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‘Incendios’: amor, horror y silencios
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‘Incendios’: amor, horror y silencios

sábado 01 de octubre de 2016, 11:37h

Libanés de origen, francófilo por formación, y canadiense de adopción, Wajdi Mouawad es autor teatral, director de escena, actor, novelista y realizador de culto. Sus obras han sido traducidas a 20 idiomas y se leen o se representan en medio mundo. Uno de sus textos más celebrados, ‘Incendios’, dirigido ahora por Mario Gas, sirve al Teatro de La Abadía para abrir temporada. El listón que se ha autoimpuesto el ya veterano teatro dirigido por José Luis Gómez, no puede ser más alto. Se trata de un montaje memorable, extraordinario, antológico.

Al hecho, desde luego, contribuye también -¡y mucho!- la acertada elección del director a la hora de conformar el elenco de la obra. Nuria Espert, Ramón Barea, Laia Marull, Edu Soto, Carlota Olcina, Alex García, Alberto Iglesias y Lucía Barrado se suceden en escena durante las más de tres horas de duración del montaje, con un breve descanso. Son ocho inmensos actores llenos de vigor que se revuelcan sin pudor en mares de tensión, pasión, poesía, dolor, amor, horror y silencios; silencios que dicen más que las palabras, y palabras hermosa e inteligentemente trenzadas por Wadji Mouawad y enmarcadas de forma genial por Mario Gas, en el que probablemente sea su mejor montaje. Este ‘Incendios’ es, sin duda, uno de esos trabajos que hacen historia sobre el escenario porque en él se han dado cita todos los dioses del Olimpo para poner ante el espectador un enorme montaje -a veces descarnado, trágico y horrible, pero al final esperanzador- sobre la condición humana, capaz de protagonizar al tiempo los hechos más despreciables y brutales que imaginar se pueda, pero también de las mayores gestas personales y colectivas.

‘Incendios’ cuenta tres historias íntimamente relacionadas entre sí: la de la joven Nawal desde que se enamora de Wahab y se queda embarazada, hasta su muerte; por otro lado, la historia de ese primer hijo, del que la separan nada más nacer y a quien busca obsesiva, frenética e incansable, durante toda la vida; y, por último, una segunda búsqueda emprendida ahora por sus hijos gemelos para llegar a la verdad del pasado de su madre, Nawal.

Las huellas de la guerra

La escenografía, de Carl Fillion, es sencilla, minimalista, elegante, perfecta. Con un fondo que sirve de pantalla donde se proyectan imágenes fascinantes, contundentes, llenas de fuerza (a cargo de Álvaro Luna); en primer término el espacio se divide entre el despacho del notario, un teatro, un orfanato -el de Kfar Rayat-, los campos de guerra, la casa de los padres del notario, el ring del boxeo, la prisión, el museo, la casa de la abuela, el Palacio de Justicia... Escenarios todos por donde discurren las huellas de unas vidas marcadas por el horror de la guerra, en donde la tragedia política y la humana se confunden en este relato estremecedor, que conmueve hasta las últimas entrañas del espectador.

En la primera parte del montaje (El incendio de Nawal y El incendio de la infancia),todo empieza en el despacho del notario, los dos gemelos, Jeanne y Simón, asisten a la apertura del testamento de su madre, Nawal, que les ha dejado un cuaderno rojo, una chaqueta de tela verde y dos sobres que comportan una petición que afectará radicalmente a sus vidas (“La infancia es un cuchillo clavado en la garganta. No se la arranca una fácilmente”). Cuando se quedan solos, la gemela intenta hacer entender a su hermano -boxeador amateur al que no le gustan los líos-, algunas cosas esenciales para sus vidas, en una improvisada clase de matemáticas y grafos. “¿Cuál es el lugar que ocupo en el polígono?”, se pregunta, una vez que conoce el testamento y decide abandonar su doctorado y dedicarse a la busca de su otro hermano mayor. Todo discurre en 2002, pero los flashbacks son permanentes a lo largo del montaje. “Lucha contra la miseria, o cae en ella”, le dice la abuela Nazira, a una Nawal joven y embarazada por amor. “Aprende a leer, a escribir, a contar,... A pensar”. Y Nawal acaba cumpliendo la promesa que había hecho a su abuela, Nazira, de grabar su nombre en la lápida de su tumba. “Una palabra, y todo se ilumina”, dice Sawda a su amiga Nawal.

