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Vanessa Rabade
Vanessa Rabade (Foto: Vanessa Rabade)

'Todo el tiempo del mundo': el tiempo, según Pablo Messiez

viernes 02 de diciembre de 2016, 10:34h

El tiempo y los recuerdos han sido la inspiración de ‘Todo el tiempo del mundo’, la última obra de Pablo Messiez (1975), uno de los más claros referentes actuales del teatro en español, que ahora se representa en Matadero, y, en concreto, en la Sala Max Aub de las Naves del Español. El autor sintetiza su empeño en estas palabras: “Si el pasado está hecho de relatos y el futuro está hecho de deseos, ¿en qué lugar entre las palabras y las cosas se encuentra nuestro presente?”. Una pregunta difícil de responder desde el punto de vista filosófico y más aún en términos dramatúrgicos.

El texto de ‘Todo el tiempo del mundo’ está inspirado libremente en la vida del abuelo del autor, el señor Flores, que tenía una tienda de zapatos de señora. Cuenta como, cuando va a cerrar la zapatería aparecen por el establecimiento una serie de extrañas visitas que le revelan cuál será su futuro, detalles inéditos y sorprendentes de su pasado e, incluso, sacan a la luz sus historias presentes. De ahí el título de la función: ‘Todo el tiempo del mundo’. Y todo sucede en la oscuridad de la noche, cuando ya no hay testigos que puedan certificar que lo que ve el Sr. Flores no es fruto de su imaginación.

Filosofía

Messiez hace que todas estas historias convivan simultáneamente en un ámbito de realidad e irrealidad –aquí está la originalidad de la propuesta y, a mi juicio, al mismo tiempo su flanco más débil, como voy a intentar explicar más adelante-, superponiendo pasados y futuros en un presente contínuo, en el que el señor Flores -no sin dificultad, porque a veces roza la esquizofrenia- intenta comprender quién es, de dónde viene y a dónde va.

Todos los actores brillan con luz propia, empezando por Íñigo Rodríguez-Claro (magnifico Sr. Flores), María Morales (estupenda Nené), y todos sus compañeros de reparto: Carlota Gaviño, Rebeca Hernando, Javier Lara, José Juan Rodríguez, y Mikele Urroz.

Y, además del trabajo actoral, lo más interesante del montaje, a mi juicio, está en el acierto del director de escena -el mismo Messiez- que ha sabido crear un ambiente de autenticidad en el que se desarrolla la fábula. A ello contribuyen decisivamente la escenografía y el vestuario que firma Elisa Sanz, y la luz de Paloma Parra, que dibujan el interior de una tienda de zapatos, en la que hay un vaivén contínuo de personajes (el Sr. Flores; Nené, la dependienta; clientes; personajes extraños que aparecen y desaparecen…), y un montón de cajas de zapatos repartidos por la tienda, así como algunos bancos donde las clientas se prueban los modelos elegidos. La autenticidad llega al extremo de que uno de los personajes aparece con dos vestidos que son los que la madre de Messiez utilizó para su boda, la ceremonia civil y la religiosa. También, el cartel original de la zapatería Flores, en el que aparecen fotografiadas las piernas de su abuela, algunos de los zapatos, o las cajas de cartón donde se guardaban…

Y ahora, como decíamos, vamos a intentar enunciar el peligro que tiene situar en una dramaturgia un asunto tan filosófico como el tiempo, que aborda aquí Messiez. Me vienen a la cabeza dos ejemplos que acaso puedan contribuir a explicar lo que quiero. Uno es Agustín de Hipona (San Agustín, el más grande de los padres de la Iglesia católica) y el otro es Albert Einstein. El primero, que vivió entre los años 354 y 430, formuló esa famosa metáfora del niño intentando meter en un pequeño hoyo, que él mismo había hecho con sus manos, toda el agua del mar, como imagen para dar a entender que si lo uno es materialmente imposible, lo otro, acercarse a conocer la grandeza del Creador, aún lo es más.

El segundo, el de Albert Einstein (1879-1955), físico de origen alemán, después nacionalizado estadounidense, premiado con un Nobel por ser el autor de las teorías general y restringida de la relatividad y por sus hipótesis sobre la naturaleza corpuscular de la luz. Para él, toda medición del espacio y del tiempo es subjetiva, y esto le llevó a desarrollar una teoría basada en dos premisas: el principio de la relatividad, según el cual las leyes físicas son las mismas en todos los sistemas de inercia de referencia, y el principio de la invariabilidad de la velocidad de la luz, según el cual la velocidad de la luz en el vacío es constante. De este modo pudo explicar los fenómenos físicos observados en sistemas de inercia de referencia distintos, sin tener que entrar en la naturaleza de la materia o de la radiación y su interacción.

Los dos ejemplos traídos aquí tienen en común una cosa, que nadie entendió los razonamientos en el momento en que fueron formulados. Puede que con ‘Todo el tiempo del mundo’, aún constituyendo un hermoso espectáculo, suceda otro tanto: que la vivencia personal del autor y el misterio de la estructura lineal del tiempo solo esté al alcance de unos pocos, y que pasará algún tiempo hasta que el enunciado sea entendido por la mayoría.

‘Todo el tiempo del mundo’

Dramaturgia y dirección: Pablo Messiez

Reparto: Carlota Gaviño, Rebeca Hernando, Javier Lara, María Morales, José Juan Rodríguez, Íñigo Rodríguez-Claro y Mikele Urroz

Fotografía: Vanesa Rábade

Ayudante de dirección: Javier L. Patiño

Dirección de producción: Jordi Buxó y Aitor Tejada

Una coproducción de Buxman Producciones y Kamikaze Producciones

Naves del Español,Madrid

Hasta el 18 de diciembre de 2016

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