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'Vientos de Levante': la vida misma al borde de la bahía de Cádiz

'Vientos de Levante': la vida misma al borde de la bahía de Cádiz

martes 28 de febrero de 2017, 08:48h

Carolina África sigue dibujando sobre el escenario las zonas más íntimas de las relaciones humanas y demuestra una vez más que sabe diseccionarlas muy bien. Ya lo hizo en ‘Verano en diciembre’, que pudimos ver la temporada pasada, y ahora hace otro tanto sobre el Teatro Español de Madrid con ‘Vientos de Levante’,una pieza que comienza con humor gaditano, incisivo, inteligente y sin aparentes pretensiones que, sin embargo, desemboca muy pronto en una profunda reflexión acerca de la vida, de los embates que nos plantea, de los retos que nos obliga a superar o, al menos, a enfrentar. La moraleja surge sola: de la dignidad y del sentido del humor con la que se afronten depende que el final sea más o menos feliz. Aún sabiendo que, para los unos y para los otros, los valientes y los cobardes, ese final adopta la misma forma: la muerte.

Cuatro historias se entrecruzan en escena. Una escena dominada por una luz cegadora-sorprendente -el diseño de Luz E.T.-, que solo se diluye en los atardeceres y los amaneceres de la bahía de Cádiz, que adquiere así también la condición de protagonista de la obra. Y, claro está, no se puede hablar de Cádiz sin pasar por esa pesadilla cíclica e inevitable que es su viento. Aunque la cosa va de viento, no se trata de la tramontana, ni los vientos alisios, ni el cierzo, ni el monzón, ni el viento de poniente, ni siquiera el de levante… El título del montaje va en plural (‘Vientos de Levante’), en hermosa metáfora construida por Carolina África, que aquí ejerce de todo, dramaturga, directora de escena y actriz, para afirmar que un mismo viento, el levante, afecta de modo muy distinto a nuestras vidas, aunque, también y al tiempo, provoque molestias comunes: ventiscas de arena, dolores de cabeza, bajadas de tensión arterial, y azote a discreción los cristales de todo hijo de vecino.

Por aquí aparecen y desaparecen, en hermosos y ágiles cuadros escénicos -a veces sucesivos, otras simultáneos-, una periodista frustrada que quiere ser escritora; una psicóloga pluriempleada en una casa hogar de enfermos mentales (“mis loquitos”, les llama cariñosamente su terapeuta…), y en un hospital en el área de cuidados paliativos a enfermos terminales; falsos biólogos y policías que ocultan su identidad; vendedores de mecheros de playa y enfermos mentales, y un joven afectado seriamente de ELA -esclerosis lateral amiotrófica- que no quiere saber nada de su familia, compuesta por su insoportable hermana que, a pesar de todo, acaba dando con su paradero, y una madre omnipotente que, aunque no se deja ver, extiende su sombra de poder y de influencia sobre sus dos hijos hasta la misma bahía gaditana. A todos ellos dan vida unos también estupendos Trigo Gómez, Paola Ceballos, Jorge Mayor y Pilar Manso.

Con rumores de olas que vienen y van -sugestivo espacio sonoro el de Nacho Bilbao-, las músicas de chiringuito que incluyen hasta versiones flamencas del Take this waltz, de Leonard Cohen, y en una playa llena de blanca arena, unas cuantas sillas repartidas por el escenario conforman los distintos ambientes en donde se suceden las historias que, como las vías del tren, se entrecruzan en algún momento. La sencilla escenografía ha sido diseñada por Almudena Mestre, y ha vestido a los personajes Carmen Mestre.

Ainhoa (estupenda Carolina África), una escritora que atraviesa una verdadera crisis personal y profesional, viaja en tren hasta Cádiz para aprovechar a tope sus vacaciones y visitar a su amiga Pepa, psicóloga. En el tren de ida conoce a una mujer muy poco agradable que se ofende por el hecho más nimio, incluido que Ainhoa no le ceda su asiento de ventanilla, que durante tanto tiempo había perseguido para echar alguna que otra cabezada en el largo viaje. Allí, Ainhoa conoce también a un viajero con el que luego vuelve a encontrarse en la playa y, ya en Cádiz, también a Sebastián, un enfermo de ELA que trata de exprimir la vida hasta el fondo porque no desconoce que su final es tan cierto como duro…

Todos los personajes de ‘Vientos de Levante’ son cotidianos, como entresacados de nuestras vidas, y con los cuales es muy fácil identificarse. Sus cuitas, sus obsesiones y debilidades, son también, y en buena medida, las mismas que las de todos los espectadores que asisten entre divertidos y sorprendidos a las pequeñas y grandes historias de Ainhoa, Pepa, Sebastián, o la del joven biólogo que luego resulta no ser tal. Pequeñas historias que, juntas o por separado, acaban conformando nuestras vidas, salpicadas unas veces de humor y otras de desgracias, con las que, querámoslo o no, tenemos que seguir adelante. Y en escena hay cabida para el amor, el desamor, la traición, el engaño, la amistad, el dolor, la enfermedad, la alegría, la música, las manías, las confidencias, la amistad o la familia.

‘Vientos de Levante’

Texto y dirección: Carolina África

Intérpretes: Trigo Gómez, Carolina África, Paola Ceballos, Jorge Mayor y Pilar Manso

Ayudante de dirección: Laura Cortón

Una producción de La Belloch Teatro

Teatro Español, Madrid

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