El incendio de Janaame y el incendio de Sarwane son las dos partes en que se divide la segunda mitad del montaje. Entre el comienzo de la trama y el final, discurre un cuarto de siglo, periodo en el que Nawal no deja de buscar al hijo que le arrebatan al poco de nacer (“Pase lo que pase, te amaré siempre”, le dice a su hijo recién nacido). La acción se traslada ahora a un museo que antes había sido una prisión. El núcleo del museo está en torno a una celda, la número 7, en donde había estado la presa número 72, ‘la mujer que canta’, la propia Nawal, que acaba siendo torturada y violada por Abu Tarek, uno de esos productos de las guerras que convierten a cualquiera en una máquina de matar, en un carnicero despiadado y cruel…

Festival de belleza

Estos ‘Incendios’ de Wadji Mouawad se producen en las conciencias de todos y cada uno de los espectadores que acuden a este hermosísimo montaje de Mario Gas, avivados por el trabajo de una excelsa Nuria Espert (¡qué gran mujer, qué gran actriz, qué gran persona!), soberbia en esas dos escenas -la del juicio- y -la del grito desgarrador- cuando descubre al propietario de la nariz de payaso; secundada por unos magníficos Ramón Barea (antológicos sus personajes); Laia Marull (fascinante, conmovedora,inmensa Nawal); Edu Soto (genial su francotirador, obsesionado con la fotografía) mientras suena ‘Roxanna’, de The Police,y, más tarde, cantando ‘Mother’, de Lennon); Carlota Olcina; Alex García; Alberto Iglesias y Lucía Barrado (maravillosa Sawda, con una voz dulce y profunda en un magnífico ‘lamento’).

La intensidad que alcanza esta tragedia del siglo XXI de Mouawad es épica, a la altura de los más grandes clásicos griegos o romanos (Eurípides, Sófocles, Esquilo, Séneca…). La densidad y profundidad de sus diálogos enmarcados en una escenografía, una luz (de Felipe Ramos) y un espacio sonoros (de Orestes Gas, hijo deldirector) tan geniales como limpios, dan al montaje el carácter de único, imprescindible y de necesario disfrute para el espectador. Las más de tres horas de duración, de verdad, dejan en él la sensación de que apenas sí han pasado unos minutos, de haber sufrido un fraude descomunal que, solo después de mirar el reloj, comprueba que el tiempo es solo una vana ilusión que nos empeñamos en encarcelar en la esfera de un reloj y de que “El silencio siempre llega después de la verdad”…

Pero esto no ha hecho más que empezar porque, afortunadamente, Mouawad estará presente en Madrid durante esta temporada, además de ‘Incendios’, con la puesta en escena de ‘¡Des mourants: Inflamation du verbe vibre!’ en el CDN y ‘Un Obús en el corazón’, en

Teatros del Canal, que ya pudimos ver también en otra sala de Madrid a principios de 2015 (http://www.diariocritico.com/ocio/teatro/critica-de-teatro/critica-teatral/470618).

‘Incendios’

Texto: Wajdi Mouawad

Traductor: Eladio de Pablo

Dirección: Mario Gas

Intérpretes: Ramón Barea, Lucía Barrado, Nuria Espert, Álex García, Alberto Iglesias, Laia Marull, Carlota Olcina y Edu Soto

Vestuario: Antonio Belart

Fotografía: Ros Ribas

Ayudante de dirección: Montse Tixé

Una producción de Teatro de La Abadía e Ysarca S.L. en colaboración con Teatro del Invernadero

Teatro de La Abadía, Madrid

Hasta el 30 de octubre

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