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Pensar la vida

'Lágrimas de cocodrilo': ¿Pesimistas? ¿Regeneracionistas?

'Lágrimas de cocodrilo': ¿Pesimistas? ¿Regeneracionistas?

viernes 22 de febrero de 2013, 20:15h
La verdad es que la realidad española da para mucho pensar. Y que hacen falta esos libros que nos ponen en suerte al mundo, para que nosotros lo toreemos. El Traspié. Una tarde con Schopenhauer, de Fernando Savater, y Todo lo que era sólido, de Antonio Muñoz Molina son dos insustituibles. Y acaban de llegar a los escaparates.

Decía Gerald Brenan en El laberinto español que la característica de los españoles, ya desde el siglo XVII, es lo que él llama "el ansia de utopía", la principal de las "enfermedades metafísicas" que nos aquejan, y que tienen que ver con una quimera muy especial y también, claro, con lo que consigamos materialmente hablando. O con lo que perdamos. De ese contraste nace lo que él considera la esencia del "ser español": la desilusión, el desencanto. El individual -cumplir los treinta años, y pasar de comerse el mundo a darlo por perdido- y el colectivo. Ese que apareció en el 98, ese que nos va jalonando en cada avatar y cada crisis, y que ahora vivimos con una virulencia yo creo que inédita. Otras crisis hemos sufrido, pero ninguna ha traído tantísima tristeza. Igual, porque caemos de más arriba. Como decía mi llorado Michi Panero al final de la película de Jaime Chávarri y Elías Querejeta, para estar desencantado, hay que haber estado encantado antes. Y los españoles estábamos bastante encantados con tener lo que nos están quitando. 

Pues los pesimistas, eso que tienen ganado. Schopenhauer -que hoy se cumplen 225 años de su nacimiento- es uno de esos grandes pesimistas, que reaparecen cuando tienen que hacerlo. Ahora. Fernando Savater -que es vital, pero no precisamente optimista- cuenta en El traspié. Una tarde con Schopenhauer, una conversación que bien hubiera podido ocurrir entre el filósofo, amigo de los animales y no tanto de las mujeres, y la joven escultora Elisabeth Ney. Se trata de una pieza teatral, ahora reescrita, sobre un guión para la TVE de hace veinte años, que añade a esta extraña pareja la presencia de la vieja criada y un raro visitante, curiosamente español. El bizarro Rodrigo de Zúñiga, único personaje de ficción, que viene a confirmar y romper a un tiempo, el hilo de ternura y admiración que se ha tendido entre la artista y el modelo...  Una pieza teatral que se lee del tirón, como una novela dialogada. Que discurre mientras un Arthur ya viejo posa para la escultora, es decir, para la Posteridad -de eso se trata para él: de la memoria lo más exacta posible de su físico, que también es su manera de ser- mientras ambos -ambos- dialogan. Y el lector puede ver -y la lectora comprender enseguida- la perplejidad del filósofo ante los golpes concretos de la agudeza de la chica, poco más de 20 años cultos, listos y divertidos. Esa cara!, esa cara que se le queda a Schopenhauer a veces, y que para mí es el principal acierto de esta novela que acaba de publicar Anagrama, y que recomiendo, y que nos da una imagen muy vívida del filósofo que amaba Borges

Igual que el desencanto, la regeneración es otra palabra recurrente en nuestra historia. Es una idea-fuerza de la España clara, esa que viene conviviendo difícilmente con el lado oscuro, esa que lucha por enderezar lo que se ha torcido y por recuperar la dignidad y el futuro. Antonio Muñoz Molina acaba de publicar Todo lo que era sólido, (Seix Barral) un soberbio y demoledor ensayo sobre lo que me atrevería a llamar la condición española. O mejor aún: la condición española reciente. Desde un humilde ayuntamiento de pueblo andaluz o desde los despachos que rascan el cielo de Nueva York, pero sobre todo, desde la hemeroteca, Muñoz Molina va desmontando las lógicas que nos han traído a donde estamos. Las lógicas, y los hechos. Con un pié en la autobiografía -yo lo vi, y yo acuso- pero otro en los datos públicos y publicados, hace un ejercicio de memoria. De recordación, si se me permite el palabro: recordarnos cómo era este país no hace tanto, recordar cómo éramos. Y éramos terribles, absolutamente terribles. Recordar también cómo hemos llegado a una sociedad infinitamente mejor, y la enorme injusticia de la general desafección política. Cómo cosas que eran impensables por quiméricas, una vez son reales pasan a ser imperceptibles, "naturales". Porque ya pasan a ser lo dado. Es lo que ocurre con temas como la asistencia a los dependientes, la educación pública universal, la sanidad de calidad igualmente universal.... Temas impensables hace cuarenta años, y hoy.... Bueno, hoy, pues eso. O la memoria histórica, todavía pendiente. Y yo digo que es un texto regeneracionista en el sentido de la España clara, porque, además de su relato riguroso, ofrece alternativas serias, y lo hace desde una perspectiva que es de fiar.

Ya sé que es una palabra que se está desgastando: hay una afición por parte de los más oscuros a tragar las palabras y descargarlas de su sentido primigenio, desarmarlas, desactivarlas. Como se hizo con Azaña y el 98, como se quiso hacer con algunos del 27. En este caso, en el de Muñoz Molina, me parece que la palabra es justa. Y que leerlo, recordar y empezar a actuar, forma parte de la regeneración de este país.


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