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Obra de teatro 'Luces de bohemia'
Obra de teatro 'Luces de bohemia' (Foto: marcosGpunto)

‘Luces de bohemia’: la trágica y perpetua mojiganga española

sábado 13 de octubre de 2018, 11:01h

En este país andamos hoy confusos y ofuscados por no saber encontrar con nitidez nuestras señas de identidad. Por no delimitar con claridad qué es España y qué es lo español. Don Ramón María del Valle-Inclán lo definió brillantemente en su ‘Luces de Bohemia’ (1920), que regresa nuevamente a un escenario, el del Teatro María Guerrero, de la mano de otro dramaturgo y director de escena, Alfredo Sanzol, que ha sabido captar magistralmente la esencia, el tuétano, el nervio, el hígado y hasta el alma de lo que de forma tan genial expresaba Valle-Inclán, y plasmarlo con idéntica fortuna en un soberbio montaje.

La burla, lo grotesco, lo lúdico, lo estrafalario, lo extravagante, lo inmisericorde y lo ridículo pueden convivir en medio de un paisaje, el español, lleno de precariedad y de miseria política y moral. Es lo que quiso retratar Valle-Inclán entre sarcasmos, risas amargas e ironía fina. Un paisaje que no difiere mucho un siglo después de haberlo plasmado el autor gallego que era el centro de tertulias y mentideros de cuantos cafés madrileños visitaba a diario. De literatura y de sociedad, desde luego, Valle era master y doctor, y no le hizo falta acudir a ninguna universidad para certificarse.


‘Madrid, Madrid, Madrid…, pedazo de la España en que nací…

El Madrid decadente y oscuro de los años 20 del siglo pasado es el escenario que recorren Max Estrella y su “perro”, don Latino de Hispalis. El primero, a quien todos reconocen como “el primer poeta de España”, y el segundo, un borrachín, hipócrita, turbio y aprovechado personaje que sirve de guía al poeta ciego en ese recorrido geográfico y vital. Su particular “vía crucis” comienza en la casa de Max, en la calle de San Cosme, visita tabernas y tugurios, la librería de Zaratustra, la Buñolería Modernista, la cárcel, el Ministerio de la Gobernación o el Callejón del Gato, ese viejo y estrecho callejón en el que los espejos cóncavos y convexos fijados en la pared constituyen el punto de sorpresa y diversión entre los viandantes propios y extraños. Ahí surge el esperpento, como dice Max: “Los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el esperpento. El sentido trágico de la vida española solo puede darse con una estética sistemáticamente deformada”.

Juan Codina (soberbio, imponente, memorable, sinigual Max) y Chema Adeva (estupendo Don Latino de Hispalis), encabezan un extraordinario reparto del que no queremos destacar a ninguno de sus componentes porque, sencillamente, bordan sus personajes: Jorge Bedoya, Josean Bengoetxea, Paloma Córdoba, Lourdes García, Paula Iwasaki, Jorge Kent, Ascen López, Jesús Noguero, Paco Ochoa, Natalie Pinot, Gon Ramos, Kevin de la Rosa, Ángel Ruiz y Guillermo Serrano. Es un verdadero placer ver, contemplar y escuchar un elenco tan conjuntado y homogéneo que hace que las dos horas y cuarto de montaje se pasen en un santiamén.

Todo comienza con los acordes tan contundentes como inquietantes (la música es en directo) de un piano que interpreta Jorge Bedoya, sobre la partitura que ha compuesto Fernando Velázquez, creador también del espacio sonoro. Los acordes del piano separan una escena de otra, hasta que al final, ya muerto el poeta, se mete también en las escenas y las multiplica -si cabe- en belleza plástica y dramática (emocionante hasta el extremo la irrupción de la armónica). La música, que incursiona también en el cuplé y en el cabaret, junto a la palabra recorren un escenario lleno de espejos (atinadísima, minimalista y delicada la escenografía de Alejandro Andújar), entre los claroscuros de Pedro Yagüe cuya luz remite desde Ribera y Zurbarán a los Caprichos y Los fusilamientos del 2 de mayo de Francisco de Goya. Y en medio de ese paisaje, los personajes van enfundados en vestidos –el bello diseño lo firma también Andújar-, en donde predomina el color oscuro hasta llegar al negro.

Alfredo Sanzol ha construido una de las más hermosas sinfonías teatrales que se han hecho de Valle-Inclán. No es sorprendente porque la otra pieza que está dirigiendo al tiempo en los teatros madrileños, La ternura, da una muestra clara de que estamos ante uno de los directores más lúcidos y originales de la escena española. El montaje que ha levantado en las tablas del María Guerrero es, sin duda, de los que harán historia…

Y volviendo al principio, he aquí un brevísimo ejemplo de cómo Valle ha sabido captar esa esencia del alma española:

“Max: La tragedia nuestra no es tragedia.

Don Latino: ¡Pues algo será!

Max: El Esperpento”


Más de cuatro décadas después de haber acudido al teatro por primera vez en mi vida, sigo intensamente enamorado de este arte. Se lo debo a otro Luces de bohemia, el montaje que dirigió José Tamayo en el Teatro Bellas Artes, con Carlos Lemos como Max y Agustín González como Don Latino. Estoy absolutamente seguro de que muchísimos de los alumnos de los centros docentes que pasarán estos días por el María Guerrero van a ser igualmente “tocados” por el creador del esperpento y por esta soberbia versión de Alfredo Sanzol ante la que me quito el sombrero. Mi más sincera enhorabuena al dramaturgo y director de escena y a todo el equipo que ha hecho posible esta maravilla. Desde luego, volveré a verla antes de que abandone las tablas del María Guerrero. Quiero hacerlo ya sin la atención extrema que exige la obligación de escribir sobre ella al día siguiente. Estamos ante un montaje absolutamente imprescindible para grandes y chicos.



‘Luces de bohemia’

Texto: Ramón María del Valle-Inclán

Dirección: Alfredo Sanzol

Reparto: Chema Adeva, Jorge Bedoya, Josean Bengoetxea, Juan Codina, Paloma Córdoba, Lourdes García, Paula Iwasaki, Jorge Kent, Ascen López, Jesús Noguero, Paco Ochoa, Natalie Pinot, Gon Ramos, Kevin de la Rosa, Ángel Ruiz y Guillermo Serrano

Escenografía y Vestuario: Alejandro Andújar

Iluminación: Pedro Yagüe

Música y espacio sonoro: Fernando Velázquez

Caracterización: Chema Noci

Ayudante de dirección: Beatriz Jaén

Diseño de cartel: Javier Jaén

Fotos: marcosGpunto

Una producción del Centro Dramático Nacional

Teatro María Guerrero, Madrid

Hasta el 25 de noviembre de 2018

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