordinario actor  que, además, y con gestos como este, demuestra que es también un gran hombre.
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