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'Penal de Ocaña': La honestidad personal como bandera
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'Penal de Ocaña': La honestidad personal como bandera

Decía Antonio Machado en su Autorretrato que “Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla/ un huerto claro donde madura el limonero;/ mi juventud, veinte años en tierra de Castilla;/ mi historia, algunos casos que recordar no quiero…”. No es ese el caso de Ana Zamora, alma mater de esa excelente Nao D’amores, con quien navega ahora hasta el mismo ‘Penal de Ocaña’, en un montaje que puede verse en el Teatro de La Abadía hasta el próximo 8 de mayo.

El montaje toma como base la memoria de su abuela, la filóloga y escritora María Josefa Canellada, estudiante de Filosofía y Letras en Madrid cuando estalló la Guerra Civil. En ese momento, Canellada, movida más por el compromiso ético, que político, dejó los estudios y se ofreció como voluntaria para ayudar a las víctimas del conflicto en el hospital de Izquierda Republicana y, más tarde, en el hospital de sangre que se había instalado en la antigua sede del Penal de Ocaña. Cuando terminó la Guerra, la filóloga acabó plasmando aquella experiencia tan íntima y personal en la novela ‘Penal de Ocaña’, que fue finalista en 1954 del premio Gijón, y que ahora es la base del monólogo que ha dirigido su nieta, Ana Zamora, que en estos días celebra sus 15 primeros años con Nao d’amores.

Ana Zamora descubrió un día un cuaderno con los diarios de su abuela María Josefa, que contenía la novela íntegra... Y con los diarios, una serie de documentos que le han ayudado a componer el personaje que ahora encarna la actriz Eva Rufo, en una composición tan visceral que conmueve al espectador desde el mismo momento en que las luces descubren el escenario donde discurrirá el monólogo que protagoniza junto a Isabel Zamora, que desgrana en vivo y en directo melodías y sonidos evocadores desde un piano de pared, que itinera por el escenario con las dos artistas.

El único atrezzo que compone la casi desnuda escenografía de ‘Penal de Ocaña’ es una maleta, con las prendas mínimas que la joven estudiante reúne urgentemente para viajar de Madrid a Ocaña, y un pequeño piano que irá moviéndose sobre ruedas, convirtiéndose en improvisado tranvía, para fijar los tres espacios donde discurre la obra: el hospital de Madrid, el penal de Ocaña y de nuevo Madrid, en un espacio temporal que va desde el comienzo de la Guerra Civil hasta octubre de 1937. En la maleta lleva dos únicos libros: la ‘Biblia’ y la ‘Ilíada’.

En el montaje, además de las estupendas interpretaciones (actoral y musical, respectivamente) de Eva Rufo e Isabel Zamora, adquieren una importancia decisiva el estupendo diseño de iluminación (firmado por Miguel A. Camacho y Pedro Yagüe), y la dirección musical de Alicia Lázaro, que incluye piezas de Falla, Chopin, Schubert y otros autores románticos y renacentistas, y el original espacio sonoro creado a partir de los sonidos del instrumento, que van desde el traqueteo de ese tren o tranvía, hasta las campanadas de una iglesia, o el reloj de una torre.

El resultado final de esos pocos mimbres, excelentemente manejados por Ana Zamora, es una pieza deliciosa, exquisita, llena de sensibilidad, pero sin concesión alguna a la sensiblería o al escoramiento hacia uno u otro lado, tan recurrente en los últimos años en esta carrera tan poco ortodoxa y alejada de la Historia (con mayúsculas) de un cierto revisionismo que prima la revancha frente al rigor histórico.

La grandeza del montaje, que desde luego, pongo como prototipo de lo que debe seguirse en la senda de este tipo de espectáculos, estriba tanto en la verdad desnuda de lo que cuenta una mujer, cuya mayor virtud es su honestidad intelectual y ética (sufre por cada paciente que se le muere en el hospital, sea del bando que sea), que hace posible que ella misma ponga un límite a su aportación a la causa por la que lucha. Eso la convierte en referente moral, no solo de un bando, sino de todos.

Esta historia personal, rigurosa y primorosamente adaptada, tiene en Eva Rufo, una actriz impresionante, el complemento necesario para que la historia emocione al espectador con la fuerza y la pasión de su palabra y la elegancia, el empuje, el entusiasmo y el dolor que muestra su cuerpo y su gesto. El montaje, sin duda, es un tan arriesgado como certero salto mortal de Nao d’amores en su joven pero intensa y fructífera vida como compañía de teatro coherente, rigurosa y ejemplar.

Enhorabuena, pues, a Nao d’amores por su ‘Penal de Ocaña’, emotivo y modélico homenaje a tantas y tantas heroínas anónimas de uno y otro bando a quienes no mató, hirió o hizo padecer la propia Guerra, sino la sinrazón de quienes la hicieron posible…

Porque, al fin y al cabo -y volvemos de nuevo a Machado- la vida son cuatro días y todos, como el poeta sevillano, debiéramos ir ligeros de equipaje: “…Y cuando llegue el día del último viaje/ y esté a partir la nave que nunca ha de tornar,/ me encontraréis a bordo ligero de equipaje,/ casi desnudo, como los hijos de la mar”.

‘Penal de Ocaña’

Texto: Ana Zamora (basada en la novela del mismo título de María Josefa Canillada)

Dirección: Ana Zamora

Intérpretes: Eva Rufo e Isabel Zamora

Voz y palabra: Vicente Fuentes

Espacio escénico: David Faraco

Vestuario: Deborah Macías

Producción: Germán H. Solís

Ayudante Artístico: Pilar Peñalosa

Teatro de La Abadía, Madrid.

Hasta el 8 de mayo de 2016

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