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Universos paralelos, sutiles, profundos y poéticos de 'Constelaciones' en un montaje de Fernando Soto

Universos paralelos, sutiles, profundos y poéticos de 'Constelaciones' en un montaje de Fernando Soto

miércoles 18 de marzo de 2015, 20:04h

Un jovencísimo dramaturgo británico, Nick Payne, 28 años, estrenó  en 2012 la que es su única obra sobre el escenario, al menos, que sepamos: 'Constelaciones'. Está representándose simultáneamente  ya en varios teatros del mundo (Nueva York y Londres, incluidos). A España llegó hace ahora un año a  la Sala Kubik Fabrik de Madrid de la mano de Fernando Soto, que dirige el montaje. Desde el principio   sostienen la obra -y les avanzo ya que no es nada fácil- dos  fabulosos actores: Inma Cuevas y Fran Calvo. Desde entonces, han  girado por unas cuantas ciudades españolas y de nuevo vuelta a  Madrid. Ahora ha recalado en el Teatro Lara, aunque muy pronto  volverá a viajar.

La obra de Payne es extremadamente curiosa y las circunstancias  que hicieron que recalara en nuestro país, aún más. Al final les contaré, pero déjenme que  antes les sugiera algo muy poco habitual  en los críticos. Pinchen en el enlace que les pongo a continuación y, cuando suene el 'Pequeño vals'de Marlango, sigan leyendo la crítica. Así entraremos mejor en escena:  https://m.youtube.com/watch?v=G7Hk-JiYo9A

Es la única música que suena en una pieza de unos ochenta minutos  de diálogo entre una pareja que acaba de conocerse, que crea unos vínculos progresivamente más cercanos, más intensos y a los que la vida llega a ponerlos, incluso, ante la muerte porque a ella le detectan un tumor en el cerebro, es sometida a quimioterapia y parece que no hay ya nada que hacer...   

Entre el comienzo y el que parece que pronto será el final de la relación han sucedido mil situaciones, mil historias, mil posibilidades,  aunque podrían haber sido otras  tantas, y con desarrollos y conclusiones también distintos: "Imagínate lanzar un dado 6.000 veces", dice Marianne a Roland cuando se conocen. "¿Qué pasa después? Quién sabe... entre nada y todo las posibilidades son infinitas".

En la relación entre Marianne, una profesora universitaria de física cuántica, y Roland, un apicultor urbano (un encuentro casual, vamos a tomar una  copa, una barbacoa...), las cosas sucedieron así, pero podrían haber sucedido de muchas otras maneras. Todas esas múltiples, casi infinitas, posibilidades es lo que hay que representar  en una pieza sin acotaciones originales del autor. Ese es el mayor  problema que Fernando Soto tenía sobre la mesa antes de poner en pie esta ópera prima del joven dramaturgo inglés a la que ha dado la solución más inesperada y sutil de las posibles, ya que está basada  únicamente en la respuesta de los actores (palabra, movimiento y gesto), y en el que el diseño de luz se constituye casi en un nuevo personaje,  y sin más sonidos que un inquietante zumbido de abejas,  fruto de la febril actividad en los enjambres en varios momentos de la obra y esa canción de Marlango que le he sugerido que escuche  mientras lee (por cierto, habla del universo, de las constelaciones y  que termina diciendo "quiero una Vía Láctea para mí").

¿Qué hubiera pasado si...?

Sobre el escenario no hay más que un estor blanco, situado en el centro, que cuelga del techo y llega hasta el suelo, y que limita así  su profundidad y lo reduce a un largo pasillo en el proscenio, en cuyos extremos hay dos gabanes de noche y unas copas y vasos con un líquido verde, que recuerda al color de la quimioterapia. La escenografía y el diseño de luz es de The Blue Stage Family.

El resto -es decir, casi todo-, depende de la actuación de Fran Calvo e Inma Cuevas que, en 60 escenas sucesivas -muchas de ellas con  texto casi idéntico-, que obligan a los actores a tener transiciones  súbitas entre el drama y la comedia, entre  el dolor, la contrariedad, la duda, el cabreo, y la sonrisa, la esperanza o un nuevo plan. La labor de Antonio Gil en el movimiento escénico es fundamental para la excelente resolución de estos cambios tan bruscos. Ambos tienen que ir evolucionando cada escena que se repite. Eso es lo que parece a primera vista, pero siempre hay un matiz, una palabra, un gesto, que añade algo que la hace distinta. Un trabajo  impresionante el de los dos actores, Inma y Fran. A la primera se lo han reconocido unánimemente sus compañeros de profesión, que le han otorgado hace solo unos días el premio a la mejor actriz protagonista de la temporada  pasada, y que, perfectamente, podrían haber hecho otro tanto con Fran porque este montaje es imposible  llevarlo adelante sin ser también un actor fuera de serie.

Vidas no hay más que una, pero hay mil formas de vivirla ("si todo lo que voy a hacer en mi vida ya existe, entonces qué sentido tengo yo?", se dice en un momento  Roland). Eso es lo que parece  transmitirnos el texto de Payne, que contrapone las posibilidades de  aciertos y errores humanos con la determinación, la inflexibilidad, la certeza de movimientos de las abejas que, en su corta pero fructífera vida, conocen a la perfección sus funciones, sus movimientos para  conseguir el fin colectivo de generar la mejor de las mieles.

La vida, nuestra vida, es efímera y solo nosotros, los humanos,   tenemos conciencia de ello, lo que nos hace ser los animales más evolucionados de la naturaleza. El teatro también lo es y, acaso por eso mismo, hay que exprimir cada momento de la vida y del teatro, que es justamente lo que sucede en 'Constelaciones'. "Tú, cuando yo me vaya, tendrás todo nuestro tiempo", termina diciendo Marianne a Roland. Sí, pero con su tiempo Roland tendrá otra vez miles de posibilidades de pensamiento, de acción..., de libertad, que es, en definitiva, nuestra grandeza y nuestra miseria.

Pero habíamos prometido contar algo más sobre la generación del montaje. Entre esas posibilidades casi infinitas de acción y de omisión a las que nos hemos referido ya, también hay cabida para el azar, las estrellas, las constelaciones. Los actores, amigos dentro y fuera del escenario, contaron la noche del 16 de marzo, fecha del encuentro  con el público -esta moda tan interesante que se ha adoptado  últimamente en nuestros teatros-, que uno y otro compraron sendos ejemplares del texto de Payne, en momentos distintos, por separado  y sin conocimiento mutuo, en la misma librería de Londres y que un buen día se comunicaron que habían descubierto un gran texto para  intentar llevar al escenario y cuando intercambiaron sus libros, resulta que se trataba del mismo título: 'Constelaciones'. Pero el azar no termina ahí. Ambos averiguaron después que el joven Nick Payne, había sido dependiente en esa misma librería que ahora, dedicado  full time al oficio de escritor, alberga también sus obras dramáticas.  Estaba escrito en las estrellas.

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