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'Bodas de sangre' en La Encina Teatro: más con menos
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'Bodas de sangre' en La Encina Teatro: más con menos

Cuando, en los años 20 del siglo pasado, Federico García Lorca (1898-1936), comienza su vida literaria, las figuras de la dramaturgia que triunfan en España son las de Manuel Linares Rivas, Eduardo Marquina, Pedro Muñoz Seca, los her­manos Álvarez Quintero y, sobre todo, Jacinto Benavente que, en 1922, recibe el premio Nobel. Justamente el mismo año en que Lorca escribe su primera obra madura: 'Tragico­media de don Cristóbal y la señá Rosita'. La dramaturgia de Valle-Inclán aún no había salido del papel impreso y, quizás, el único referente próximo para García Lorca era Pérez Galdós, cuya obra dramática tenía un verdadero interés social y existencial.

Sería una década después cuando el teatro de Lorca alcanza una fuerza popular indiscutible con sus dos grandes tragedias rurales, ‘Bodas de sangre’ (1933), y ‘Yerma’ (1934). En ambas se reúnen mitología, mundos poéticos y una dura realidad que contrasta con esa otra almibarada que se marcaba en la dramaturgia de sus coetáneos. "Tengo un concepto del teatro en cierta forma personal y re­sistente. El teatro es la poesía que se levanta del libro y se hace humana -decía el poeta granadino-. Y al hacerse, habla y grita, llora y se desespera. El tea­tro necesita que los personajes que aparezcan en la escena lleven un traje de poesía y al mismo tiempo que se le vean los huesos, la sangre. Han de ser tan humanos, tan horrorosamente trágicos y ligados a la vida con una fuerza tal, que muestren sus traicio­nes, que se aprecien sus olores y que salga a los labios toda la va­lentía de sus palabras llenas de amor o de ascos".

Efectivamente, 'Bodas de sangre' es un texto que García Lorca llena de vida, de poesía y de verdad en idénticas dosis. Y así, de forma pura y sin aditamentos de ninguna clase -por lo demás, innecesarios- es la ajustada versión que presenta Paco Sáenz, director de La Encina Teatro y del montaje que puede verse en esta sala, con dos elencos distintos cada jueves y cada domingo.

En la función del domingo a la que asistimos, los intérpretes son Elisa Niño, Alberto Bang, Miriam Gas (estupenda, contenida y racial Madre), Montse Peiró, Ángel Ferrero, Isabel Bernal, Alejandro Marzal, Mariana Taranto Monteverdi y Ángela Santos.

Nueve actores en escena -vestidos austeramente con indumentaria de la época diseñada por Carmen Monreal-, y varios más que forman parte de los invitados en esa boda que Lorca recrea a partir de una noticia que vio en un periódico de la zona. Todo sucedió en Níjar (Almería), y en ella tuvo lugar una disputa amorosa entre el novio y un antiguo amante de la Novia (Leonardo), casado ahora con otra mujer, prima de la Novia, con quien esta huyó el mismo día de la boda. La historia acaba bañada en sangre, después de una persecución ciega del novio que termina luchando a navajazos con el amante en medio del campo. En la tragedia se mezclan también viejos rencores familiares y aparece como irrefrenable la pasión, la atracción sexual (“yo dormiré a tus pies para guardar lo que sueñas. Desnuda, mirando al campo, como si fuera una perra, ¡porque eso soy! Que te miro y tu hermosura me quema...”), mezclada con las normas sociales, el destino y el viejo apego a la tierra.

A Paco Sáenz le bastan apenas unos cuantos elementos para construir un montaje sencillo, pero lleno de fuerza y pasión. Dos tipos de sillas distintas, que los mismos actores mueven dentro o fuera del escenario, ayudan a enmarcar el espacio donde se desarrollan las escenas (en casa del Novio, o en la de la Novia), y la ausencia total de mobiliario para llevar al espectador a campo abierto, donde se da la persecución del amante. La luz amarilla intensa refleja el calor del campo almeriense al mediodía, donde el sol cae a plomo sobre las cabezas de todo ser viviente; las azules para enmarcar la llegada de la noche; los tonos verdes para situar al espectador en pleno bosque y, por último, el rojo dominante para anunciar que la tragedia está a punto de producirse.

Varias canciones lorquianas suenan también a capella, excelentemente entonadas por una de las actrices, que profundizan aún más en el sentimiento y en la pasión desatada en escena por todos los jóvenes intérpretes que, sin duda, atraerán también a esos otros jóvenes madrileños que buscan vivir en carne propia emociones fuertes que pueden encontrar en cualquiera de los tres montajes de ‘Bodas de sangre’ que, curiosamente, coinciden estos días en la cartelera madrileña. Además de este, otro dirigido por Pablo Messiez en el María Guerrero (https://www.diariocritico.com/teatro/bodas-de-sangre-lorca-messiez), y un tercero en Tribueñe que dirige Irina Kouverskaya, y que muy pronto veremos también.

Por lo pronto, este de Sáenz ahonda en las más profundas raíces de su paisano García Lorca y, con los elementos más sencillos, consigue trasladar al patio de butacas toda la fuerza de una tragedia que merece siempre volver a disfrutarse. Enorme Myriam Gas en ese final trágico que inunda de dolor a la Madre que ya ha perdido a cuchillo a su marido y a sus dos hijos: "Hemos de pasar días terribles. No quiero ver a nadie, La Tierra y yo. Mi llanto y yo. Y estas cuatro paredes. ¡Ay! ¡Ay!".

'Bodas de Sangre'

Autor: Federico García Lorca

Dirección: Paco Sáenz

Ayudantía de dirección: Nerea Barrios

Elenco: Elisa Niño, Alberto Bang, Miriam Gas, Montse Peiró, Ángel Ferrero, Isabel Bernal, Alejandro Marzal, Mariana Taranto Monteverdi y Ángela Santos

Colaboradores: Gabrielle Alacqua, Laura Pozuelo, Dakota Suárez, Stefan Florin, Mario Milano y David Sagar

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